Jonás era un hombre recto, circunspecto, de misa de 12. Trabajaba en un rancho de sol a sol y el sudor de su frente y sus huesos molidos se transformaban por arte de magia, la perra magia del ser humano, en alimentos para sus hijos y su Carmen.
Carmen se pasaba las mañanas limpiando con destreza el tráiler donde vivían, perfumándolo con los olores de comidas que olían a antaño y curando y cuidando los moratones que tenía repartidos aleatoriamente por todo su cuerpo.
Los niños llegaban de la escuela y entraban como torbellinos en el salón de la casa, radiantes de ilusión deseosos de contar a la madre las peripecias del día, hambrientos y sedientos de televisión.
El sol adormecía el día y Carmen perdía la vista y la juventud cosiendo mantelitos para casas bien. Los niños apuraban sus últimas gotas de energía terminando afanosamente las tareas que les mandaron de la escuela temerosos porque la armonía estaba a punto de hacerse añicos, cuando el ogro de las 15 cervezas entraba por la puerta exigiendo mandados imposibles.
Carmen y Jonás vinieron a visitarme para conocer la evolución de sus hijos en la escuela. Jonás me miró a los ojos con la sobriedad de los hombres ejemplares exentos de todo pecado, y me dijo: “Yo quiero lo mejor para mis hijos. Quiero que tengan una buena educación y en casa procuro ayudarles. Les reviso las tareas, les corrijo… y cuando mi mujer y yo discutimos y tengo que golpearla, ¡les digo que se vayan a su cuarto para que no estén delante!”.
2 comentarios
Octubre 30, 2008 a las 3:49 am
Así da gusto, qué padrazo.
Uf.
OLI I7O
Octubre 30, 2008 a las 9:00 am
Muchos respetan y justifican a estos tipos, forman parte de esta “maravillosa sociedad”.