“Las ratoneras se tienen que colocar en una esquina para que no puedan coger la comida y escaparse” nos dijo un paisano.
Cambié la táctica. Era sábado, situé una de las trampas en un rincón de la cocina y dejé la puerta del armario abierta. Me fui al salón y me puse a leer sin respirar para no hacer ruido, procurando no morir por falta de aire.
A la hora ¡zas!. Levanté la vista del libro y cargué de aire mis pulmones, el color amoratado de mi cara desapareció paulatinamente. Me levanté y acudí a la cocina con pasos cautos.
“¡Lo he pillado, lo he pillado!” exclamé. Comencé a dar paseos nerviosos por la cocina sin saber muy bien qué hacer, me mordí el puño, quise llamar por teléfono a alguien… al final, me acerqué tembloroso al entramado. Un ratoncillo suave de color rojizo estaba bajo la barra de metal de la trampa. Tenía una larga cola y sus ojos abiertos parecían mirarme con ternura. Estaba muerto.“Joder, que cara más salada que tiene” pensé casi entre sollozos. “¡Dios, que crueles somos los humanos, joder!” me lamenté.Con mucha tristeza cogí la trampa, libere la barra y agarré el cuerpo inerte del ratoncillo y lo dejé descansar solemnemente en el jardín al lado de un árbol. Al rato, cuando volví a salir, el cuerpo ya no estaba. Posiblemente algún pájaro malvado se lo llevo.Hablé con el paisano que me recomendó poner las trampas en los rincones y me dijo:“El primero es el más duro, ahora será más fácil”.Y, efectivamente, a partir del primero maté cuatro más y me quedaba un quinto.