Abril 8, 2008...12:05 pm

Yosemite 1/3

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Hace una semana que el blog no habla, aunque en silencio se ha estado alimentando con las experiencias de su ventrílocuo.

David (www.operacionpollofrito.com), María, Elena, Sagrario, Natalia, Silvia y yo hemos puesto pies en el desierto de Mojave, el asfalto de San Francisco, la moqueta de Las Vegas, la piedra del Grand Canyon y la nieve de Yosemite.

Comenzaré por Yosemite, que no ha sido lo primero que hemos hecho pero para mi ha sido lo más especial.

 

A tres horas y media de San Francisco y entre montañas y bosques de copas que cosquillean nubes se encuentra el parque natural de Yosemite. Su estandarte son las secuoyas, majestuosos y longevos árboles que durante miles de años han visto pasar por la historia a ilustres personajes que conquistaron reinos, crearon mapas o combinaron continentes pero que jamás vencieron al tiempo, virtud reservada a la señora de la naturaleza que resiste a plagas e incendios y que coqueta, sigue recibiendo miradas de admiración incluso en su vejez.

 

El viernes de madrugada arrancamos la furgoneta de alquiler y dejamos el Hostal donde habíamos estado alojados en San Francisco. Carretera y manta de sueño. Millas y millas. La naturaleza nace donde muere la urbe. El amanecer fue creciendo en la ventana de la van y nuestra sonrisa iba en aumento proporcionalmente a los paisajes que la mañana iluminaba. Steve Earle cantaba al oído y la ilusión poco a poco desheredó al sueño.

Llegamos a Yosemite y un “Ranger” nos cobró 20 ridículos dólares por la entrada al paraíso: “Si te damos 20 dólares más, ¿podremos tomar un café con Dios?” pensé con sorna.

 

David era como un niño que va a un parque de atracciones por primera vez. A cada curva distribuía exclamaciones de admiración ante la magnificencia de la naturaleza. Paramos la furgoneta al lado de una cascada envuelta en un bosque de pinos y el agua que caía e instalaba una capa de rocío sobre nosotros nos adoptó como parte del entorno natural. Nuestro dedo índice proclamó su independencia del resto del cuerpo y mecánicamente y sin descanso apretaba el disparador de la cámara de fotos para grabar a fuego en la memoria los recuerdos que el alma ya había sentenciado a la inmortalidad.

 

 

 

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