Octubre 29, 2008...11:48 am

El buen padre

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     Jonás era un hombre recto, circunspecto, de misa de 12. Trabajaba en un rancho de sol a sol y el sudor de su frente y sus huesos molidos se transformaban por arte de magia, la perra magia del ser humano, en alimentos para sus hijos y su Carmen.

 

Carmen se pasaba las mañanas limpiando con destreza el tráiler donde vivían, perfumándolo con los olores de comidas que olían a antaño y curando y cuidando los moratones que tenía repartidos aleatoriamente por todo su cuerpo.

 

Los niños llegaban de la escuela y entraban como torbellinos en el salón de la casa, radiantes de ilusión deseosos de contar a la madre las peripecias del día, hambrientos y sedientos de televisión.

 

El sol adormecía el día y Carmen perdía la vista y la juventud cosiendo mantelitos para casas bien. Los niños apuraban sus últimas gotas de energía terminando afanosamente las tareas que les mandaron de la escuela temerosos porque la armonía estaba a punto de hacerse añicos, cuando el ogro de las 15 cervezas entraba por la puerta exigiendo mandados imposibles.

 

Carmen y Jonás vinieron a visitarme para conocer la evolución de sus hijos en la escuela. Jonás me miró a los ojos con la sobriedad de los hombres ejemplares exentos de todo pecado, y me dijo: “Yo quiero lo mejor para mis hijos. Quiero que tengan una buena educación y en casa procuro ayudarles. Les reviso las tareas, les corrijo… y cuando mi mujer y yo discutimos y tengo que golpearla, ¡les digo que se vayan a su cuarto para que no estén delante!”.

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