A la noche siguiente me harté. Cambié el queso que poníamos ya habitualmente en la trampa por queso para untar. “Je, je, -pensé- a ver ahora como os lleváis el queso sin que os aprisione el hierrito” y satisfecho me fui a la cama.
Dos horas después, silencio. Ellos estaban ganando la batalla y mi insomnio eran efectos colaterales. A la 1 de la mañana pasan coches por la carretera. 2:15 de la madrugada y el techo de mi habitación es blanco. A las 3 de la mañana ya casi no se oyen coches. A las 4 voy a mear hasta sin ganas. A las 4:30 me dan ganas de despertar a Silvia para hablar de política. A las 5, pienso: “para lo que queda para despertarse, ya ni me duermo”. Y a las 5:15: “¡¡¡¡¡Zas!!!!! un estridente ruido metálico se escucha en toda la casa y hace eco en las paredes y en mi cerebro. Después, un silencio mortecino y acto seguido mi corazón bota contra mi pecho. Me pongo las pantuflas, benditas pantuflas. Bajo las escaleras a tientas y con la respiración ensanchando los orificios nasales enciendo la luz de la cocina. Miro al fondo y allí está el armario cerrado, ataúd de ratón. Me acerco, palpo con temor y abro la puerta con calma y estoy preparado y dispuesto a cerrarla y salir corriendo de allí en cualquier momento.
Allí está, “¡Se han comido el queso, ha saltado la puta trampa y no ha pillado ni a un ratón!”. Silvia se despertó y desde la lejanía del dormitorio me preguntó que qué pasaba. “Nada, nada duérmete, que me he levantado a beber agua….” respondí con la mirada escrutando el suelo. La situación empieza a dar vergüenza hasta contarla.
El día siguiente fue terrible, los ojos se me cerraban y no sé si ese día lo viví o lo soñé. La temible noche llegó. Me empecé a resignar, ya no se trataba de matar ratones con las trampas sino de alimentarlos y hacerlos cada vez más gordos para que las arterias les reventaran hartas de colesterol. Quizá la alternativa estaba en comprar no trampas más potentes sino quesos más consistentes y grasientos. Estaba empezando a perder el juicio, los ratones también estaban ganando la batalla sicológica.
Cuarta noche de trampas y cuarta noche de fiesta para los ratones, a la mañana siguiente me pareció ver incluso más cagaditas de lo habitual, deduje que la noche anterior los ratones de siempre habían tenido compañía… “Como esa compañía haya sido femenina…, seguro que hay descendencia porque con los ágapes que ofrecemos en esta casa se tienen que sentir muy alagadas y proclives al amor” pensé con resignación.