Abril 21, 2008...5:42 am

Esas decisiones estúpidas 3/3

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Nuestra alternativa estaba en Conéctica. Allí teníamos a nuestro amigo Rafa estudiando en la universidad y estaba relativamente cerca de nuestro punto de desesperación. Llamamos y nos ofreció gustoso su habitación. Con los dedos cruzados y bajo una nevaba de impresión nos metimos en la autovía. El coche seguía igual, por más que le pisaba no conseguía que pasara de las 35 millas por hora. Después de una agónica lucha contra las circunstancias meteorológicas adversas y contra las condiciones mecánicas adversas llegamos sanos y salvos al edificio dentro del Campus donde Rafa tenía su pequeña habitación.

Comimos, nos desahogamos, reímos y por fin encontramos la paz después de que la maldita espada damocliana se nos hubiera clavado con saña.

Silvia durmió en la cama como una reina y Rafa y yo en el suelo como pajes de una corte menor, aunque esa ha sido una de las noches en las que más he descansado en mi vida.

A la mañana siguiente nos levantamos y la vista tras la ventana era la falta de inspiración del poeta, un folio en blanco. Salimos a la calle y la nieve nos llegaba por encima de la rodilla (a Silvia por el muslo). Fuimos a ver a nuestro coche y estaba sepultado en el aparcamiento bajo una montaña de nieve. La carretera reclamaba trineos más que coches, pero aún así, persistí en mi idea de llevarle al escocés el coche para que lo reparara. Retiré la nieve y me monté en el coche. Por más que lo intenté no conseguí arrancarlo, en contraposición a la 9ª sinfonía del día anterior el coche sólo emitió un leve murmullo, bello y significativo: “Adolezco, peno y muero”.

Llamamos al escocés. Explicamos la situación y le exigimos la devolución de nuestro dinero. Accedió y nos dijo que le lleváramos el coche al día siguiente con grúa.

Ese día conocimos a fondo la universidad y la hospitalidad de Rafa palió la situación difícil en la que estábamos embargados. Compramos dos billetes de avión por Internet y seguimos disfrutando de las posibilidades que ofrecía el inmenso Campus.

A la mañana siguiente nos levantamos y llamamos a la grúa. Después de limpiar la nieve, engancharon el coche. Abrazamos a Rafa con sinceridad y subimos al camión con el conductor de la grúa. Dos horas después estábamos entrando en el pueblo del escocés. Íbamos preocupados porque sabíamos que el coche no tenía garantía y el tío no tenía por qué devolvernos el dinero y aún no sabíamos si el escocés le daba al güisqui auténtico o al falso de imitación.

Llegamos, y allí estaba el escocés. El tipo nos dijo con total sinceridad que aquella noche apenas pudo dormir pensando en nosotros, que estaba preocupado por lo que nos hubiera podido pasar y dijo que se arrepentía de no habernos ofrecido su propia casa para dormir. Nos devolvió el dinero del coche y pagó de su bolsillo los 200 dólares que había costado la grúa.

Me quedé sin coche, mi altivez recibió un revés y me sentí orgulloso de pertenecer a la misma especie que el escocés de Boston.

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