Marzo 7, 2008...6:38 am

Un ratón en la bandeja o el álter ego de Esopo 2/5

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El caso es que estas historias recientes han reflotado nuestra aventura del ratón en la bandeja. Fue el primer año. Alquilamos una casa antigua de dos plantas y en madera por sólo 450 dólares al mes. Nunca antes habíamos vivido en algo tan grande, sentíamos que podíamos saludar a gente como Julio Iglesias omitiendo el usted. Después de dos meses de elegancia y refinamiento empezamos a ver en la cocina cagaditas de ratón por todas partes. Pedimos asesoramiento a la sapiencia popular y de ellos sacamos la conclusión de que lo mejor eran las trampas de madera, esas que conocíamos por los dibujos de Tom y Jerry. En parte he de reconocer, que estábamos encantados de vivir esta aventura tan inusual. Antes de ir a dormir una noche distribuimos maliciosamente varias de esas trampas por la cocina y le pusimos una buena proporción de queso en su cebo para cazar a los ratones.

A la mañana siguiente nos levantamos como si fuera 6 de enero en busca de “nuestro regalo” y allí sólo encontramos desolación: los ratones se habían comido el queso y no había saltado ni una trampa. Sólo faltada una nota por su parte diciendo: “¡Pero que tontos que sois!”.

A la noche siguiente volvimos a la carga, esta vez apretamos más el queso a la hendidura de metal donde se suponía que los roedores tenían que tocar para que saltara. Esa noche, horas en vela. Me costó dormir esperanzo el zarpazo de la trampa, pero nada, sólo se escuchaba el trajín de los coches en la carretera cercana.

Con los primeros rayos de sol iluminando el dormitorio bajamos las escaleras con cautela y abrí el armario donde habíamos escondido las tres trampas. Allí estaban las tres vacías de queso y con el metal reluciente, paracecía que los cabrones habían estado incluso chupando la pestaña metálica y la trampa no había saltado. Con un suspiro de resignación cogí un tenedor y con su mango toqué el metal y ¡zas! el mecanismo saltó a mala leche. Todo estaba en orden.

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