Pues no, mire usted, no. Aquí no se puede decir que estemos integrados. Desde que llegamos a Kentucky hemos hecho muchos esfuerzos culinarios para conquistar la amistad de los nativos, pero no dejamos de ser para la mayoría un exótico conocido del que hablarán en sus reuniones privadas.
Ha habido muchos/as que se han dejado seducir por la posibilidad de inmiscuirse en vidas que a priori les son tan ajenas, aunque los motivos que tienen para acercarse a nosotros suelen ser puramente etnológicos y no sentimentales; con la mayoría de los kentuckianos que conocemos tenemos poco en común.
Si hablan de armas y de quedar para “echar unos tiros” nosotros dictamos sentencia con nuestros silencios hartos de sacar el espíritu quijotesco español y luchar contra molinos a los que jamás venceremos defendiendo nuestra posición en contra del uso de las armas.
Si quieren que vayamos a la iglesia el sábado o el domingo, o quieren que quedemos para leer la Biblia los miércoles pues eludimos el diálogo con excusas alternativas. No queremos explicar por enésima vez que en España si eres ateo, agnóstico, impío o nihilista no se te tacha ni de fanático ni de, por contraposición, adorador del diablo. No nos gusta participar en debates cargados de tópicos que muchos españoles superamos hace años sobre la homosexualidad o el aborto y empezar a dar argumentos que tantos no están preparados para asimilar.
Tampoco nos gusta asistir a reuniones que tienen ese envolvente e irritante aroma formal, ese mismo que cuando nosotros invitamos a alguien a casa queremos eliminar a toda costa para establecer vínculos que en un futuro puedan desembocar en amistad.
La primera vez que les invitas a una fiesta es como si les tele-transportaras a Marte; como cuando Silvia era pequeña y en una comida en el campo gritó a los cuatro vientos delante de sus tíos que nunca había comido unas chuletitas de cordero tan buenas como aquellas y su padre le espetó: “¡Joder, parece que no has comido cordero en tu vida!”. Pues exactamente eso, que parece que jamás hayan estado en una fiesta en la que se charle, se ría, se baile, se beba y se tiren las cáscaras al suelo (entiendo que esto no sea demasiado frecuente en otros países….).
Así que, después de tantos esfuerzos hemos aceptado que existen unas zanjas culturales entre nosotros y que para construir tenemos que extrapolar los puntos comunes y abstraer para eliminar esas diferencias tan extremas. De este modo, quedamos para cenar, vamos de acampada, al cine, nos alegramos de sus éxitos y nos felicitan por los nuestros pero jamás nos llamaremos a deshoras, por no molestar.