Mayo 22, 2009

Piticli

De Silvia. Para Piticli.
Piticli
Piticli es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de avellana de sus ojos son duros cual dos piedras de ámbar cristalino. Cuando llego a casa, Piticli viene hacia mí con un trotecillo alegre, ideal, buscando que lo abrace y le roce mi barbilla contra su cabecita dorada. Comienza a ronronear casi inmediatamente, como si siempre tuviera un motorcillo en su garganta a punto para los mimos.
Con maullidos me pide salir al jardín. En cada maullido agudo deja entrever su rosada lengua y sus colmillitos blancos. Es todo inocencia y pureza, pero también elegancia y pericia.
Acaricia con su hocico la hierba fresca, y a veces la mastica. Persigue a las mariposas, se embelesa con los pájaros, y a veces los teme; se revuelca en un hoyo de tierra rojiza y casi siempre se pierde entre los densos arbustos para aparecer de nuevo más tarde, de un brinco, en la casa, donde se tumba cansado, buscando con su barriguita agitada la loza fresca.
Piticli es todos los gatos en uno. Me lo imagino en un patio cordobés, mi casa ideal, olisqueando los geranios y las gitanillas, dormido junto a la fuente sobre una manta empedrada, persiguiendo a salamanquesas imposibles sobre la cal blanca. Lo veo sobre los tejados, su silueta gatuna perfilada en el atardecer, mirando hacia la sierra con una música de guitarra lejana, sabia.
Al caer la tarde, Piticli busca el frescor de un poyete de piedra encalado. El aroma de las flores lo adormece, y yo quedo hipnotizada por la belleza de su perfil felino, eterno. El silencio de la casa, el perfume del jazmín y el borboteo del agua de la fuente nos envuelve a los dos y nos transporta a otra época. Piticli sigue y seguirá allí por siempre, en esa burbuja de tiempo ideal que es mi pensamiento.

Dedicado a Piticli y Platero

Mayo 8, 2009

Las niñas Teletubby

Andrea y Sophie son gemelas. Andrea vio la cara circunspecta del médico seis minutos antes de que la viera su hermana y desde entonces fue la primera en todo; la primera en engordar como ternera de McDonalds, la primera en pintar las paredes de la casa y la primera en gruñir.

Patricia, la madre de las criaturas, fue soltera e independiente. También fue una gran apasionada del sexo sin mamparas, sin anticonceptivos. Combinación que la dejó embarazada de un tipo con mostacho, sombrero y botas tejanas, que antes del parto puso pies en Reynosa y desapareció.

Patricia se plantó ante la vida a puerta gayola sin capote y le cayeron hostias por todos lados. Explotación laboral, explotación sexista, explotación racial. “¡Su puta madre…!” pensaba cada noche antes de quitarse la ropa que apestaba a mierda de caballo, darse una ducha y dar las buenas noches a sus hijas con un aséptico beso antes de acostarse.

Mientras Patricia trabajaba, Marta, su hermana, se quedaba al cuidado de las pequeñas. Marta tragaba penas, tristezas y valium. Cada vez que el herrero comenzaba a martillear su cerebro, la melancolía y la congoja se apoderaban de ella y sin remedio mandaba al mundo a tomar por culo. Antes de irse a la cama, daba al play en el vídeo y sentaba a Andrea y a Sophie frente a la tele, frente a los Teletubbies.

Las niñas crecieron en anarquía sin niños con los que avanzar socialmente y casi sin adultos, salvo los escasos momentos que pasaban con su madre y su tía. Sus tutores, educadores, padres y amigos estaban al otro lado de una pantalla Sony y se llamaban Tinky Winky, Dipsy, Laa-Laa y Po.

Los años avanzaban al trote para Patricia y galopaban para sus hijas. Sin apenas darse cuenta se plantaron en los cuatro años reglamentarios para inscribirse en la escuela. Cuando Andrea y Sophie comenzaron a asistir al centro de preescolar sólo podían componer cinco o seis palabras, el resto eran gruñidos y alaridos como los que emitían los Teletubbies.

Las niñas, usando esos estridentes sonidos, eran capaces de mantener conversaciones entre ellas y quizá, quién sabe, los diálogos estaban enfocadas a la peligrosidad que supone las tiras del velcro para los muñecos de trapo.

Mayo 6, 2009

El hombre monocromático

Jim Gilchrist es un cabeza cuadrada. Casualmente también es republicano, ex-marine y ultra-creyente. Este tipo, podría ser un jubilado más, ex-combatiente de Vietnam, de esos que emplean las tardes de su vejez en ver atardecer en el porche de su casa de California, mascando tabaco y contando batallitas de héroes de guerra a sus tiernos nietos. Pero no, en vez de reposar huesos o de donar sus años de sabiduría al crecimiento del alma, el tipo en cuestión funda en 2004 una organización conocida como Minuteman Project. Esta organización no se dedica a la rehabilitación de toxicómanos o a la integración de la comunidad homosexual en la América más profunda, no; se dedica a la persecución de los inmigrantes ilegales, englobando bajo la misma definición a narcotraficantes, asesinos, ladrones, humildes padres de familia, madres entregadas a sus hijos, criaturas inocentes o buscadores de sueños.

Jim nació en la América de la libertad, esa misma que mandó demonizar a los comunistas en los 50 de la mano de McCarthy. Por lo tanto, esta educación democrática no le permite hablar abiertamente de sus creencias y tiene que solaparlas a las buenas formas del lenguaje, por ello en su página no se habla de la inferioridad manifiesta de lo hispano, sino de la contaminación económica, cultural y social que trae la inmigración ilegal. No dice que lo ideal sea que todas las familias de ilegales murieran preferiblemente en territorio mexicano, sino que propone que las sanciones se multipliquen hasta la asfixia para aquellos empresarios que ofrezcan trabajo a los ilegales. Tampoco habla de su animadversión a lo mexicano u hondureño, sino de la cantidad de delitos de sangre que cometen los inmigrantes de estas nacionalidades. Tampoco dice que habría que cerrar las fronteras con México porque todos los ilegales son los que expanden la gripe porcina… bueno, esto sí lo dice.

Entre las acciones de este “filósofo del vacío” se encuentra la de la apertura de cientos de oficinas de Minutemen en las que se reparte información incendiaria a la población particularmente caucásica de la América más profunda, la distribución de folletos propagandísticos que si hubieran sido repartidos por los alemanes en el años 30 hoy los consideraríamos como antisemita, o la patrulla por cuenta propia de la frontera con México para grabar en vídeo a los inmigrantes que cruzan la frontera y denunciarlos a la policía de inmigración.

Si nos remitimos a su página, se deduce que estas personas son ilegales porque cruzan a un territorio del que no son originarios y que ya tiene otros pobladores. Por lo tanto, los antepasados de este Jim Gilchrist fueron los primeros “espaldas mojadas” cuando vinieron de Europa muertos de hambre y llegaron a un territorio ya habitado por pobladores nativos. ¡Qué suerte tuvo su tatarabuelo de que no existiera Minuteman cuando puso pie en tierra!

Mayo 5, 2009

Falsos amigos y palabras cabronas 3

El despertador y el sol se pusieron de acuerdo para avisar a Andrés de que la hora de levantarse para ir a la escuela había llegado. Se da una ducha a gritos con agua fría. Se cepilla los dientes. Se peina a tirones. Se viste de profe. Se toma un café. Le da un beso a Susana. Abre la puerta y saluda a Campbellsville. Se monta en el coche, tres semáforos de los que dos son verdes y uno casi rojo y por fin llega a la entrada de la escuela. Aparca el coche y entra por la puerta. Todo listo para afrontar un día más de trabajo. Saluda, saluda, saluda.
“Good morning, Mrs. Davids”
“Good morning, Mr. Bayer”
“Good morning, Mr. Parker”
“Good morning, Mrs. Battier”
“Good morning, Ms. Williams”
“Good morning, Mr. Greene”
“Buenos días, Don Renato. ¿Cómo está?” le preguntó al bedel colombiano que llevaba dos semanas trabajando en la escuela.
“Buenos días, Don Andrés ¿Qué tal todo?” respondió con cortesía Don Renato.
“Aquí andamos, tirando” respondió somnoliento Andrés.
La cara del colombiano enrojeció. De súbito, su pulso se aceleró. Una mueca entre divertida y espantada se plasmó en su rostro cobrizo. Torpemente, cogió una escoba y se alejó de la escena fingiendo que barría.

Unas semanas después, cuando la confianza empezó a ser partícipe de las conversaciones entre Andrés y Renato, Andrés no pudo ahorrarse el comentario que le mordía dentro:
“Así que, tirando en Bogotá es tan obvio como follando en Madrid, ¿eh?”

Abril 30, 2009

Cristo de barras. Y estrellas

“Yo no me creo que Dios se le haya aparecido a Juan Pablo II para decirle que tiene que seguir en el pontificado” dijo una compañera de trabajo de Silvia, radicalmente opuesta al catolicismo.
“Ahora, lo que sí me creo es que un ángel se le apareció a Moisés en el monte Sinaí”, prosiguió.

Próximo a la ciudad de Cincinnati se encuentra un museo único en el mundo. Fue fundado hace cerca de cuatro años y el tema principal es el Creacionismo entendido como parte de la evolución humana. La entrada al museo es cara, cuesta unos 20 dólares, pero ese no es obstáculo para que el número de visitantes sea demoledor hasta el punto de que la asistencia es tan masiva que los organizadores se han visto obligados a realizar una ampliación. En este museo se puede ver a Adán y Eva, con cuerpos esculturales adaptados al canon de belleza actual y la convivencia en armonía del diplodocus y San Pedro o del tyrannosaurus rex y la virgen. Bill Maher en su película Religolous entrevista al director del museo y sus respuestas no tienen desperdicio.

Lo más selecto de los extremismos religiosos europeos fue expulsado o simplemente se vio obligado a migrar al nuevo y virgen continente para huir de persecuciones o de la marginación social. Mientras en Europa la Revolución Francesa hacía temblar los cimientos del mismísimo Vaticano, en Estados Unidos se firmaba una constitución en connivencia con el poder religioso.

Una de las consecuencias de la expansión protestante en Estados Unidos fue la falta de un poder común que unificara a las vertientes religiosas venidas del viejo continente. Así, se daba rienda suelta a que cada cual interpretara la Biblia a su modo y nacieran fanáticos como Joseph Smith, el fundador de los mormones, o de movimientos religiosos que tenían por dogma la preservación del modus vivendi original de su venida al continente americano (Shakersvillage, situado en Kentucky, se mantuvo vivo hasta 1930 aproximadamente, con la muerte del último miembro de esta comunidad cerrada que vivía como si corriera el año 1780). O versiones más radicales y fanáticas como el caso de los Davidianos regidos por el psicópata David Koresh y que acabaron de forma tan trágica.

De este modo, estudiando los antecedentes religiosos e históricos, se puede comprender mejor que lo que en otros países produce risa, en Estados Unidos produce culto.
No obstante, hay que añadir que la relación de los estadounidenses con Dios es una relación sin complejos. Son parte real y activa de su iglesia y está socialmente aceptado que una familia o grupo de amigos se ponga a rezar en un restaurante antes de hincarle el diente a la cena, ven a la Biblia como un libro cercano y escrito para ayudar a vivir mejor y no para castigar, los pastores son gentes que llevan una vida absolutamente normal más allá de la represión sexual católica. Si a esto le sumamos que en los pueblos pequeños no hay otra cosa que hacer y que para no estar excluido “del grupo de la gente normal” hay que asistir a alguna iglesia, es posible que si hubiéramos nacido estadounidenses cualquiera de los que renegamos hasta del bautismo, nuestra relación con dios sería de colegueo y no de animadversión.

Abril 27, 2009

Vivimos Stanton nosotros en

“Venga, veniros” nos dijo un tipo enfrascado en una gorra de los Wildcats y con una camiseta azul que rezaba: “Go Big Blue”.
“Venga, veniros” nos dijo una señora que olía a laca y que estaba embutida en un traje comprado en Macy’s por catálogo.
“Venga, veniros” nos dijo un adolescente pelirrojo que tocaba la batería en un conjunto musical local y al que Silvia había estado dando clase durante un par de años.
“Venga, veniros” nos dijo un señor con obesidad mórbida atrapado en una silla de ruedas eléctrica.
“Venga, veniros” nos dijo un hombre de bigote después de contarnos que recibió la llamada de dios a las tres de la mañana de una noche de sábado y que a partir de entonces dejó la bebida, las drogas y las putas.
“Venga, veniros” nos dijo el policía del pueblo, que había estado destinado a la base de Rota en España durante un año y que en ese tiempo no se molestó ni en aprender a decir correctamente “Rora”.
“Venga, veniros” nos dijo Pauline, la perra vieja que nos alquiló la casa y que tenía también un negocio de seguros de coche.
“Venga, veniros” nos dijo Mike, vecino contiguo y que los sábados se dedicaba a sacar brillo y a poner a punto a su Plymouth del 53 para prepararlo para la feria anual de coches antiguos que tenía lugar en Bardstown.
“Venga, veniros” nos dijo Lance, el director de la escuela de Silvia, que las pasó putas cuando su ex-mujer le denunció por maltratar al hijo que tenían en común y él, en su defensa alegó: “Si no doblas la vara, mimas al niño…”
“Venga, veniros” nos dijo la cajera del Kroger que cobraba 4 dólares la hora y que tenía que trabajar porque a los 16 se quedó preñada de un paleto que tras el parto volvió a las montañas y se entregó en cuerpo y alma a la fabricación de Moonshine.
“Venga, veniros” nos dijo la madre de Barry, un estudiante de educación especial que soñaba con ser jugador profesional de béisbol y que tenía una sensibilidad especial para la música.
“Venga, veniros” nos dijo Megan, que perdió a un hermano cuando un sábado de madrugada se estrelló con su coche en una carrera contra un capullo de Clay City en el Mountain Parkway.
“Venga, veniros” nos dijo la Sra. McMahon, que vendía con tanto éxito productos de Avon entre todas las amigas del pueblo, que un par de años atrás Avon la premió con un Cadillac de color rosa.
“Venga, veniros” nos dijo un tipo con gorra verde de orejeras y que llevaba al taxidermista un ciervo recién matado cargado en su truck.
“Venga, veniros” nos dijo la empleada de la oficina de correos y que un día sonrió a una clienta y la preguntó por su familia y justo cuando se dio la vuelta, masculló entre dientes: “Bitch”.
“Venga, veniros” nos dijo Damon, que era conductor de autobuses y que un día regentó una tienda de regalos en Gatlinburg.
“Nosotros enjuagamos nuestras almas hablando con nuestro pastor en España cada semana…” respondimos.

Abril 24, 2009

No mames, mi guey

Arnulfo recorrió durante años el camino de baldosas blancas en busca de Oz. Al final, nunca encontró al Mago y en su lugar halló a un jefe de prisiones con tendencia al hijoputismo. Tras la condena, éxodo involuntario. Deportación y miseria. Su mujer, estúpidamente enamorada, empacó lo que pudo y sobre la espalda cargó a los dos hijos del matrimonio. Matamoros esperaba al otro lado de la alambrada.

Arnulfo renegó de Arnulfo. Quemó documentos, le puso un tabique al pasado y se inventó una vida.
“Rigo. Me llamo Rigo”, se repetía y repetía hasta la saciedad.
Tomó a su mujer, tomó a los hijos y tomó el paquetito con aroma a Colombia que les daría un fuerte empujón de salida en la nueva vida. Le dieron 2,500 al pollero y de noche y en silencio cruzaron a Arizona.

On the road again. Familia. Discusiones. Trabajo. Apartamento. Cervezas. Cocaína. Narcocorridos. Antonio y Pancho. Los cuatro primeros años de su nueva vida se pasaron rapidísimo.

El hondureño pendenciero llegó con la temporada de la recogida del tabaco. Con sigilo, se alojó paulatinamente en la vida de Rigo y se convirtió en amigo y modelo.
“¿Águila o Sol para ver quien paga las Coronas, mi cabrón?” preguntó Rigo desde el etilismo.
Y la moneda cayó estruendosamente sobre la mesa de la cocina con el ave mirando al fluorescente. La suerte estaba echada.

“Compadrito, pues no más. Pancho es puto y nos chingo con la blanquita” espetó el hondureño.
“No mames, mi guey. Pancho está cabrón, pero no es pendejo.” Dijo Rigo
“Sí, mi guey, sí. Me dijo Antonio que lo vio guardarse parte del mocho”, afirmó el hondureño.
“No guey, no. ¡Chingue su madre…!” respondió Rigo, frunciendo el ceño, pensativo.

Ambos, borrachos y valientes, se dirigieron a casa de Pancho. Golpearon la puerta y pasados unos segundos Rigo llamó a su amigo: “Ábrale mi Pancho, soy el Rigo y tengo algo para usted”.
Se escucharon pasos adentro del apartamento y el descerraje de una cadena. Pancho abrió sonriente la puerta y sin que pudiera articular palabra, Rigo le descerrajó un disparo en la cara. Pancho murió de inmediato.

La policía detuvo a Arnulfo-Rigo y la condena fue tan extensa que se transmutó en el pronóstico irrefutable de que Arnulfo jamás podrá volver a inventarse una nueva identidad.

Marzo 30, 2009

Oferta de Empleo

El Hospital del Condado de Bourbon busca trabajadores para todos sus puestos. Se valorará experiencia en el mundo del desprecio. Es requisito indispensable no tener corazón y carecer de antecedentes sentimentales. Preferible individuos racistas y de odio visceral hacia lo hispano, lo negro y lo diferente. Abstenerse buenas personas.

El niño lloraba desconsolado. Se agarraba el estómago y pataleaba en el suelo. Su madre estaba asustada, le había dado un par de cápsulas de Tylenol pero el niño no mejoraba. Desesperada, optó por creerse un ser humano a pesar del moreno de su piel, de su origen mexicano, de su desconocimiento del inglés y de su situación legal. Se presentó en el Hospital de Bourbon con la esperanza de que el código hipocrático estuviera colgado en alguna pared.
Una enfermera barbuda al que le faltaba un cigarro en la boca trató despectivamente a la madre y con señas, como dando órdenes a un perro para que traiga las zapatillas, le indicó el camino de la sala de espera. Se sentaron. Esperaron y esperaron y los lamentos del niño acabaron diluyéndose con el hilo musical que salía de los altavoces y la madre y el niño pasaron a formar parte del mobiliario de la blanquecina sala de espera.
Tarde, otra enfermera abrió una puerta y les invitó a que pasaran a una sala donde una camilla negra hacía de anfitriona. La enfermera pesó al niño, le examinó las amígdalas con un palo de madera y le tumbó en la camilla. Sin apenas mirar a los ojos de la madre le soltó una parrafada en inglés y comenzó a elevar el tono de voz, enfadada, cuando comprobó que la madre no había comprendido nada de lo que había dicho.
Definitivamente, sin necesidad de llamar a un Doctor, se arriesgó a diagnosticar que el niño no tenía nada grave sabiendo que si se equivocaba las posibilidades de demanda por parte de aquella mujer con apariencia hispana eran nulas. La enfermera escribió dos palabras en un papel y se lo entregó a la madre: Gatorade. Tylenol.

La madre fue al supermercado e, ingenua, angustiada, compró varias botellas de Gatorade pensando que ahí estaba la solución. La noche fue eterna. El niño no durmió y apenas si tuvo fuerzas para llorar después de haber vomitado varias veces.

A la mañana siguiente la madre llevó al niño a una clínica en Lexington donde miran a la cara y no a la cartera y en quince simples minutos detectaron que el niño tenía una bacteria alojada en sus amígdalas. Le recetaron una ración de amoxicilina y a los dos días el niño ya estaba jugando.

Marzo 24, 2009

1000 tc algodón egipcio 3/3

Reynaldo agarró con las dos manos la manta y dando un golpe la depositó sobre el mostrador de la caja central. Cynthia se sobresaltó y titubeante le preguntó si necesitaba ayuda. Reynaldo emitió un quejido malhumorado y respondió en un inglés elemental:
“¡My wife…..! ¡She don’t like the color!”
Cynthia apenas entendió lo que el hombre pretendía comunicar. Así que, sin querer ser descortés y procurando no complicarse su propia existencia, le pidió educadamente que le repitiera lo que le había dicho.
“¡My wife…! ¡She don’t like the color! ¡She don’t like green!” volvió a insistir Reynaldo, y enfatizando su mal humor aclaró: “¡Today snow…! and she say “¡Go K-Mart and get other color!””.
Cynthia comprendió al fin que aquel mexicano había venido a descambiar la manta porque a su mujer no le gustaba el color y que estaba así de enfadado porque ella le había hecho que saliera a descambiarla en una noche tan fría como aquella.
Le invitó a que fuera a la sección de hogar y que eligiera otra manta del mismo modelo en otro color. Reynaldo apresuró su paso y volvió a la sección, donde eligió, indistintamente, una manta de color rojo. Volvió de nuevo a la caja central y volvió a apoyar la manta sobre el mostrador con un golpe.
Cynthia le pidió el recibo de compra para hacer efectivo el cambio y Reynaldo dio un respingo, agitó la cabeza desesperado y gritando respondió:
“¡No ticket!, ¡No ticket! ¡I forget! ¡No ticket!”.
Cynthia suspiró resignada y apaciguando los ánimos del mexicano le dijo que no se preocupara, que entendía que se le había olvidado el recibo y que se podía llevar la manta. Bastantes dificultades tenía ella ya como para complicar aún más su existencia con un mexicano al que se le había olvidado un recibo de compra.

Aquella noche, la ciudad de Chicago vio a un hombre recorrer apresuradamente sus calles bajo la nieve con una manta de calidad suprema bajo el brazo y una sonrisa pura, infantil en el rostro.

Marzo 23, 2009

1000 tc algodón egipcio 2/3

Cynthia fue una chica preciosa. Pasó desapercibida por el Middle School pero a partir de segundo curso en el instituto fue animadora, popular, rubia. Sus pechos tensa-camisetas y sus largas piernas no pasaban desapercibidos para los adolescentes bañados en acné del Lincoln Park High School. Sonrisa esmaltada, melena cuidada, porte esbelto. Muchos de sus compañeros la eligieron a ella como actriz principal de las películas que imaginaban para rendir pleitesía al onanismo.
A los 14 años se quedó embarazada de Kevin Moole, uno más con moto. A los 15 tuvo un hijo. A los 16 dejó a Kevin. A los 17 dejó el instituto. A los 18 comenzó a trabajar en Big K-Mart.

Cynthia estaba harta del trabajo, de la vida. Llevaba 5 meses en el maldito supermercado aguantando un sueldo en migajas, a un jefe viejo y triste que no dejaba de sonreírla y que apenas si disimulaba el sospechoso crecimiento del bulto de su pantalón cada vez que hablaba con ella. Turnos desequilibrados, clientes irrespetuosos y además al llegar a casa, le estaban esperando una madre histérica y una criatura a la que mantener. Su sueño americano era en blanco y negro.

La noche del 24 de diciembre a Cynthia le tocó trabajar. Después del suave break de diez insuficientes minutos volvió a su puesto a la caja central para relevar a Leslie, la compañera que la había sustituido. Respiró hondo antes de sumergirse de nuevo en uno de los carritos con devoluciones y con resignación tomó una camisa Tommy Hilfiger manchada de mantequilla de cacahuete para apuntar su código de barras. Levantó la vista en busca de esperanza y vio acercarse a un hombre hacia la caja central con un bulto bajo el brazo.