Marisela se sentó en su pupitre. A su alrededor niños obesos, electricidad, agua de grifo, perritos calientes, bebidas frías, baños, baños de chicas…. Marisela tenía la impresión de estar soñando, pero la sensación de bienestar que le provocaba en su piel el agua caliente, le hacía creer que el sueño no era otro que lo que había sucedido en su vida anterior.
Marisela y su familia vivían en un recóndito punto de Arcelia en el Estado de Guerrero, México. Su familia daba número a la estadística gubernamental que databa en unos 500 el número de indígenas que poblaban aquella zona. No obstante, los indígenas se afanaban más en encontrar alimento y cobijo que en buscar una oficina censal cada vez que un nuevo retoño veía la luz, así que, el número de familias posiblemente fuera mucho mayor que los que decían esos helados papeles llenos de tinta con forma de número.
Dos idiomas eclipsaban a la impostura del español: el Náhuatl y la lengua con la que la familia de Marisela hablaba de sentimientos, el Otomí.
Las cosas no iban bien: malas cosechas por lo que hambrunas, ayudas gubernamentales insuficientes o nulas, falta de escuelas, enfermedad…. y las malditas palabras de Ceferino, tío de Marisela, que al padre le martilleaban dentro de la cabeza y le mostraron el camino de esa enfermedad moderna que es el insomnio: “En América hay trabajo para todos y escuelas para los niños”.
Nunca antes habían salido de su Arcelia, pero con la osadía de la ignorancia atravesaron Michoacán y medio México en busca del primo del amigo del tío del cuñado de Ceferino que hacía de coyote en la frontera y a cambio de todos sus ahorros les cruzó la línea que en el mapa separa México de Estados Unidos, la desidia de la esperanza.
Con la referencia difusa de un pariente lejano llegaron a Paris en Kentucky y estuvieron unas semanas viviendo con él. Trabajo en los campos de tabaco y escuela para Marisela. Ceferino no mentía.
No tenían ropa, por lo que la comunidad lanzó el rumor y comenzaron a llegarles bolsas y bolsas de pantalones, camisetas, abrigos… No tenían mundo, por lo que la comunidad se responsabilizó de buscarles artimañas para que tuvieran seguro médico para los tres pequeños y escuela… No conjugaban el verbo tener, por lo que la comunidad recolectó juguetes y mobiliario modesto para al menos, que el colchón no reposara en el suelo…
El día de la Herencia Hispana, la familia de Marisela se presentó en la escuela al completo. Recién llegados, sin dinero, sin comida, sin posesiones… pero con una olla repleta de tamales envueltos en piel de plátano que la madre estuvo cocinando toda la tarde para compartir con la gente sencilla. Me comí un tamal y tuve la impresión de estar comulgando.
1 comentario
Noviembre 3, 2008 a las 12:56 pm
así da gusto trabajar…
nos hace falta tanta humildad como la de esa familia!