El turista llegó a Anchorage en época estival, así que no supo de la noche en los diez días que permaneció en tierra de London.
Antes del viaje, el imaginario del turista le narró en sueños que iba a llegar a una de las últimas fronteras de la tierra, al borde de un precipicio que antecede al vacío, a lo efímero, a lo inexplicable, al condominio de Morfeo.
Tras bajar del Alaskan Airlines y desentumecer piernas, el turista, envuelto en forros polares de precios exóticos, gafas de sol ultramodernas y de espejo y botas de montaña que caminaban solas, se autoproclamó discípulo de Bartolomé de las Casas y con su cruz en forma cámara de fotos se dispuso a evangelizar a la roca.
Tras el desconcierto inicial posterior al vuelo, el turista miró a derecha e izquierda y sólo vio cazadores masca-tabaco salidos de los confines de la América rural, con una funda al hombro donde escondían una escopeta y muchos de ellos tenían escrito un premonitorio mensaje en la frente: “Matar oso”.
Anchorage es una ciudad con el pie cambiado. En verano, las tiendas se cierran tarde, pero como aún hay mucha luz da la impresión de que están cerrando al mediodía. De inmediato se desiste en la búsqueda de algún establecimiento más allá de tiendas de regalo, donde se puede comprar todo tipo de utensilios, artefactos, ropajes y recuerdos que de seguro encontrarán sitio en el trastero de la casa del turista.
El turista se hizo fotos en Valdez, frente a la taberna donde se emborrachó Josh Hazelwood, el patrón del Exxon Valdez, antes de salir a faenar y reventar el barco lleno de crudo en el estrecho de Prince William, comió salmón recién pescado en Seward, condujo y fotografió por las carreteras 4 y 1 bordeando mar y montaña, admiró el frío y bello atardecer de Homer desde donde tomó una foto que luego ampliaría y caminó entre la espesura por Denali completando así un intenso Tour coronado con un imán para la nevera que, a modo de trofeo, atestiguaba la presencia del turista en tan inhóspita tierra.
En Palmer, el turista deambulaba por la calle y fijó su atención en un acontecimiento insólito, único, excepcional. Un grupo de personas de apariencia india estaban haciendo una barbacoa en plena calle, pero no una barbacoa corriente, no, ¡estaban ahumando salmón en una enorme fogata! El turista supo de inmediato que esa era una de las historias que se iba a convertir en protagonista cuando le tocara narrar su experiencia frente a sus amigos de apariencia intelectual, así que sacó su Minolta y sin disimulo y como si estuviera transmitiendo Morse comenzó a disparar fotos. La excitación del momento le impidió pensar en las características técnicas de la cámara y súbitamente recordó que también grababa vídeo. Así que cambió raudo el interruptor de modo y comenzó a grabar a una señora que clavaba en el fuego un palo que tenía incrustado un enorme filete de salmón. La excitación del momento le impidió pensar en las características técnicas de sus cuerdas vocales y súbitamente recordó que podía articular sonidos, así que comenzó a preguntar inocentemente a la mujer mientras grababa que desde cuando seguían este proceso para ahumar el salmón. La señora, comprendió inmediatamente que tenía ante sí a un turista y provocando las risas incontenibles de sus acompañantes le respondió: “Many, many moons ago…”.
Y ese día dejé de ser turista y empecé a querer ser viajero…













