Llegué a casa y encendí un cigarrillo de la marca Wave, la más barata del mercado, y me puse a observar el humo. Esperé y fumé, esperé y fumé. A las 3:30 la puerta de la calle se abrió y Silvia entró al apartamento con el aire fresco del visitante, y me preguntó rutinariamente. Aguardé sin hablar unos segundos fingiendo ser tan digno como Steve McQueen y me derrumbé al instante: “Estoy bien jodido”, le dije a Silvia mientras me llevaba las manos a la cara para poner una cortina de carne a las lágrimas. Silvia, pariente cercana del sentido común, me tranquilizó e hizo recurso del consuelo de la obviedad: “Espérate a las radiografías y a la colección de esputos y si a pesar de todo sigue siendo positivo, consulta con un profesional de España”.
Estuve cinco días escupiendo en un bote de plástico. Le ponía una tapa roja y lo introducía en un tubo de metal que enviaba a un centro médico para su análisis.
Acudí a Winchester y una enfermera acostumbrada a comer en McDonald’s me hizo fotos del pecho. Vimos los resultados y mis peores augurios se confirmaban: Un extraño punto blanco destacaba malignamente en la radiografía de mis pulmones. La enfermera miró y remiró y me dijo tajante: “Aquí no se aprecia nada que demuestre que tienes Tuberculosis” “¿y ese punto blanco que se ve abajo?” pregunté sujetando el corazón en la mano. “Eso puede ser cualquier cosa”. Bueno, el balance no podía ser más desesperanzador para cualquier hipocondríaco: Un caso de tuberculosis por confirmar y un evidente cáncer de pulmón.