Ser español y querer aprender a hablar inglés es jodido. No sé que pasa, pero nuestra lengua intenta ir por libre cada vez que pretendemos manipularla para que se adapte a la nueva pronunciación. Oír hablar a chavales alemanes, suecos, holandeses, noruegos… en inglés es algo increíble, te encantaría saber qué clase de formación han recibido para llegar a esos niveles de fluidez. La primera vez que hablé en inglés fue en Londres. Llevaba bajo la tapa del craneo marcados a fuego 4 años de inglés del instituto y 3 del colegio y de repente, un tío me dijo “Thank you” y me quedé con cara pasmao porque no sabía decir “de nada”.
Hablarlo es difícil, entenderlo cuando se habla en la BBC es bastante más sencillo, entenderlo cuando te habla un paisano de Nueva York con chicle en la boca es algo más difícil, pero entenderlo cuando te lo habla un kentuckiano de las montañas al que le falta en 80% de la dentadura es algo casi imposible. En el primer año de estancia en Kentucky tuvimos que agudizar muchísimo el oído y abstraer el cerebro de cualquier otro pensamiento para conseguir entender a los oriundos.
Al principio, con el afán de no parecer tonto, muchas veces jugaba al espejo con las personas extrañas con las que hablaba en inglés y no entendía demasiado, es decir, que si alguien me estaba contando algo y se reía, pues yo me reía y respondía “It’s very funny”. Si por el contrario la persona ponía cara triste, yo agitaba la cabeza negativamente y soltaba: “Oh man! That’s really bad” o si lo que hacía eran grandes aspavientos y no tenía claro de qué iba el rollo respondía con el neutro: “Uhhhh, I can’t believe it!”.
Nuestro primer alojamiento aquí fue un apartamento. Teníamos un vecino auténtico de Kentucky, que parecía recién bajado de las montañas. Barba descuidada, gorra de béisbol enrroscada, vaqueros y camiseta de Harley Davidson. El tío cuando hablaba era como si se inventara el inglés, era casi imposible entenderle nada de lo que decía. Una vez, salí al porche de los apartamentos a succionar un Marlboro y allí estaba Johnny con su tabaco de mascar de la marca Grizzly. Silvia salió conmigo y le saludamos. El tío se acercó y comenzó a hablar con nosotros sobre el tiempo, hasta ahí todo bien. Acto seguido comenzó a hablar de otro tema pero con la misma expresión en su cara que cuando hablaba del tiempo. “Yes, yes” respondí cortésmente. Miré a Silvia y ella tenía la misma cara de interrogación que yo. El tío siguió hablando y hablando, pero sin matizar gesto alguno que fuera sintomático de lo que estaba diciendo. Sólo hablaba y hablaba. Hizo un amago de risa y esa fue la pista que yo estaba esperando. Comencé a sonreír de manera cómplice y de vez en cuando soltaba algún: “Oh man! That’s good!!” o “That’s funny!!”. Así, hasta que el tío nos contó su historia y se volvió a su apartamento.Cuando regresamos Silvia y yo a casa, Silvia estaba pálida. Enseguida comprendí la situación y le pregunté acongojado:“A ver, ¿qué estaba contando el tío mientras yo me reía?”Y Silvia, abochornada respondió “No he entendido todo, pero estaba dando detalles de cómo murió su padre”.