Septiembre 22, 2008...9:00 pm

El Secuestro 1/2

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     Jorge tenía 10 humildes años cuando llegó a la escuela. El pelo negro, ensortijado y descuidado, ropas viejas y quizá sucias y la mirada avispada de los niños-hombres hacían presagiar conflictos escolares. Unas semanas después, la realidad dejó en evidencia a mi ignorancia. Jorge era un pequeño azteca que sin saber sabía y a pesar de su desconocimiento del inglés, de la apariencia descuidada y de la mirada del D.F. enseguida mostró madurez, inteligencia y educación. Le gustaba aprender y daba  respuesta a su falta de entendimiento cuando le hablaban en inglés con una sonrisa que alteró a la escuela convirtiéndola en un lugar mejor.

     Si soy profesional diré que considero a todos mis alumnos por igual, si soy sincero he de decir que Jorge fue uno de mis alumnos predilectos, de esos que conoces su potencial y quieres volcar en ellos todas tus habilidades para conseguir que sus virtudes no se oculten tras las inseguridades de la adolescencia. Jorge era un proyecto de gran hombre.

     Un lunes soleado e insignificante de octubre Jorge no vino a la escuela. El mundo no se paró. Al día siguiente tampoco se presentó y las normas escolares trastocaron mi rutina. Debía hablar con la madre del estudiante para saber por qué había faltado de la escuela de manera injustificada dos días. No tenía su teléfono, pero sí su lugar de trabajo, la fábrica de textiles de Kentucky.

     Aparqué el coche y entré en a la oficina. Una mujer con las gafas asomándose al precipicio de su nariz me indicó el camino de la sección donde se encontraba la señora Guadalupe, la madre de Jorge, y solicitó su presencia por la megafonía interna. Sorteé tal Teseo los pasillos laberínticos y de paredes grisáceas de la factoría hasta llegar a la Cafetería y justo al lado, tras una cristalera poblada de huellas, se abría en perspectiva una hilera de máquinas tejedoras y hombres y mujeres que mecánicamente desempeñaban alguna función en la cadena de producción. Al fondo del pasillo caminaba presurosa una figura que iba cobrando nitidez a cada paso. Era la figura de una mujer regordeta, de tez morena, que daba la impresión de tener más de 40 años pero que  posiblemente no tuviera más de 30. Abrió la puerta y me miró con tristeza.

¿Es usted la señora Guadalupe? Yo soy Luis y vengo de la escuela”, me presenté.

Y la mujer, sin más recurso emocional que la lágrima, se abrazó a mí y comenzó a llorar como si hubiera estado aguardando ese momento toda su vida.

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