Abril 11, 2008...6:16 am

Yosemite 3/3

Saltar a Comentarios

Después de 45 minutos de camino cuesta arriba por una carretera con tramos cubiertos por una capa de 10 centímetros de nieve y varias paradas achacables a la contemplación de la vista aunque en realidad relativas al cansancio imperante por mi parte, llegamos al jardín de las secuoyas.

 

El anochecer próximo, la nieve y la carretera cortada nos dieron la oportunidad de ser de los pocos que acudimos ese día a ver las secuoyas. Apenas si nos cruzamos con unas diez personas en todo el trayecto y cuando llegamos arriba sólo vimos a una pareja de valerosos ancianos que pesadamente caminaban sobre la nieve.

La secuoya es un árbol impresionante. Su tacto, hueco y suave, recuerda al corcho. Puede vivir miles de años gracias a unas características especiales que le hacen inmune a la mayoría de las plagas y puede superar incendios. El diámetro de su tronco puede llegar a ser tan grande que incluso en algunas secuoyas se han hecho túneles que las atraviesan. Sus raíces, a pesar de lo que pueda parecer, no son excesivamente grandes. Suelen medir entorno a los dos metros como mucho con la característica especial de que son rectas para agarrarse con fuerza a la tierra. Y lo más importante de todo, según declaraciones de Silvia: “Si una persona se hace una foto pegado a su tronco, parece una hormiga”.

Una vez fotografiados comenzamos una caminata de secuoya en secuoya, con la adrenalina llamando a la puerta avisándonos de que estábamos solos, de que se estaba haciendo de noche y de que otra de las características de Yosemite es que está poblada por osos negros.

Comenzamos el camino de vuelta y nos cruzamos con tres japoneses y un muchacho que eran los últimos en subir. Después de una interminable vuelta a paso ligero llegamos al aparcamiento acompañados de los últimos rayos de luz del día y devolvimos el palo a su lugar de origen, valioso legado para futuros expedicionarios.

María se había perdido las secuoyas, sí. Pero cuando estaba esperando en soledad en el parque vio algo excepcional: tres zorros que merodeaban por las papeleras del aparcamiento en busca de comida.

Escribe un comentario