Mayo 6, 2008...10:51 am

Grand Canyon

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Vimos el Grand Canyon por primera vez desde el avión. Un cielo sin nubes fue el mejor marco para apreciar en toda su grandeza la enorme falla. Ríos y ríos de abismo. Era un inmerso rayo grabado a tierra en la superficie.

Llegamos al aeropuerto de Las Vegas y montamos en la furgoneta de alquiler para conducir cuatro horas al Cañón. De camino paramos en un pueblo llamado Chloride, que fue la gran sorpresa del viaje junto a Cálico, el pueblo fantasma. En Chloride hablamos español con una estadounidense enamorada de México que había pasado grandes temporadas en el D.F. y parecía medio Chilanga. Nos habló de su pueblo, de su historia y de los sitios por ver. Entre ellos la antigua cárcel y la mina. La cárcel fue la antesala que el destino nos tenía reservada antes de visitar en ferry Alcatraz. Después en busca de la mina, entramos en propiedad privada y un energúmeno salió echando pestes por la boca y seguramente dispuesto a lanzarnos dos balazos si le hubieras contestado mal.

Continuamos camino al Cañón y heroicamente Silvia condujo la furgoneta sin dormirse hasta el destino. Dormimos todos los que íbamos en una habitación y a la mañana siguiente nos levantamos pronto para aprovechar el día.

El Cañón te atonta. “¡Qué pequeño es el ser humano!”, piensas. Es uno de esos sitios donde cualquier palabra es superflua. Caminamos por la ruta sencilla que bordea el Cañón por la parte Sur. Nos paramos mil veces en el borde de la roca y nos sentamos a respirar el aire de lo imperecedero. Hacía algo de frío, que sin ser excesivo sí fue suficiente para que ese día no hubiera mucha gente de visita. 

 ¡Qué silencio! ¡Qué paz!

Tu mente vuela y condicionada con los mitos creados por John Ford o Sergio Leone, puedes imaginarte a los indios galopando por el Cañón persiguiendo a enormes bisontes, o acampados en tippees,  en la parte inferior del Cañón al lado del río Colorado.

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