Octubre 23, 2009

Hace muchas, muchas, lunas…

El turista llegó a Anchorage en época estival, así que no supo de la noche en los diez días que permaneció en tierra de London.

Antes del viaje, el imaginario del turista le narró en sueños que iba a llegar a una de las últimas fronteras de la tierra, al borde de un precipicio que antecede al vacío, a lo efímero, a lo inexplicable, al condominio de Morfeo.

Tras bajar del Alaskan Airlines y desentumecer piernas, el turista, envuelto en forros polares de precios exóticos, gafas de sol ultramodernas y de espejo y botas de montaña que caminaban solas,  se autoproclamó discípulo de Bartolomé de las Casas y con su cruz en forma cámara de fotos se dispuso a evangelizar a la roca.

Tras el desconcierto inicial posterior al vuelo, el turista miró a derecha e izquierda y sólo vio cazadores masca-tabaco salidos de los confines de la América rural, con una funda al hombro donde escondían una escopeta y muchos de ellos tenían escrito un premonitorio mensaje en la frente: “Matar oso”.

Anchorage es una ciudad con el pie cambiado. En verano, las tiendas se cierran tarde, pero como aún hay mucha luz da la impresión de que están cerrando al mediodía. De inmediato se desiste en la búsqueda de algún establecimiento más allá de tiendas de regalo, donde se puede comprar todo tipo de utensilios, artefactos, ropajes y recuerdos que de seguro encontrarán sitio en el trastero de la casa del turista.

El turista se hizo fotos en Valdez, frente a la taberna donde se emborrachó Josh Hazelwood, el patrón del Exxon Valdez, antes de salir a faenar y reventar el barco lleno de crudo en el estrecho de Prince William, comió salmón recién pescado en Seward, condujo y fotografió por las carreteras 4 y 1 bordeando mar y montaña, admiró el frío y bello atardecer de Homer desde donde tomó una foto que luego ampliaría y caminó entre la espesura por Denali completando así un intenso Tour coronado con un imán para la nevera que, a modo de trofeo, atestiguaba la presencia del turista en tan inhóspita tierra.

En Palmer, el turista deambulaba por la calle y fijó su atención en un acontecimiento insólito, único, excepcional. Un grupo de personas de apariencia india estaban haciendo una barbacoa en plena calle, pero no una barbacoa corriente, no, ¡estaban ahumando salmón en una enorme fogata! El turista supo de inmediato que esa era una de las historias que se iba a convertir en protagonista cuando le tocara narrar su experiencia frente a sus amigos de apariencia intelectual, así que sacó su Minolta y sin disimulo y como si estuviera transmitiendo Morse comenzó a disparar fotos. La excitación del momento le impidió pensar en las características técnicas de la cámara y súbitamente recordó que también grababa vídeo. Así que cambió raudo el interruptor de modo y comenzó a grabar a una señora que clavaba en el fuego un palo que tenía incrustado un enorme filete de salmón. La excitación del momento le impidió pensar en las características técnicas de sus cuerdas vocales y súbitamente recordó que podía articular sonidos, así que comenzó a preguntar inocentemente a la mujer mientras grababa que desde cuando seguían este proceso para ahumar el salmón. La señora, comprendió inmediatamente que tenía ante sí a un turista y provocando las risas incontenibles de sus acompañantes le respondió: “Many, many moons ago…”.

Y ese día dejé de ser turista y empecé a querer ser viajero…

Octubre 21, 2009

Hanksville, el pueblo fantasma 3/3

Octubre 20, 2009

Hanksville, el pueblo fantasma 2/3

Los muchachos se sentaron a continuación de la mujer cerca de la ventana y con resignación empero hambre pidieron refrescos y calorías en forma de filetes de ternera, “french fries”, pan de maíz y salsa gravy. Cuando los platos humeantes golpearon la mesa, los cuatro empezaron a comer voraces y a comentar alegremente las anécdotas del día.

Tras unos minutos en los que daba la impresión de que los únicos comensales en la sala eran ellos, una voz dulce, firme, sosegada, angelical, turbadora se levantó por encima de cualquier otro sonido: “¿De dónde son esos deliciosos acentos que tienen ustedes?” Los viajeros prestaton toda su atención a la desconocida. Una mirada azul, intensa, fanática, firme escrutaba al grupo, exigiendo respuesta; el pelo de la mujer enmarcaba una cara agrietada, cansada, lacia, severa. El tono de voz de la mujer era precioso, sus maneras eran cuidadas, sus palabras eran escogidas, pero una sensación de incertidumbre y desasosiego se apoderó del grupo.

“Somos de España pero vivimos en Kentucky”, acertó a decir Rodrigo.

“Tienen ustedes un acento muy dulce. ¿Les puedo preguntar qué les trae por un pueblo como este?” preguntó pausadamente la mujer de pelo rubio.

“Vamos dirección Capitol Reef así que pasaremos la noche en el pueblo y mañana seguiremos camino. ¿y usted, adonde se dirige?” preguntó Luis, casi en defensa propia.

“Conduzco un camión. Vengo de Delaware con dirección a California y como no me desvía excesivamente de mi camino decidí parar a disfrutar del aire libre del parque nacional. Siempre lo hago. Así conocí Grand Canyon, Yosemite, Monument Valley, Yellowstone, Everglades…. ¡Voy siempre donde nuestro Lord me guía!” dijo la mujer de nuevo pausadamente aunque esta vez alzando el tono de voz a medida que se acercaba a la pronunciación de la palabra “Lord”.

“Es maravilloso encontrar soledad y respirar el aire de la naturaleza, de las montañas, de nuestro Lord… ¡Odio los lugares apestados de gentes que perturban la soledad!” prosiguió.

“A nosotros nos está gustando mucho todo lo que hemos visto hasta ahora” dijo David complaciente.

“Me alegra conocer gente que sepa disfrutar de los regalos con los que nuestro Lord nos obsequia” dijo la mujer sin apenas mover un músculo de la cara y con ese tono enfatizado con las pausas que creaban un ambiente frío, cortante.

La mujer se levantó de la mesa y sacó de la cartera unos dólares que depósito al lado de la factura que la camarera había traído previamente. Caminó pausadamente hacia la puerta y sin detenerse y mirando al frente dijo con suavidad “Esta noche rezaré por ustedes para que nuestro Lord les proteja….”

Aquella tarde los cuatro viajeros alquilaron catre en el Hanksville Inn y a pesar del cansancio, Morfeo no hizo noche en la habitación. De reojo, los cuatro viajeros no pararon de mirar con celo a la puerta esperando a que en cualquier momento la rubia se presentara en el cuarto arropada por una túnica y portando una guadaña…

Octubre 18, 2009

Hanksville, el pueblo fantasma 1/3

La tarde echaba el cierre sobre el horizonte desértico. El cansancio y el polvo yacían perennes sobre los huesos y las mochilas de los cuatro viajeros. El sol de junio había tostado ya brazos, cara y cuello y había resecado los labios a pesar de que el cacao aceitoso brillaba sobre las comisuras. Las picaduras de los mosquitos de Utah daban un aspecto volcánico a varias partes de su piel y el estómago rugía con furia después de un largo día de martirio a las botas.

Una vena grisácea y moribunda restaba armonía al desierto. Sobre ella un solitario Nissan Versa rodaba con los cuatro viajeros y paraba esporádicamente para que echaran una meadita o simplemente admiraran el paisaje hasta que la lluvia empezó a martillear con violencia la capota del coche y a reducir drásticamente la visibilidad.

El cruce de las carreteras 24 y 95 era la antesala de Hanksville, un lúgubre pueblo de apariencia abandonado que se presentaba en su entrada con un cementerio de coches oxidados que daban la impresión de haber emitido por sus equipos de radio los primeros éxitos de Carl Perkins o Buddy Holly; casas de madera de pasado blanco, esplendoroso y presente de techo corcovado y ventanas rotas exhibiendo oscuridad; aparejos agrícolas oxidados abandonados en parajes cubiertos de maleza, un motel deshabitado de lúgubres y mellados neones y tenebrosas puertas agujereadas quizá por amantes furtivos o drogadictos; una tienda de regalos desangelada y entregada al abandono; también se veían algunas casas aún pobladas por conformistas empedernidos exhibiendo carteles de “No trespassing” en el jardín y perros tristes en el porche guardando a una mecedora huérfana de movimiento; y un restaurante de carretera titulado “Red Rock” pegajoso, amarillo, hostil que se convirtió en el centro del universo para los cuatro viajeros.

El restaurante aprovechaba la coyuntura y funcionaba como tienda de objetos de caza y recuerdos. Una camarera joven de ojeras prematuras, instó a los cuatro viajeros a que la siguieran tras la tienda hacia una primera sala sólo poblada por una pareja de ancianos que tomaban café. Caminaron entre las mesas y la camarera les guió con cierta cortesía a tomar asiento en una segunda sala a la que daba paso un portón de madera descascarillada.

La sala olía a aceite de canola requemado. Frente a la ventana había ocho mesas imperfectamente colocadas en dos líneas paralelas y todas ellas cubiertas con manteles cuadriculados rojo y blanco. Algunas mesas ofrecían un bodegón culinario al estilo texmex: Bote de catsup Heinz, Salsa de Steak A-1, edulcorante Splenda, sobrecitos de azúcar Meijer, un recipiente de cristal que contenía sal y un bote de plástico transparente con, quizá, vinagre. En una esquina de la sala una mujer cuarentona entrada en carnes de melena rubia coronada con una gorra de béisbol azul, vestida con vaqueros y camiseta de leñador levantó ligeramente la vista del bistec del que estaba dando cuenta y con cierta curiosidad observó a los cuatro viajeros.

Septiembre 13, 2009

Se prohíbe quemar colchones 2/2

Dos horas después la curiosidad me tenía inquieto, inquieto, inquieto. Cogí el teléfono y marqué el número de Lucía. Dos tonos, tres…

“Dígame” se escuchó al otro lado.

“Sí, Lucía… hola, soy yo, Mr. Muñoz….”

“Ah, hola, ¿qué tal, cómo ha estado? preguntó Lucía.

“Bien, bien –respondí con impaciencia- pero, ¿qué ha pasado con su madre?”

“Nada, bien, bien, todo bien. No sé. Volví a llamar varias veces pero como no contesta al teléfono…” respondió alegre.

“Ya. Bueno, pues llámeme si necesita algo…” respondí confuso.

“Okay, okay. Muchas gracias Mr. Muñoz”.

Y me quedé mirando lontananza con cara de hippie-fuma-hierba pensando que cómo era posible que su madre pudiera estar esposada, detenida o muerta y que Lucía estuviera tan contenta y feliz porque “como su madre no le había cogido el teléfono, pues perfecto porque así no sabía lo que pasaba y se evitaba sufrimientos”. “Dios mío, que filosofía de vida más pragmática, humilla a la escuela cínica y se mea en las puertas de la Academia”, pensé.

A las seis y desde casa cogí el teléfono para conocer el ¿final? de la historia:

“¿Lucía? Hola soy yo, Mr. Muñoz. Le llamo para ver qué tal todo….”

“¡Ah! ¡Muy bien, muy bien! y usted, ¿Qué tal ha estado?” preguntó Lucía.

“Bien, bien –respondí apresuradamente- pero quería saber qué tal acabó todo con su mamá, si ya ha podido hablar usted con ella…”

“¡Ah sí, sí, ya hablé con ella…!”, respondió parsimoniosamente.

“Y bueno, ¿qué ha pasado?” pregunté cada vez más intrigado.

“¡Ah, nada, nada. Todo está solucionado. La policía estuvo allí dos horas y luego se fueron, así que no pasó nada” respondió Lucía.

“Vaya, me alegro –dije confuso- pero, ¿no llevaron ni siquiera a un traductor para que se comunicara con ella?” pregunté

Y ella, feliz como una perdiz, respondió: “No, no, allí no vino nadie. Sólo al final, antes de marcharse, un policía tocó a la puerta y le dio un papel de color rosa a mi mamá, pero no hay ningún problema, como ella no sabe leer…”

Septiembre 11, 2009

Se prohíbe quemar colchones 1/2

     El sonido del teléfono cercenó la armonía de la mañana, un sosegado día de verano elegido por los pájaros  para entonar una sonata afuera en el en jardín.

“Buenos días, dígame” respondí con pereza.

“Buenos días Mr. Muñoz, soy yo la Sra. Lucía, la mamá de Eugenio” replicó una alegre voz al otro lado de la línea.

La Sra. Lucía se aburre por las mañanas y tiene dos aficiones que practica con devoción: conectar la tele a las 09:00 a.m. para ver telenovelas maniqueas y marcar el teléfono de la escuela para charlar conmigo. Los pretextos para llamarme son varios y con frecuencia poco imaginativos: “¿A qué hora salen de la escuela hoy los niños?” “He visto por la tele que la gripe está afectando a muchos niños… ¿Está mi hijo bien?” o “¿Dónde puedo comprar los materiales de la escuela?”

Así que, con cierta impaciencia y eludiendo los formalismos de rigor le pregunté a la Sra. Lucía: “Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?”

“Bueno mire, es que tengo un problema, ¿sabe?” respondió.

“Ya estamos, –pensé- seguro que Víctor Alfredo es el padre de Antonia Carmen y Constapinto, el marido de Fortunata Regina está celoso y quiere recluir a su mujer en casa de su madre, la señora Aurelia Roberta …”

“Dígame, ¿qué problema tiene?” pregunté desinteresadamente.

“¿Está prohibido quemar colchones en Estados Unidos?” preguntó Lucía.

“¿¿¿¿¿Cómo?????” pregunté incrédulo.

“¿Qué si está prohibido quemar colchones en la calle?” respondió Lucía con tono de: “¡abuelo, que no se entera usted!”

Tomé aire para que me diera tiempo a pensar y respondí:

“Hombre señora, imagino que no es una práctica muy común…. ¿por qué?” pregunté con miedo.

“Porque mi mamá me ha llamado hace cinco minutos y me ha dicho que esta mañana ha quemado en la calle un colchón lleno de bichos y que una vecina se ha puesto a gritar y ha llamado a la policía y que la policía tiene rodeada su casa, que qué hace porque no hay traductor y ella no habla inglés…”

“Qué llame a Gila” me dan ganas de decir.

Así que, basándome en la cinematografía, respondo:

“Pues… que no cometa ninguna tontería. Que se ponga las manos en la cabeza. Que salga a la calle y se tire al suelo…”

“Okay, okay. Pues llamo y se lo digo”.

Julio 22, 2009

Parque Nacional de Zion 3/3

Luis-Zion National Park-Shuttle (2)

Luis-Zion National Park-Entrada en coche (11)
Luis-Zion National Park-Emerald Trail (9)
Luis-Zion National Park-Weeping Rock Trail (19)

Luis-Zion National Park-Weeping Rock Trail (45)

Luis-Zion National Park-Weeping Rock Trail (50)

Julio 22, 2009

Parque Nacional de Zion, Utah 2/3

Y Zion se rebeló. Y la montaña se tragó a la vanidad, a la arrogancia, al orgullo. Y la ignorancia fue nuestra aliada, nuestra guía.
“¿Qué tal si empezamos la ruta del Observation Point?” preguntó uno de nosotros.
“Pseeee” respondió alguien.
Y nos bajamos del autobús en la parada de Weeping Rock y comenzamos a subir. A subir. A subir. A subir. A subir. El camino era un zigzag hacia arriba y sin descanso. Llegamos a una bifurcación en la que no se leían distancias, sólo nombres, a la derecha Hidden Canyon y a la izquierda Observation Point.
“A la izquierda” dijo alguien.
Subimos una milla al sol y yo ya estaba atrás sin poder seguir el ritmo de los otros, pero disfrutando de la altura, de la vista, casi tocando las nubes. Me crucé con varios caminantes que bajaban frescos y saludé desde lo hondo, con afecto, camaradería.
Y por fin el paraíso, el llano. Cañones estrechos de rocas cobrizas que enmarcaban lo que había sido el cauce de un río, arbustos en verde nacidos de entre las piedras, del imposible. Sombra, bendita sombra. Al fondo, como tres lagartos sobre la roca, mis tres compañeros sonrientes, cabrones: “¡Vamos, qué no puedes…!”
Nos cruzamos con un grupo y les preguntamos por el final de la ruta y por su dureza: ¨Queda bastante y queda lo más duro…” dijo uno de ellos. “Maldita sinceridad” pensé.
Seguimos caminando por el llano, hasta que los músculos de las pantorrillas se tensaron, símbolo inequívoco de que estábamos subiendo. Andamos una media milla aproximadamente y llegamos a otra bifurcación que tampoco indicaba distancias, sólo nombres: A la derecha East Rim Trail y a la izquierda Observation Point. “A la izquierda” dijo alguien.
Continuamos con nuestra particular odisea hacia el techo de Zion en la que para ver ciertas nubes, ya teníamos que mirar hacia abajo. Una chica enchufada a un Ipod mediante unos auriculares nos pasó como un torbellino. Mirábamos hacia arriba y sólo veíamos montaña y más montaña. El sol iba bajando y el atardecer se hacía cada vez más obvio. Desde la chica del Ipod no vimos a nadie en un buen rato, hasta que nos cruzamos con un mochilero que venía de regreso. Nos dijo que para llegar al final de la subida quedaban como ochocientas yardas y como una milla y media para la cumbre en total. Después de escuchar sus palabras, el cansancio se duplicó y el ánimo se dividió, así que puse fin a mi ascensión y en un risco me senté despidiéndome de mis tres compañeros de ascensión.
Y allí estaba yo, sentado en una piedra en el camino, respirando aire puro, viendo bosque y solo. Solo. Y la soledad me asustó. Así que retomé la marcha con el vigor como alternativa al miedo y después de varias paradas llegué primero al llano y luego a la cumbre donde estaban mis tres compañeros dando forma al silencio. Me senté y Zion me dio 360º de panorámica que me cerró la boca, que me puso en mi sitio, que aisló a mi ego y engrandeció a mi dignidad.
El sol seguía descendiendo por un hilo imaginario que manejaba el horizonte y la luz se atenuaba al ritmo que iniciamos un descenso vertiginoso para no quedarnos a oscuras durante el camino. Sin descanso llegamos al punto de inicio y los últimos destellos del día perecieron en el cartel que anunciaba la ruta que acabamos de hacer:
Observation Point
Esta es una ruta larga y extrema con muchas secciones escarpadas y sin protección. No es para cualquiera que esté fuera de forma o que tenga miedo a las alturas.
Peligro
Precipicios Escarpados
Distancia: 8 millas (ida y vuelta)/5 horas
Ascensión: 2148 pies
Nivel de dificultad: Extremo

Julio 22, 2009

Parque Nacional de Zion, Utah 1/3

Dani, Rogrigo, David y yo llegamos a Salt Lake con la ilusión de viajar al sur y encontrar en Zion al parque nacional soñado: ese entorno natural de rocas y bosque que National Gegraphic puso en el recuerdo en forma de foto. Tomamos la carretera 15, luego la 17 hasta Toquerville y allí cogimos la 9, la ruta que llevaba a lo onírico.
En la entrada del parque sonreímos desde el coche cuando el ranger de orejas grandes nos pidió 25 dólares por entrar y le enseñamos el Annual Pass que otorga entrada gratuita a todos los parques nacionales durante un año para cuatro personas y su vehículo.
Montañas besando nubes, árboles centenarios, arcos milenarios esculpidos por la erosión en la roca… y un ejército de turistas disparando sus cámaras, en guerra contra el buen gusto. Resoplas. Seguimos la caravana de coches hasta llegar al Visitor center y al abarrotado aparcamiento. Merodeamos con el coche durante unos quince minutos hasta que vimos un hueco libre donde aparcar el maldito trasto. Un nudo apretado tensa la garganta y soslaya la temida sospecha de que el viaje soñado no está en Zion.
En el Visitor center esperamos más colas hasta que una señorita uniformada nos atendió cortés y recitó las rutas a hacer: ¨Como sólo venís un día os gustará hacer el Canyon Overlook Trail, el Emeral Pool Trail y el Temple de Sinawava también merece la pena verlo”.
Nos montamos en el concurrido autobús que recorre el parque y tuve la sensación de estar montado en el 27 que va de Plaza de Castilla a Embajadores. Rutina, una de las peores cosas que puedes sentir en un viaje.
Hicimos las sencillas rutas, tomamos fotos, dejamos de saludar a los muchos caminantes con los que nos cruzamos. La masa nos engulló, éramos parte de la contaminación turística. Zion era un parque excepcional al que la saturación de gente había rebajado hasta lo ordinario.

Mayo 22, 2009

Piticli

De Silvia. Para Piticli.
Piticli
Piticli es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de avellana de sus ojos son duros cual dos piedras de ámbar cristalino. Cuando llego a casa, Piticli viene hacia mí con un trotecillo alegre, ideal, buscando que lo abrace y le roce mi barbilla contra su cabecita dorada. Comienza a ronronear casi inmediatamente, como si siempre tuviera un motorcillo en su garganta a punto para los mimos.
Con maullidos me pide salir al jardín. En cada maullido agudo deja entrever su rosada lengua y sus colmillitos blancos. Es todo inocencia y pureza, pero también elegancia y pericia.
Acaricia con su hocico la hierba fresca, y a veces la mastica. Persigue a las mariposas, se embelesa con los pájaros, y a veces los teme; se revuelca en un hoyo de tierra rojiza y casi siempre se pierde entre los densos arbustos para aparecer de nuevo más tarde, de un brinco, en la casa, donde se tumba cansado, buscando con su barriguita agitada la loza fresca.
Piticli es todos los gatos en uno. Me lo imagino en un patio cordobés, mi casa ideal, olisqueando los geranios y las gitanillas, dormido junto a la fuente sobre una manta empedrada, persiguiendo a salamanquesas imposibles sobre la cal blanca. Lo veo sobre los tejados, su silueta gatuna perfilada en el atardecer, mirando hacia la sierra con una música de guitarra lejana, sabia.
Al caer la tarde, Piticli busca el frescor de un poyete de piedra encalado. El aroma de las flores lo adormece, y yo quedo hipnotizada por la belleza de su perfil felino, eterno. El silencio de la casa, el perfume del jazmín y el borboteo del agua de la fuente nos envuelve a los dos y nos transporta a otra época. Piticli sigue y seguirá allí por siempre, en esa burbuja de tiempo ideal que es mi pensamiento.

Dedicado a Piticli y Platero