Marzo 17, 2008...6:36 am

Mr. X Inquilino 1/2

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Mr. X vivió cuatro hermosos años en Kentucky, así que se le supone que el conocimiento le besó con lengua para hacerle todo un experto en menesteres tales como la compra de coches, el dominio de la cultura anglosajona y el saber alquilar una vivienda entre otras cosas. No obstante, parece que cuando Mr. X recibió el ósculo, debía estar pensando en sus cosas…

Después de esos cuatro años de infructuosa búsqueda del sentido común, Mr. X se marchó a España durante dos años. Después de esos dos años retomó su aventura estadounidense. Esta vez, las circunstancias le llevaron a una escuela en Carolina del Norte. En esa escuela duró un año, el tiempo que tardó en ser despedido (esto es otro capítulo). De ahí se mudó a otra escuela también en Carolina del Norte y se puso a buscar alojamiento.

 El pueblo donde estaba la nueva escuela de Mr. X era un pueblo deprimido; había sido un asentamiento boyante en los años 70 debido a la multitud de factorías que daban trabajo en la zona, pero paulatinamente el fenómeno de las sombras chinescas precipitó que esas fábricas se cerraran debido a su alto coste y dejarán tras de sí, cochambres de cemento desarmado pintado con spray aerosol y una población segregada económicamente y distanciada racialmente.

Mr. X buscó alojamiento y eligió como morada un apartamento.

 El apartamento estaba ubicado en uno de los peores barrios de la zona, pero el alquiler era sólo de 350 dólares al mes así que Mr. X se mudó con premura y rápidamente se convirtió en el protagonista absoluto del barrio por dos motivos:

1 Su coche era un Mitshubishi amarillo chillón.

2 Era el único blanco de todo el vecindario.

El apartamento se ubicaba en un edificio ruinoso lleno de pintadas. El apartamento de Mr. X estaba situado en el sótano, de hecho, para acceder a él tenía que bajar unas escaleras y apartar todos los papeles y restos de hamburgueserías que llevadas por el viento se reunían en el descansillo de Mr. X a charlar quizá sobre el tiempo.

 Su casa no era apta para hipertensos, nada más entrar el olor y la lugubricidad hacían que tu corazón comenzara a sonar al ritmo de “Carmina Burana”, como cuando ves una película de terror e intuyes que en cualquier momento el tío del hacha va a aparecer.

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