Abril 9, 2008...5:36 am

Yosemite 2/3

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Tras esa parada, la siguiente. En la falda de una montaña comenzamos una leve ruta por un sendero que atravesaba un pinar y que aparentemente llevaba a la culminación de otra cascada, aunque detuvimos nuestra marcha a la mitad sólo para sentarnos en el suelo y permanecer en silencio, asimilando que nuestro ego es tan sólo un ridículo e insignificante espantapájaros en el jardín del edén.

 

Acudimos hambrientos al semi-centro comercial que paradójicamente se yergue en medio del parque y compramos el embutido necesario para contrastar el color blanco del pan de sándwich. Comimos escoltados por ardillas y después de pasar por la tienda y comprar diferentes  “Yo estuve aquí” pusimos rumbo a las secuoyas.

 

Silvia agarró el volante y se fundió con el Toyota, siendo ambos un sólo ser. Virajes cerrados y abiertos por el perfil sinuoso a la par que montañoso. Precipicio a la derecha camuflado de árboles y sensación de libertad.

Después de varios intentos, conseguimos encontrar uno de los lugares donde había secuoyas. Echamos el freno de mano frente a una señal que anunciaba que la carretera estaba cortada en ese punto por la nieve. Dos millas a pie nos separaban de las secuoyas. Cada uno de los expedicionarios cogimos un palo que anteriores caminantes habían retornado al inicio del camino. Con la voluntad de la inconsciencia cogimos la silla de ruedas y sentamos a María en ella, mermada en sus facultades por una inoportuna caída mientras esquiaba dos semanas atrás. Encorvando la espalda y agarrando con fuerza los mangos de la silla de ruedas nos cruzamos con una familia que David identificó como británica.

-“La parte de arriba está totalmente cubierta de nieve. Va a ser imposible que paséis con la silla de ruedas”, nos avisaron amablemente.

Volvimos sobre nuestros pasos y no tuvimos más opción que dejar a María sola en el aparcamiento.

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