La ciudad de Seattle es la prima friolera de San Francisco.
Después de dos agotadores vuelos que nos llevaron de Louisville a Chicago y de Chicago a la ciudad de Kurt Cobain nos alojamos en un Skyway Inn, motel próximo al aeropuerto de aspecto sucio y regentado por una familia india. La matrona era una mujer de unos 45 años de rasgos duros pero agradables, piel oscura y mirada analítica, posiblemente forjada con los años a base de haber sido atracada en varias ocasiones.
Le preguntamos por un buen restaurante donde saciar el hambre y nos recomendó un Denny´s, que es algo así como si vas a comer a Móstoles y te metes en Casa Paco. El Hogar de la Cucaracha. Definitivamente encontramos un sabroso mexicano y tratamos de tú al buen hacer en la cocina.
A la mañana siguiente abrí los ojos, miré por la ventana y un sol radiante me pidió tras ella que le siguiera. Me levanté, me lavé los dientes, envié un telegrama líquido a los ríos de Seattle, me vestí y cuando estaba a punto de salir por la puerta me percaté de que el reloj marcaba las 5:10 de la mañana. En Seattle y en verano, la luna tiene vacaciones.
Por International Boulevard puse a rodar al Nissan Versa de alquiler en busca del horizonte, patrón de las montañas y la naturaleza salvaje. La mayoría de los comercios, salvo las gasolineras, estaban cerrados. No obstante, pude apreciar la diferencia de negocios con respecto a Kentucky: panaderías mexicanas, kebabs turcos, lavanderías asiáticas, comestibles indios y moteles de edificios ennegrecidos. Mercados de abastos, restaurantes pintorescos y coloridos y algún que otro club.
Después de rodar unas 15 millas, los párpados empezaron a recordarme que debía tener sueño, así que di la vuelta y volví al motel. Al regresar, el sueño y el silencio seguían estando en la habitación meciendo al entorno y a mis tres compañeros de viaje, David, María y Silvia.