Con 6 años recién cumplidos no sabía leer ni escribir; la palabra “escuela” era más infrecuente en su vocabulario que la palabra “cerveza”. Su padrastro bebía y soñaba una vida mejor, pero cada vez que la realidad invadía su parte etílica, las manos curtidas del padrastro deslizaban la correa afuera del pantalón y las espaldas del niño y de la madre enrojecían de vergüenza. Lágrimas sólo de sangre, porque el niño ya era un niño de la calle donde no caben ni llantos ni caricias.
Vivía en una casa abandonada junto a su madre, el último novio de la madre, la abuela, el último novio de la abuela y sus dos hermanos. Su madre no hablaba inglés, no sabía escribir y ni siquiera firmar y cuando dio a luz a su última hija, los del registro bautizaron a la niña por su cuenta ante la falta de entendimiento con la familia y la niña se llama a efectos legales “Baby Girl”, aunque en su casa se refieren a ella como Marisol.
La casa donde vivía el niño era un manantial insalubre de enfermedades. Techos desvencijados en los que el agua de lluvia encontraba caminos para convertirse en gotera y ser el humedal perfecto para varias especies de hongos, suelos tristes y grises que un día fueron espejo de amaneceres, tuberías oxidadas y cortantes y paredes que tenían en su memoria los acontecimientos históricos que la televisión fue narrando al compás del paso del tiempo: Rosa Parks sentada en la parte delantera del autobús, Kennedy expirando en las manos de su esposa, niños-soldado muriendo en Vietnam y amortajados con la bandera estadounidense, los Beatles con flequillo y sin flequillo, minifaldas evolucionando hasta que el corte de la tela se ha hermanado con el ombligo y muchos, muchos, muchos anuncios.
El niño, ajeno a peligros, disciplina y ética sólo estaba supeditado a las horas en las que el padrastro estuviera en casa. Mientras tanto, corría e imaginaba que era un pájaro que volaba a su antojo por el infinito cielo del salón, donde las tuberías eran las ramas de frondosos robles en los que el ave que un día será fénix se posaba majestuosa, las paredes eran montañas a sobrevolar que el niño rozaba con la yema de los dedos, el escaso mobiliario se convertia en objetos a esquivar haciendo acrobacias y los restos de plomo que las paredes desprendían eran un suculento manjar que llevarse a la boca.
4 comentarios
Septiembre 4, 2008 a las 6:33 am
Precioso. Nadie hasta ahora había descrito con tanta belleza y a los capullos faltos de disciplina y ética que se sentaban en mi clase.
A mí, por ejemplo, me costaba describirlos sin caer en un delito continuado de injurias.
Es que los políticos, al contrario que la buena gente, carecemos un poco de sensibilidad social.
Ahora me doy cuenta que cuando llegaban al insti, antes habían pasado por esto que cuentas, y veo que no todo lo malo era culpa suya.
Gracias Luis.
Septiembre 4, 2008 a las 6:50 am
Gracias Político Exkentuckiano por leerme.
Es durísimo vivir situaciones así de cerca y tener que morderte la lengua para no decir lo que piensas a los padres. Es una pena que ciertas criaturas partan con desventaja en su crecimiento porque tienen padres que no merecen estar capacitados biológicamente para tener hijos.
Septiembre 4, 2008 a las 9:08 am
Es cierto, pero la verdad es que yo, cuando los tenía delante, no me paraba a pensar que la culpa de que fueran “malos” no era totalmente de ellos.
Por eso digo que lo que destaca del post (y del anterior también) es la sensibilidad que derrocha.
Por cierto, puedes tutearme, me llamo Cecil (pronúnciese /SI S3:L/ ).
Un abrazo
Septiembre 4, 2008 a las 9:41 am
Je, je. Ya sabía que eras Cecil, pero quise dejarte la puerta del anonimato abierta para que decidieras.
¡Gracias por tus comentarios, le dan sentido al blog!