Cuando se recuperó, tomó aire y agua y comenzó a hablar:
“Yo estoy separada de mi marido aunque no divorciada. El sábado llegó de México y me insistió para que volviéramos juntos de nuevo. Yo me resistí, “no más golpes, me dije” y me negué a volver a vivir con él. Aparentemente, mi marido lo aceptó y la mañana transcurrió en relativa calma. Por la tarde me dijo que se llevaba a Jorge a Lexington para comprarle un regalo por su cumpleaños y, ahora sé que estúpidamente, -dijo con amargura- accedí a que se lo llevara. Esa ha sido la última vez que sé de mi hijo.”
Tres días después volví a la fábrica en busca de Guadalupe para saber más noticias. Me dijo que había conseguido hablar con su suegra en México y le había dicho que su hijo estaba bien, que había llegado con su padre a México hacía un par de días y que se iban a quedar allí.
“Esto es un secuestro en toda regla –dije con firmeza- si quiere vamos a la policía ahora mismo y estoy seguro de que podrán hacer algo”.
“Prefiero no hacerlo”, respondió modestamente Guadalupe.
“Insisto, creo que esto no debiera quedar así. Sé que ha habido casos en los que se han cometido delitos en Estados Unidos y la justicia ha colaborado para resolverlos en otros países”.
“Quiero dejar las cosas así… al menos por ahora. Quizá vuelva a México para intentar recuperar a mi hijo o al menos estar cerca de él”, dijo Guadalupe con solemnidad.
“Pero….”, interrumpí algo irritado.
“Miré –espetó Guadalupe cortándome con severidad- es posible que si vamos a la policía, puedan recuperar a mi hijo y a mi ex-esposo lo puedan meter en la cárcel. Pero acabará saliendo, y mis padres siguen viviendo en México y por 500$ un policía puede irse a dar un paseo al otro extremo del lugar donde ocurra un suceso….”
1 comentario
Septiembre 24, 2008 a las 3:35 am
Joder, qué mal arreglo tiene esto… sólo se me ocurre, como solución, un “contrasecuestro” y eso es un delito.