“El ser humano es un imbécil que de vez en cuando tiene dinero”.
Ese es el concepto base del que parten los organizadores de la Expo Zaragoza y cuyo objetivo único es el de extraérselo; no obstante, para adaptarse al mundo sinonímico de la publicidad, el marketing y la democracia camuflan sus pérfidos fines tras un tema tan dulce, salado e inane como “el del agua”. Para potenciar su mentira abanderan la exposición con un monigote sonriente, asexuado e inofensivo de nombre Fluvi, primo parental de Mickey Mouse, Pluto, Donald o su puta madre.
Ya desde el aparcamiento, el oscuro capitalismo enmascarado muestra sus dientes: Un señor sonriente que cobra cinco euros la hora te indica el camino que tienes que seguir para alimentar a la “máquina tragaperras que nunca da premio” para poder aparcar tu coche. Ya has pagado 12 euros incluso cuando aún tus piernas no se han desentumecido del viaje y el motor del coche sigue caliente reposando en un arenal notablemente desorganizado.
Sobre el teleférico cruzas el Ebro y a lo lejos ves La Catedral del Pilar. Zaragoza exhibe su ombligo y te seduce.
Llegas a las taquillas y una señora con un diente de oro te reclama 37,50 euros por día para cruzar los tornos de la Expo. Traducirlo a pesetas supone 6,150, así que es preferible pensar la cantidad en euros.
El polícia cancerbero de los arcos-detecta-metales te saluda con cortesía. “Algo falla” piensas instintivamente. Una legión de voluntarios te recibe a la entrada con sonrisa sincera y sin cobrar nada. Son lo más puro del parque. Salieron de todos los rincones de la ciudad al grito de: “Vamos a hacer que Zaragoza y por ende Aragón sean mejores” y sin querer caer en la cuenta de que su sueldo es una parte más de los beneficios de los organizadores salieron en tropel para dar una lección de ética “a esa minoría absorvedinero” sin querer caer en la cuenta tampoco de que esa minoría no tiene ética.