Todos los años un día a finales de octubre, la escuela donde trabajo habla español. Entre todos decoramos el gimnasio con guinardas y cadenetas, algunas incluso caseras, y farolillos multicolores. Los padres rebuscan en sus casas y como oro en paño traen a la escuela para ese día objetos que pudieron empacar en sus maletas cuando entre despedidas decidieron ser emigrantes. Con esos objetos formamos un museo, donde solemnes, posan paños, charolas de Guanajuato, vestidos hechos con fibra de maguey, rebosos, molcajetes tallados de la piedra maciza, guitarras de Chililico, pirindolas fabricadas a mano en Tamaulipas, charritos de Oaxaca o abanicos de Córdoba.
Un exposición fotográfica adorna y enriquece las paredes del gimnasio. Los padres extraen de sus álbumes familiares momentos al sol en una plaza en la ciudad de Victoria, opíparas comidas familiares en un restaurante de Chihuahua, risas y limonada frente a la Laguna de Acahualinca en Managua, tarde de cine y música en las fiestas de Durango, comunión de una sobrina en Huacho, Lima, besos de los abuelos en una barriada de Hidalgo o baños paradisíacos en Acapulco.
Durante varias semanas padres y personal de la escuela dejan que el recuerdo se transforme en palabra y lo comparten en el libro que se publica anualmente y que habla de las impresiones, cultura y sentimiento de la comunidad hispana y anglosajona. Como muestra, un botón escrito por una de las madres:
“…Yo pienso que el motivo por el que todos los mexicanos hemos emigrado aquí a los Estados Unidos es porque buscamos un futuro mejor para nuestra familia ya que aquí vemos un progreso mejor en cuanto a educación y trabajo, que creo que es lo más importante.
Creo también que hemos tenido que dejar a nuestras familias en nuestros países y esto es muy doloroso para nosotros pero, aquí nos brindan otra vida mejor para nuestros hijos y creo que estamos logrando muchos avances en este país que nos ha abierto las puertas. Aunque algunos americanos nos ven feo, pues ni modo, también comprendemos que nos somos de aquí pero aun así le damos las gracias a Dios y a Estados Unidos por acogernos aquí. Pienso también que nosotros no les quitamos nada, ya que nada más venimos aquí a trabajar. ¡Ojalá que algún día nos quieran mucho los americanos!…”
Ese día las familias se ponen el delantal y perfuman el gimnasio con comidas de aromas que te hacen retroceder en el tiempo, a ese momento preciso en el que llegabas de la escuela y tu mamá te adulaba con un plato de comida casera que devorabas absorto en tus pensamientos de niño. Tamales dulces, Chiles rellenos, Pozole, Gorditas, Arepas, Tamales de puerco y pollo, Enchiladas, Tortilla de patatas, Tinga, Tacos dorados, Pollo en chile guajillo, Flauta de guacamole, Torta de elote, Chalupas, Nopalitos, Ceviche, Tacos al Pastor, jícama con pique, limón y sal, Menudo…. Son sólo un ejemplo de todo lo que ese día se cuece en el gimnasio de la escuela.
Además este año, una discjockey profesional y una banda de mariachis han puesto la banda sonora a lo que en unos meses, con el recuerdo, será felicidad.
Y para la parte más desagradable, la de limpiar, ahí estuvieron Rodrigo, Jordan, www.operacionpollofrito.com y Silvia, siempre Silvia.
2 comentarios
Octubre 24, 2008 a las 1:05 pm
Es una utopia pensar que un día existirá un mundo sin fronteras porque estamos ante el ocaso de este mundo, mientras tanto como os poneis..Ummm…rico,rico!
Octubre 24, 2008 a las 4:39 pm
No hubo parte “desagradable”. Disfruté mucho con la compañía y con los deliciosos platos que probamos mientras escuchabamos a los mariachis.
Ya estoy deseando que llegue el año que viene para repetir.