Septiembre 30, 2008...1:56 pm

“¿Puedo usar su baño?”

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     Francisco era un hombre ejemplar. Mexicano, Tamaulipeco, casado, padre, sin papeles.

A las cinco de la mañana se levantaba y a las seis ya estaba subido a las estrellas. Sobre el andamio, brocha arriba y brocha abajo se ganaba el pan y la escuela de sus cuatro hijos y con las horas extras hilvanaba en oro el vestido fino que le quería regalar a Marta, su mujer,  para la celebración del decimoquinto aniversario de casados. Cuando el sol era una esfera azulona y somnolienta en lontananza, Antonio volvía a casa y con la bondad de los pobres repartía besos y abrazos a sus cuatro hijos por igual. ¿Vicios? pues sí, tomar cervezas conmigo en el descansillo de los apartamentos donde vivíamos. ¿Y la salud? de hierro, sólo una inoportuna incontinencia urinaria que le hacía ir unas 10 veces al excusado cada vez que pasábamos la tarde juntos. “¿Puedo usar su baño?” me preguntaba con educación exquisita cada vez que la vejiga le decía “¡hello!”.

      Una tarde de sábado, cuando el último casco de Budweisser hacía espeleología en el cubo de basura, Francisco me propuso acercarnos a la gasolinera a comprar un “12 de rubias”.

“Mi chingón, maneja tú carro si no te importa”, me propuso.

Y cuando íbamos descansillo abajo, un chillido estridente se oyó tras nosotros. Era el grito de Carolina, la segunda hija de Francisco que a sus tres años apenas si sabía hablar, pero ¡joder, si sabía gritar! La niña quería a su padre con locura, y cada vez que Francisco volvía de trabajar, la niña no se apartaba de él. Quería venirse con nosotros. Francisco y la disciplina eran una antítesis, así que los gritos de la niña pudieron más que los argumentos toscos y envueltos en risas que Francisco esgrimía para evitar que la criatura se uniera a nuestro club.

      Nos montamos los tres en el Nissan Sentra rojo y cuando hubimos comprado las cervezas, Antonio me propuso ir a casa de un compañero de trabajo que le tenía que devolver un dinero que le prestó.

Y sin hacer preguntas conduje hasta llegar a la zona más deprimida del pueblo donde vivíamos, aparqué el coche al lado de un tráiler y Francisco me pidió que apagara las luces y que le esperara, que no tardaría demasiado. Y allí estaba yo, con cara de tonto y con una niña de tres años montada en la parte trasera de mi coche. Diez minutos después, Francisco volvió, regresamos a casa y nos tomamos las cervezas entre risas y bromas. Nunca volvimos a hablar sobre lo que paso ese día.

      Seis meses después, cuando ya apenas si nos veíamos, Francisco fue detenido por tráfico de drogas y súbitamente comprendí que, cuando venía a mi casa, no era cierto que Francisco padeciera incontinencia urinaria.

4 comentarios

  • ¡Mal pensado!
    Quizá el pobre hombre cenaba alubias cada vez que iba a tu casa. Quizá le acompañaste al hogar de un compañero que tenía que devolverle un juego de la “PlayStation”, quizá le encarcelaron por un delito que no había cometido… (como al Equipo A).
    Quizá…
    ¿Esa foto es de las Smoky? ¿del Natural?

  • Hombre, no se te escapa una Dave. La foto es de las Smoky en Tennessee, pero la he intentado hacer pasar por un paisaje kentuckiano. En mi defensa he de decir que caminos asi se ven tambien en Kentucky.

  • Político Exkentuckiano

    Estoooo ¿se llamaba Paco o Toño?

    Fuera de bromas, desde luego, mira que no repartir beneficios…

  • Pongamos que se llamaba Francisco…


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