Se buscan sicarios

Uriel Ríos nació y creció en la calle Álvaro Obregón en Santander Jiménez, Tamaulipas. Su infancia transcurrió sobre una cancha polvorienta de fútbol y la vivió en pantalones cortos calzando zapatillas de suela de goma desgastadas y dando patadas a un balón de plástico. Su padre creyó cumplir su cometido cuando le llevó a la puerta de la escuela del pueblo y firmó la matriculación, pero jamás reforzó la asistencia ni enfatizó el castigo cuando la maestra le enviaba cartas alertando de las ausencias continuas de Uriel. Uriel y su padre eran parecidos, a ambos les incomodaba hablar más allá de lo necesario y menos aún les gustaba hablar de sí mismos. El padre trabajaba hasta el atardecer, pasaba por la taberna y volvía a casa tambaleándose hasta desplomarse en la cama. El padre nunca pegó a la esposa o a Uriel, algo de lo que la Sra. Carmen siempre estuvo agradecida.

La cena de navidad era el gran evento del año para la familia de Uriel. Su familia al completo tomaba el autobús y se desplazaba a Ciudad Victoria para cenar primos y tíos juntos en casa de los abuelos paternos. Había tamales, regalos, risas, tequilas y compadreo. Era la cumbre anual para una familia humilde.

Uriel cumplió 17 años y su desarrollo estaba alcanzando el punto de inflexión de la que sería su personalidad. Voz grave, semblante serio, mentón saliente y había crecido varios centímetros hasta situarse en un respetable 1,80. Con su cambio físico vino el cambio mental. El fútbol dejó de ser el centro del universo y fue suplantado irremediablemente por el sexo, las Navigators y el deseo de comerse el mundo, aunque sin saber aún utilizar el cubierto más apropiado.

Todos le conocían por el apodo de Tigrillo, y apenas si había gente en el pueblo que recordara su nombre real. Desde siempre fue el tigrillo. Lo que todo el mundo sí sabía era para qué cartel de la droga trabajaba y que era alguien a quien no había que tocar los huevos, alguien al que no había que ponérsele en medio. De vez en cuando, se dejaba caer por Santander Jiménez, luciendo relojes y collares de oro, y bajando de furgonetas caras de vidrios tintados y tapacubos brillantes en busca de “amigos” y traía consigo ofertas suculentas “800 pesos. La troca que uno elija. Dos armas cortas”. Para obtenerlo, bastaba con decir “Sí.” y se entraba por poderes en la antesala de los narcos, en la reserva de los sicarios. Después, una prueba de nivel y una vez superaba, ya se estaba dentro, ya se era uno de ellos.

Uriel se presentó en la habitación de sus padres de madrugada y encendió la luz. Su padre abrió los ojos confuso, asustado, soñoliento. Miró a su hijo y su hijo le miró a él y entre ambos Uriel interpuso una 38 de la que salieron dos balas que atravesaron el cráneo del padre y destruyeron para siempre el alma y la compasión de Uriel.

Uriel se convirtió en un temible y posiblemente efímero sicario que lo mismo invitaba cortésmente a un trago de Buchanan a una prostituta flotando en coca que ejecutaba inmisericorde a un grupo de inmigrantes hondureños que se dirigían al norte.

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Don Alejo Garza, el mexicano

“Alberto –dijo- me llamo”

respondió el mismo sonío,

que para llamarse Alberto

hay que ser bien albertío.

Violeta Parra –El Albertío-

Decirse mexicano no es asunto baladí. Se puede nacer en México y ser pollero, narco, mal nacido, político, policía corrupto o hijo de puta en general, pero para poder decir con orgullo que uno es descendiente de Cuauhtémoc y que este a su vez se sintiera orgulloso de ser compatriota de uno, hay que ser algo más.

No todos los que nacen en México tienen la habilidad, el coraje, la valentía o el orgullo de poder reventar una serpiente a picotazos. El México de los mexicanos es el México que no sale en las noticias, es el que está debajo de las vísceras de los reventados por las granadas de los narcos, el que suda de sol a sol para que la economía gringa se sostenga, el que calla cuando un policía le pide la mordida, el que aguanta estoico la corrupción de los políticos, el que se priva de tortillas para enviar ese dinero al otro lado del Río Grande para que su mamá pueda tratarse en el hospital, el que quiere para sus hijos la educación que su país gobernado por miserables nunca le dio, el que, entre tequilas, habla de revoluciones, el México que Don Alejo Garza representa…

Don Alejo Garza tenía 77 años. Vivía cerca de Ciudad Victoria y poseía un humilde rancho conocido como Rancho San José. Allí tenía a varios empleados que nunca presentaron queja. Don Alejo, hombre justo y comprensivo, siempre trató a sus trabajadores con el respeto que merecían y nunca retrasó el pago de sus honorarios. Era un buen patrón.

Una mañana de noviembre se presentaron ante él varios sicarios del cartel de los zetas. Le dieron un ultimátum de 24 horas para abandonar su propiedad y cedérsela a los narcos. Así, sin más, ni menos, como ya es frecuente que suceda en Nuevo León, Matamoros, en Ciudad Victoria …

Don Alejo dejó marchar a los sicarios y se sentó en el porche de la casa a fumar su pipa y a contemplar la tierra, su tierra.

Ese mismo día reunió a sus empleados y les pagó el resto del jornal.

“Esta semana no necesito que vengan a trabajar. Ya les avisaré cuando deben regresar”.

Y los empleados se marcharon confusos.

Don Alejo cubrió  las ventanas de la planta de abajo de la casa con colchones y muebles. Sacó todas las armas y municiones de las que disponía y con su pipa echando humo se sentó en su sofá favorito a disfrutar de sí mismo.

De madrugada, una banda de sicarios armados como se arman los cobardes llegaron en varias furgonetas todoterreno. Esperaban un rancho vacío y se encontraron una furiosa balacera. Don Alejo presentó mediante disparos sus armas de caza a los sicarios y estos, desde la sorpresa, empezaron a defenderse respondiendo con las ráfagas entrecortadas de los cuernos de chivo. Don Alejo mató a cuatro sicarios y malhirió a otros dos. Los sicarios, acojonados, comenzaron a lanzar granadas de mano y la explosión de una de ellas acabó con la vida de Don Alejo. Los sicarios huyeron sin rancho y sin patria y allí dejaron el cadáver tendido de un hombre valiente, de un mexicano.

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Debe usted, caballero

Miguel Servera se arregló con devoción, entusiasmo y miedo aquella mañana; Con cierta dificultad consiguió ajustarse de nuevo el traje azul marino que usó para su boda 12 años antes y que su madre tan impolutamente había guardado, alejándolo con naftalina y aislándolo con plástico de las polillas. Su hermano Simón le prestó unos zapatos negros y casi nuevos y a pesar de ser un número más grande la holgura en la puntera era imperceptible. Miguel se duchó con esmero y su esposa le peinó con delicadeza, trazando una raya perfecta en la parte derecha de la cabellera y con unas tijeras por escalpelo, le arregló el bigote negro y poblado. Todo listo, todo estudiado, todo milimétrico. Debía ser obvio que quería causar buena impresión y que iba con sus mejores ropas, pero al mismo tiempo no debía ocultar su procedencia o aparentar tener tanta clase como la funcionaria de inmigración que le iba a entrevistar, por ello y casi sin percatarse, quizá mantuvo la suciedad en las uñas para presentar sus credenciales como mozo de cuadra.

“Tenemos que intentar conseguir la legalidad” apuntó Sonia un año y medio antes en una conversación nocturna, de cama, cuando sus hijos soñaban el sueño americano desde la modesta casa en el sur de Kentucky. Miguel miró a su esposa en la penumbra y con resignación desveló sus pensamientos: “Hace tiempo que sé que debemos hacerlo. Por los niños. Por nosotros. Por el futuro”.

De inmediato, hablaron con unos amigos de unos amigos que les recomendaron un abogado, que fue el encargado de dar el pistoletazo de salida a sus sufrimientos:

“Puesto que usted cruzó ilegalmente la frontera, debe usted presentar una carta de perdón. Para obtenerla, debe usted hacerse pruebas médicas que acrediten que usted no consume drogas. Debe usted conseguir varias cartas de buena conducta escritas por parte de personas que hayan tenido alguna relación con usted y que no sean familiares. Debe usted presentar cartas de sus patrones con los que haya trabajado en las que hablen de su honestidad y el tiempo que usted pasó con ellos. Debe usted mostrar un certificado de antecedentes penales limpio de delitos. Ayuda el que demuestre que nunca le pusieron una multa de tráfico. Ayuda que envíe fotos de su cuerpo para evidenciar que usted no pertenece a ninguna pandilla. Ayuda que usted no sea consumidor de tabaco o alcohol, por lo tanto hágase un análisis médico que lo pruebe. Ayuda que esté sano.

Una vez que obtenga la carta de perdón deberá demostrar que usted no está casado con su esposa por conveniencia, al ser ella legal en Estados Unidos, será lo primero que sospechen. Deberá conseguir fotos o pruebas de su noviazgo, testimonios escritos de personas que aseguren que ustedes se casaron hace 12 años. Entregue copias de las partidas de nacimiento de sus hijos. Para solicitar la legalidad lo harán en base a la necesidad de su familia de que usted contribuya a la economía familiar, así que consigan anteriores y guarden a partir de ahora facturas de electricidad, agua, teléfono, comida, vivienda, gastos médicos, gastos escolares, ropa… consigan nóminas de su esposa y suyas y de cualquier otro ingreso que hayan tenido. No obstante, esto es sólo el comienzo… y ahora hablaremos de mis honorarios…”

Más de un año después y ocho mil dólares menos entre abogado y solicitudes ya tenían la petición en curso.

Un lunes de enero sonó el teléfono: “Les llamamos del Consulado General de Estados Unidos en Ciudad Juárez. El próximo lunes a las 9:00 de la mañana el interesado debe personarse en nuestras oficinas….”

A toda prisa empacaron y malvendieron sus posesiones en Kentucky y fueron por última vez a ver al abogado:

“Si todo sale bien y supera la entrevista, tramitarán su caso y en dos meses pueden estar de vuelta legalmente a Estados Unidos.
Recuerde, cuando se entreviste con la persona de inmigración ha de saber que usted ha seguido el proceso necesario y legal para obtener el visado, pero amigo, su suerte depende del funcionario que le corresponda en la entrevista, por eso:

No mienta. Cuando le pregunten si entró ilegalmente en Estados Unidos, diga la verdad, que entró en el 98. Legalmente, a los cinco años prescribe el delito, pero por causas que desconozco aunque sospecho, en las oficinas de inmigración de México, los ordenadores no actualizan esa información.

No sea altivo. No miré con superioridad. No sea arrogante. No sonría en exceso. Sea frío sin ser cortante. Responda a lo que se le pregunta. Nunca, nunca haga preguntas. No desvíe la mirada, pero no mire fijamente durante mucho rato. No se muestre nervioso.”

Y Miguel le extendió el último cheque con cara de circunstancias. Antes de marcharse, el abogado le obsequió un último consejo: “Miguel, en esa entrevista que no exista dios, si el funcionario así no lo quiere…”

Y Miguel se sentó en la cromáticamente gélida sala de espera de la oficina de inmigración del Consulado en Ciudad Juárez. En sus manos una carpeta desmesurada con toda la documentación que había ido captando durante el último año y medio, plagada de recuerdos, de sueños, de lágrimas, de ilusiones. Una secretaria pronunció su nombre e hizo eco en los cristales de la sala y mella en los tímpanos de Miguel. Su corazón quería reventar el pecho. “¡Sí, sí!” exclamó acongojado. “Pase a la oficina número 72” afirmó la secretaria.

Miguel abrió la puerta de la oficina número 72  y olió a limpio, a nuevo, a moderno, al México del que sólo disfrutan unos pocos. Al fondo un ordenador sobre una mesa y tras ella una señorita veinteañera, sonriente, segura, bienpeinada.

“Miguel Servera Ramírez, ¿verdad? Siéntese, por favor” dijo cortésmente la señorita.

Miguel se sentó y respiró hondo. Fue consciente de que la carpeta que traía en las manos estaba húmeda del sudor y se aferró con más fuerza a ella, sabiendo que en ella estaba su arma más poderosa, más convincente.

La señorita sacó un documento que tenía sobre el escritorio y comenzó a copiar datos del ordenador. Súbitamente, preguntó: “¿Ha estado ilegalmente en Estados Unidos alguna vez? De ser así, ¿cuándo entró?”

“Sí, -respondió temeroso Miguel- en el año 1998” prosiguió.

La señorita se levantó de su cómoda silla acolchada y giratoria y con una sonrisa leve le pidió que esperara un momento. La señorita salió por una puerta contigua y no pasó un minuto cuando volvió con un documento de color verde. Se sentó de nuevo en su silla y con firmeza marcó cuatro casillas en el papel, para finalmente dirigirse a Miguel y en un tono enérgico decir:

“Su solicitud ha sido denegada, caballero.”

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Respuesta a Político Ex-kentuckiano

Pues tienes suerte de que los consulados no los lleve la policía municipal de Madrid: de media, cada uno se coge 27 días por enfermedad al año. 4 por accidentes laborales, 22 días de vacaciones y 32 más por convenio (festivos y vacaciones adicionales), y luego 6 días de asuntos propios, y 2 puentes excluyentes más 104 sábados y domingos o días que los sustituyen si les toca fin de semana. Es decir que van a trabajar 168 días al año y no van 191.

Y en mi departamento, creo que ya dije en un post que el absentismo laboral está en el 35% más menos.

Y tienes suerte también de no ser ya miembro del archiconocido programa de profesores visitantes. Los chupifuncionarios ministeriales están desbordados en las entrevistas en Madrid ahora mismo. California no lleva a nadie por la crisis y esa misma crisis a la española hace que haya 4.000 candidatos a salir pitando de aquí. Estuve con Jacque en el hotel y con los del Ministerio y desde luego, fue muy revelador.

Político Ex-kentuckiano dícsit

Joder Político, ¡cuánto tiempo! En junio estaremos en Madrid, así que ve preparando el vermut y las olivas.

Pues malditos sean los datos. Ya sabíamos por experiencia propia o ajena lo que suponía ser funcionario y ahora esta información relativa a la policía de Madrid da una idea de qué se puede estar cociendo en una penitenciaría de Zamora, en una escuela de Calatayud o en una oficina tributaria de Sevilla.

Así que (y citando de memoria a Manolo Kabezabolo), “Sres. Diputados, Sr. Presidente, Su Majestad El Rey, Su Santidad El Papa… ¡cómanme el miembro!”

Luego nos quejamos de país, pero ya ves los españoles, a la que nos dan algo o ascendemos un peldaño, nos olvidamos de padre, de madre, de dios… y sólo tenemos fidelidad a Don Santiago Bernabeu.

Esto es una familia de gitanos que para hacerse payos tenían que cruzar un río muy caudaloso. El padre lo cruza con mucha dificultad y se convierte en payo. Le sigue la esposa que también lo consigue, al igual que el hijo mayor y el mediano. A la niña pequeña de la familia, de sólo 6 años, le resulta imposible atravesarlo y se queda en mitad del río agarrada a una piedra.

La madre, angustiada, le propone al padre: “¡Ay! ¡Lánzate al agua pa’ salvar a tu hija!”

Y el padre, mira de soslayo y responde: “¡Déjala, que es gitana!”.

Pues asín, asín, somos nosotros. ¿Cuántos filosófos de barra de bar se han cagado en dios hasta las tres de la mañana por el precio de la vivienda y han acabado presumiendo de que compraron su piso en Móstoles por 20 millones y lo pueden vender por 40? ¿Cuánto comunista de puño en alto ha pedido revolución en sus tiempos universitarios y tras aprobar las oposiciones se ha convertido en el monstruo al que tanto odiaba? ¿Cuántos exaltados que se quejaban de lo mal que está el arrendamiento en España fueron a las manifestaciones en pro de una vivienda digna? ¿Cuántos se quejan de la televisión de mierda y acaban dando share a Telencinco? ¿Cuántos hablan de libertad, igualdad y fraternidad y luego miran para otro lado cuando un maricón, una mujer o un negro son agredidos en el metro? ¿Cuántos se quejan de lo ladronas y cabronas que son las multinacionales y luego ellos a la que tienen una mínima oportunidad se sacan lo que pueden del Carrefour al grito de: “Si es que son unos fascistas y se lo merecen”?

Asínque lo dicho, o salimos todos a la calle dispuestos a jugarnos los huevos, el corazón y la cartera, o siempre vamos a ser un país de fiesteros, charlatanes y fantasmas.

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El príncipe gitano

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L’incompétence

Miré usted, hasta los cojones estoy. En general y cada vez que interactúo con ellos, en particular, estoy hasta los mismísimos cojones del funcionario español. Los funcionarios en España son la burguesía francesa pre-revolución. Y claro, claro que alguna excepción habrá en toda la fauna, claro que alguno de ellos será un tipo competente de esos que entra a trabajar a las ocho, que sólo se toma 20 minutos de descanso, que atiende con una sonrisa y que tiene cara de entender que sus jefes son los que con sus impuestos pagan su sueldo…, pero a esa rara avis ya se encargará algún compañero del metal de lanzarle un perdigonazo: “Tranquilo Juanito, y deja esos informes ahí, que nos van a pagar lo mismo” y acto seguido, vendrá otro funcionario que de cabeza meterá a la rara avis al puchero: “¿Qué? ¿Nos echamos un descafeinado o tenemos los arrestos para darle al sol y sombra a estas horas de la mañana? Y así un día y otro hasta que Juanito acaba en el Bar Rivera abonado al pincho de tortilla y a la Mahou.

El caso que me tensa la cadena hoy es “la creme de la creme”, el punto en la bandera de Japón, los pendejos de la manola. Se trata del Consulado Español en Chicago. Brevemente, el otro día envié un correo electrónico para notificar un cambio de domicilio e, iluso, esperé a que, como pone en su web, Juanito me envíe un correo confirmándome que le ha dado al enter en el sistema confirmando mi cambio de domicilio. Como no pasó nada, nada, nada, llamé por teléfono al consulado y lo cogió Mari Puri y me dijo que eso lo lleva Juanito y escucho que le espeta a grito pelao: “¡Eh!, ¡qué me pregunta uno que si has recibido un correo para un cambio de domicilio!” y se escuchó desde lejos “¡Dile que síííííííííííí…, qué ya lo he recibiooooooooo….!” y Mari Puri se vuelve a dirigir a mi para comunicármelo. Así que, con la paciencia de la gente de Móstoles, le pregunto escéptico que si me van a enviar un email para confirmármelo, porque no es la primera vez que, por tener desactualizado el maldito sistema, envían pasaportes a la casa de una señora viuda de Iowa en vez de enviárselo a Antoñito el Camborrio, vasco residente en California, o que por error envían información electoral española a la casa de un paleto desdentado de Wisconsin… y Mari Puri, tan campechana ella, me responde que por lo que sabe que sí, que normalmente sí, normalmente Juanito suele enviar un correo de confirmación. Así que así están las cosas, si a Juanito le peta, hace bien su trabajo o, si por el contrario, a Juanito le da por petarse a Mari Puri, pues ese día que se despidan los que esperen competencia porque en el consulado pinta bastos…

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Beast versus Spiderman

Los últimos rayos de luz llegaban al final del día cogidos de la mano de la rutina para Andresito Pérez. El día en la escuela había sido tranquilo, sin sobresaltos, sin divisiones de dos cifras. Después de que la campana anunciara las 2:50 y fuera antesala del triste aguacero que estaba cayendo esa tarde sobre la ciudad, Andresito Pérez se había montado en el bus 9 junto a su amigo Patrick Norris y mientras el Bus cruzaba, atravesaba y casi nadaba por todas las calles del pueblo, un interesante debate en la cumbre sobre qué pasaría en un hipotética lucha entre Beast de los Action Men y Spiderman, ocupó los 10 minutos del trayecto a casa. Andresito Pérez estaba seguro de que Beast, fuerza, furia y nobleza, derrotaría a la tela de araña. Patrick Norris, más purista y heterodoxo, daba su encendido apoyo al hombre araña. El debate era tan absorbedor y apasionado que Andresito Pérez no se percató de que su autobús estaba parado esperando a que se bajara, así que la última palabra en el debate la tuvo Margery Smith, la asistenta del autobús: “¡Silencio! ¡Bájate del autobús y a tu casa!”

Mamá Pérez con Jesusito Pérez encaramado a su cuello aguardaba en la puerta de la casa, sonriente. Andresito Pérez pasó a su lado como un rayo y sin apenas saludar entró al baño para echar una meada Manneken Pis. Sus suspiros de alivio eran directamente proporcionales a la disminución del tamaño de su vejiga y cuando acabó, ya más tranquilo, se lavó las manos y acudió a los brazos de su madre para darle un beso tierno. Los dos juntos fueron a la sala, donde un caldo de camarones perfumado con cilantro estaba ya dispuesto en la mesa para que Andresito Pérez sorbiera. Después de una hora de siesta, de una hora de deberes y de una hora de lectura, la puerta de la casa se abrió súbitamente y papá Pérez entró raudo oliendo a rancho y con el corazón bombeando miedo. “¡La Migra está en el pueblo llevándose gente!” gritó.

Mamá Pérez, aterrada, dejó caer al suelo el plato de caldo de camarones que había preparado para su esposo. El estruendo de la vajilla destrozada y la sangre del caldo esparcida por el suelo de madera laminada, precedió al silencio y a la conmoción antes de que Jesusito Pérez empezara a llorar estrepitosamente sin saber por qué aunque quizá intuyendo por la cara de su madre de que algo no iba bien. Andresito Pérez, boquiabierto, atónito, dejó reposar el libro que estaba leyendo sobre sus rodillas y con el ceño fruncido, confuso, miró al padre, buscando en ese hombre infalible unas palabras de aliento, una protección que nunca antes le había faltado, pero esta vez papá Pérez sólo tenía decepción, silencio, temor. “¡Ya haga callar al chamaco, mija!” gritó dirigiéndose a su esposa. Mamá Pérez agarró a Jesusito Pérez en brazos y comenzó a arrullarlo con impaciencia y a reclamar con cierta urgencia mientras le insertaba su chupete preferido en la boca: “¡Ya cállese, mijito, cállese!”.

Papá Pérez, comenzó a dar paseos nerviosos por el salón y a mirar en repetidas ocasiones por la mirilla de la puerta y por el hueco que separaba la cortina de la ventana. Una vez hubo recuperado el aliento ligeramente, retomó la voz de mando y precipitadamente pidió a sus familiares que fueran al dormitorio y que nadie hiciera ruido. Se sentó la familia en la cama de matrimonio y la incertidumbre empezó a revolotear sobre sus cabezas.

El reloj de la sala parpadeaba mecánicamente, isla sonora en un mar de silencio. Motores lejanos de coche se oían allende de la ventana. Andresito Pérez decidió eliminar su pesada respiración asmática de la colección de ruidos y comenzó a practicar esos ejercicios de relajación que tan buen resultado le dieron cuando tenía dolor de muelas. –Inspiro profundo por la nariz y despacio, expiro fuerte y despacio por la boca- La gotera “a ver si la arreglo” de la bañera comenzó a cobrar más protagonismo, o quizá fue que la familia Pérez comenzó paulatinamente a ser más consciente de su presencia. Unos gritos furtivos de niños divirtiéndose atronaban contra los ventanales de la casa. –Inspiro profundo por la nariz y despacio, expiro fuerte y despacio por la boca- . Pisadas en el apartamento superior denotaban que Mrs. Reed había salido de su dormitorio, debía de ser su hora de las pastillas; desde que su marido falleció estaba todo el día en la cama y sólo se levantaba para tomar pastillas y darle un beso a la botella de Maker´s Mark. –Inspiro profundo por la nariz y despacio, expiro fuerte y despacio por la boca- –Inspiro profundo por la nariz y despacio, expiro fuerte y despacio por la boca….

Unos golpes malvados atronaron la puerta de la familia Pérez. La madera temblaba con las embestidas de una mano que martilleaba insistente la débil infraestructura de la blanca y descascarillada entrada.

La familia Pérez pasó a ser la familia Pétrea. “CÁ-LLEN-SE…” susurró papá Pérez aguantando el tipo y mirando desde lejos a esa puerta principal, como si ante sí tuviera a una bestia a la que enfrentarse y con la que jamás podía desviar la mirada.

Los golpes se hicieron más atronadores y temibles; el silencio, la única defensa de la familia Pérez, feneció. Jesusito Pérez comenzó a llorar con un llanto que posteriormente se instalaría en las pesadillas de la familia Pérez. Mamá Pérez tapó sutilmente la boca del niño, pero ya era tarde, quién quiera o quiénes quieran que estuvieran al otro lado de la puerta recibieron la confirmación de que la casa tenía moradores y los golpes se hicieron cada vez más rotundos y se acompañaron de un imperativo que sentenciaba el futuro de los acontecimientos: “Open the door!!!!!!”.

Papá Pérez miró a su esposa y parpadeó derrotado antes de levantarse de la cama. Ella hizo ademán de retenerle, aunque sin mucha intensidad, en parte ansiosa por saber si el futuro iba a ser con ellos más o menos hijo de puta de lo que lo fue en el pasado.

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Carlos 2/2

El hombre sentado abrazando su abdomen, tiritaba de frío.

“Déjeme ayudarle” le he dicho acercándome con mucha precaución.

El hombre ha balbucido unas palabras que no he podido entender.

“Le he traído algo para que se abrigue. ¿Cómo se llama?”. El hombre seguía sin moverse y no respondió.

Con cautela le he colocado el jersey sobre la espalda y acto seguido he visto unos destellos de linterna en el lateral de la casa. La policía había llegado.

El policía examinó al hombre y de inmediato solicitó que la ambulancia que estaba en camino urgiera su paso. Me pidió que le preguntara si había tenido un accidente de tráfico.

El hombre agitó su cabeza. Le pregunté si alguien le había herido y el hombre asintió.

De inmediato llegaron los servicios sanitarios e hicieron que el hombre se incorporara cuidadosamente. Volví a preguntarle su nombre y no obtuve respuesta de nuevo. Al erguirse, mostró el torso lleno de la sangre que manaba a borbotones de dos boquetes que tenía a la altura del estómago. Parecía obvio que también había sido apuñalado.

Los enfermeros alzaron al hombre sobre una camilla y le cubrieron con una manta. Con la delicadeza que permitía el terreno comenzaron a empujar la camilla para que el herido no sufriera más y cuando comenzaron a alejarse, el hombre me miró desde el frío y el dolor y musitó suavemente: “Carlos”.

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Carlos 1/2

Esta fría mañana de invierno me he dado una ducha. Suelo hacerlo, pero casi nunca tan pronto. Mojado, enjabonado, aclarado, secado. Me he puesto los calzoncillos y me disponía a afeitarme cuando he oído los gritos despavoridos de Silvia que provenían de la cocina. He acudido a su llamada y nerviosa ha empezado a gritar entrecortada:

“¡¡¡¡Algo… o alguien…  está golpeando la ventana de la cocina por fuera!!!!

He acudido a la cocina con el escepticismo por pendón, pensando que quizá fuera cualquier cosa insignificante.

Me he quedado en silencio en la cocina esperando alguna señal y sin que apenas pasaran dos segundos he escuchado golpes en la ventana y unos sonidos guturales.

He encendido la luz del patio y con la certeza de que algo malo iba a pasar he subido la persiana a modo de telón, como si lo que hubiera detrás fuera una obra de Sófocles. Cuando subí la persiana hasta su tope, vi unas manos ensangrentadas que golpeaban el cristal y la cara de un hombre de aspecto hispano embarrada, ensangrentada y de ojos idos, alucinados.

“¡¡¡Hijo de puta…!!! ¡¡¡Me cago en tu puta madre….!!! Grité desde el miedo más atroz. He empezado a dar vueltas nervioso sin saber qué hacer, desconcertado, aturdido. Le he pedido a Silvia que llamara a la policía y con el nerviosismo no atinábamos ni a saber el número: “¡091! ¡091!” he gritado sin sentido; por fin, una luz dentro de la inopia y hemos recordado que el teléfono de la policía es el 911.

Mientras Silvia llamaba, he vuelto la vista al individuo para comprobar conmocionado que sólo llevaba puesto un pantalón corto y ni siquiera llevaba zapatos. Tenía marcas de arañazos, restos de sangre y barro por todo el cuerpo. El hombre, ha pegado su cara a la ventana y desde la desesperación, desde el abismo, ha juntado sus manos rogando ayuda. Me he quedado petrificado, confuso…aturdido. El hombre se ha tambaleado y ha caído al suelo. Se ha incorporado con dificultad y se ha sentado en una silla del patio. Ha comenzado a vomitar sangre.

He corrido por la casa como un loco, me he vestido y he buscado una manta. Al no encontrar ninguna he buscado un jersey. Me he acercado a la puerta y el hombre ha vuelto a mirarme y a juntar sus manos en forma de ruego. Con cautela he abierto la puerta.

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Hace muchas, muchas, lunas…

El turista llegó a Anchorage en época estival, así que no supo de la noche en los diez días que permaneció en tierra de London.

Antes del viaje, el imaginario del turista le narró en sueños que iba a llegar a una de las últimas fronteras de la tierra, al borde de un precipicio que antecede al vacío, a lo efímero, a lo inexplicable, al condominio de Morfeo.

Tras bajar del Alaskan Airlines y desentumecer piernas, el turista, envuelto en forros polares de precios exóticos, gafas de sol ultramodernas y de espejo y botas de montaña que caminaban solas,  se autoproclamó discípulo de Bartolomé de las Casas y con su cruz en forma cámara de fotos se dispuso a evangelizar a la roca.

Tras el desconcierto inicial posterior al vuelo, el turista miró a derecha e izquierda y sólo vio cazadores masca-tabaco salidos de los confines de la América rural, con una funda al hombro donde escondían una escopeta y muchos de ellos tenían escrito un premonitorio mensaje en la frente: “Matar oso”.

Anchorage es una ciudad con el pie cambiado. En verano, las tiendas se cierran tarde, pero como aún hay mucha luz da la impresión de que están cerrando al mediodía. De inmediato se desiste en la búsqueda de algún establecimiento más allá de tiendas de regalo, donde se puede comprar todo tipo de utensilios, artefactos, ropajes y recuerdos que de seguro encontrarán sitio en el trastero de la casa del turista.

El turista se hizo fotos en Valdez, frente a la taberna donde se emborrachó Josh Hazelwood, el patrón del Exxon Valdez, antes de salir a faenar y reventar el barco lleno de crudo en el estrecho de Prince William, comió salmón recién pescado en Seward, condujo y fotografió por las carreteras 4 y 1 bordeando mar y montaña, admiró el frío y bello atardecer de Homer desde donde tomó una foto que luego ampliaría y caminó entre la espesura por Denali completando así un intenso Tour coronado con un imán para la nevera que, a modo de trofeo, atestiguaba la presencia del turista en tan inhóspita tierra.

En Palmer, el turista deambulaba por la calle y fijó su atención en un acontecimiento insólito, único, excepcional. Un grupo de personas de apariencia india estaban haciendo una barbacoa en plena calle, pero no una barbacoa corriente, no, ¡estaban ahumando salmón en una enorme fogata! El turista supo de inmediato que esa era una de las historias que se iba a convertir en protagonista cuando le tocara narrar su experiencia frente a sus amigos de apariencia intelectual, así que sacó su Minolta y sin disimulo y como si estuviera transmitiendo Morse comenzó a disparar fotos. La excitación del momento le impidió pensar en las características técnicas de la cámara y súbitamente recordó que también grababa vídeo. Así que cambió raudo el interruptor de modo y comenzó a grabar a una señora que clavaba en el fuego un palo que tenía incrustado un enorme filete de salmón. La excitación del momento le impidió pensar en las características técnicas de sus cuerdas vocales y súbitamente recordó que podía articular sonidos, así que comenzó a preguntar inocentemente a la mujer mientras grababa que desde cuando seguían este proceso para ahumar el salmón. La señora, comprendió inmediatamente que tenía ante sí a un turista y provocando las risas incontenibles de sus acompañantes le respondió: “Many, many moons ago…”.

Y ese día dejé de ser turista y empecé a querer ser viajero…

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