En Anchorage dormimos en un motel a precio de saldo con dos prostitutas por cariátides en la puerta. Dos colchones altivos hundidos sobre somieres de muelles quejicosos que se hacían llamar camas, dieron la bienvenida a lo que a la mañana siguiente serían nuestros doloridos huesos. El aire acondicionado estaba condicionado por el grado de apertura de las ventanas y los flecos de la moqueta parecían los pegajosos tentáculos de un pulpo, pero al fin y al cabo estábamos en Alaska.
A la mañana siguiente recompusimos huesos y salimos dirección al sur. Tomamos una carretera que bordeaba el mar, atravesaba montañas y componía sueños y después de besarnos en cada farola llegamos a Seward. Cumplimos ese trayecto de dos horas en seis. En Seward nos alojamos en un motel de aspecto exterior cuidado e interior limpio. Reímos, cenamos, dormimos. El sol que nos despidió por la noche nos despertó por la mañana.
Condujimos y llegamos a una cabaña enorme junto a la mar, habilitada como tienda de regalos y famosa por su alquiler de kayaks.
“¿Queréis alquilar el kayak con guía o sin guía?”, nos preguntó una señora sexagenaria, alemana y de presencia solemne.
“Con guía” respondimos titubeantes.
Llamó por teléfono y nos obsequió con 10 minutos de recreo hasta que el guía hiciera los preparativos para la expedición. Curioseamos la tienda y leímos folletos turísticos hasta que la puerta se abrió.