De Silvia. Para Piticli.

Piticli es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de avellana de sus ojos son duros cual dos piedras de ámbar cristalino. Cuando llego a casa, Piticli viene hacia mí con un trotecillo alegre, ideal, buscando que lo abrace y le roce mi barbilla contra su cabecita dorada. Comienza a ronronear casi inmediatamente, como si siempre tuviera un motorcillo en su garganta a punto para los mimos.
Con maullidos me pide salir al jardín. En cada maullido agudo deja entrever su rosada lengua y sus colmillitos blancos. Es todo inocencia y pureza, pero también elegancia y pericia.
Acaricia con su hocico la hierba fresca, y a veces la mastica. Persigue a las mariposas, se embelesa con los pájaros, y a veces los teme; se revuelca en un hoyo de tierra rojiza y casi siempre se pierde entre los densos arbustos para aparecer de nuevo más tarde, de un brinco, en la casa, donde se tumba cansado, buscando con su barriguita agitada la loza fresca.
Piticli es todos los gatos en uno. Me lo imagino en un patio cordobés, mi casa ideal, olisqueando los geranios y las gitanillas, dormido junto a la fuente sobre una manta empedrada, persiguiendo a salamanquesas imposibles sobre la cal blanca. Lo veo sobre los tejados, su silueta gatuna perfilada en el atardecer, mirando hacia la sierra con una música de guitarra lejana, sabia.
Al caer la tarde, Piticli busca el frescor de un poyete de piedra encalado. El aroma de las flores lo adormece, y yo quedo hipnotizada por la belleza de su perfil felino, eterno. El silencio de la casa, el perfume del jazmín y el borboteo del agua de la fuente nos envuelve a los dos y nos transporta a otra época. Piticli sigue y seguirá allí por siempre, en esa burbuja de tiempo ideal que es mi pensamiento.
Dedicado a Piticli y Platero