El ruido es el guía del miedo cuando se produce un tornado. Me contó Javier que tuvo un conocido que vivía en una de las zonas devastadas por el huracán Katrina. Este conocido montó a su familia en un coche dirección norte y él se quedó a guardar y custodiar las posesiones de la casa durante la catástrofe (cuando se dan este tipo de desastres, muchos delincuentes aprovechan para practicar pillaje). Completó el refugio anti-tornado con víveres y lo necesario para aguantar un tiempo y estoicamente se sentó a esperar al destino, siempre incierto cuando un tornado o huracán visita la zona. Contó que el ruido exterior era ensordecedor e imprevisible, no sabía si su refugio estaba aguantando bien o si el viento estaba abriendo millones de fisuras por donde entrar a llevárselo por los aires, su refugio se convirtió en el alambre de un funámbulo cobarde que sin red se tambaleaba a 20 metros del suelo. Cuando todo pasó, subió pálido las escaleras que lo sacaban de su guarida para comprobar consternado que la cocina estaba plagada de cuchillos clavados arbitrariamente en sus paredes que la fuerza del viento había levantado y lanzado con furia.
Anoche Elena, en el oeste de Kentucky, dejó su casa para dormir en el refugio de unos amigos y por el centro de Kentucky comenzamos a sentir vientos pero no tan preocupantes como por donde estaba Elena. Me dormí como un niño y esta mañana me levanté como un hombre. Silvia me ha contado todo. Me ha dicho que a eso de las tres de la mañana, se escuchaban unos vientos monstruosos que de cuando en cuando lanzaban escupitajos de lluvia contra los cristales con una fuerza demoledora y que afuera, justo frente a nuestra casa, los árboles estaban bailando claque con un zapateo aflamencado. Las alarmas anti-tornado comenzaron a sonar por todo el pueblo. Hay altavoces distribuidos en la mayor parte de los postes telefónicos y de ellos, cuando hay aviso de catástrofe meteorológica, se emiten unos sonidos similares al chillido de la bocina de un barco afónico o el silbato de una fábrica que muestra a sus trabajadores la hora de acabar la tarea. Pues bien, el sonido era ensordecedor y preocupante, pero yo, no me he enterado absolutamente de nada; desde que anoche me dormí y los ronquidos comenzaron a hacer eco en la habitación, no he vuelto a la consciencia hasta esta mañana, cuando el desastre se había disipado.
Así que, prefiero pensar que todo ha sido una historia de ficción y que tantas personas que viven en los famosos e inseguros trailers no han muerto, que no han sido ciudadanos de segunda, que por el solo hecho de no tener dinero para costearse un refugio o un lugar más seguro, el estado del bienestar no se ha despreocupado de su seguridad y no han sido los exponentes de la desigualdad de clases en la batalla contra la naturaleza.
1 comentario
Febrero 8, 2008 a las 11:38 am
Es espeluztacular lo que cuentas. Vaya miedo.
OLI I7O