Noviembre 12, 2008...7:43 am

La niña demonio

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     Kalea tenía la piel morena, el pelo negro y el ceño fruncido. Acumulaba tres tartas de cumpleaños en ocho años y estudiaba 2º curso. Su padre era un hijo de puta. Drogota en blanco y negro, asaltacoches, pendenciero y prófugo de la justicia y desde hacía varios años, del hogar familiar. La madre era una hija de puta. Durante el embarazo fumó y bebió como si dentro de sí tuviera un pub y no un útero. Cuando nació la criatura, no varió un ápice sus hábitos, salvo que encontró en la pequeña Kalea a una receptora inerte de gritos, golpes y frustraciones.

El trailer donde vivían madre e hija se convirtió en un centro de peregrinaje de decenas de hombres que venían ofreciendo falso amor a la madre a cambio de sexo, y la madre accedía para soñar y reír durante la noche y gritar y llorar durante la mañana, cuando los hombres se habían marchado.

 

     Servicios sociales desacreditó a la madre como madre, sin que a esta le importase demasiado y puso a Kalea en las manos de la abuela que, gustosa, acogió a la niña, sabiendo que Kalea era un cheque del gobierno a final de mes…

 

     Kalea en la escuela gritaba, mordía arañaba, maldecía. Siempre estaba en la sala donde yo daba clase el primer año, porque a su vez era la sala de Brooks, el responsable de la disciplina en el Centro.

Un día, la niña “apuñaló” a una profesora con un lápiz en el pecho. La situación era insostenible. Avisaron a la policía para intentar amedrentar a la criaturita y allí se presentó un bigardo de cabeza rapada y con voz cavernaria gritó a Kalea: “¡Yo no soy maestro y no te voy a tratar tan bien como ellos, así que vas a hacer lo que yo te diga!”. Kalea, miró al agente con sonrisa burlona y agitó suavemente la carita de ángel al ritmo que decía con absoluta nitidez: “Fuck you!”

El agente, cogió a la niña y ¡la esposó a la barra metálica del conducto de la calefacción! La niña comenzó a patalear y a chillar como una energúmena.

 

     Mi director, Brooks, dos policías, la superintendente y yo. Todos en la clase contemplando a la niña demonio. Cuando Kalea se hubo calmado, “Esta es la mía”, pensé.

Me levanté de la silla y caminé entre la muchedumbre como cuando Moisés separó las aguas del mar Rojo y me acerqué a Kalea. Me agaché y me puse a su altura. Saque de la chistera una sonrisa sincera y con toda la dulzura que el inglés me permitía comencé a hablarle a la criaturita delante de mis superiores: “Kalea, tu no quieres estar aquí. Este sitio es para adultos, es aburrido. Tu tienes que portarte bien para poder estar con tus compañeros aprendiendo en la clase, pasándolo bien en el patio…. ¡siendo una niña feliz!”

Kalea, sonriente, espetó con severidad: “¿Sabes que nadie puede entenderte, puto mejicano?”

Y unas risitas apenas contenidas se escucharon tras de mí, mientras que toda la sangre de mi cuerpo organizaba un mitin en mi cara y me daba un aspecto atomatado.

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