De la camada de siete cachorrillos que la perra Maxine había tenido cinco semanas atrás, Diego eligió sin dudarlo al de la manchita blanca de nieve en la cara, un precioso y diminuto pastor alemán que movía el rabo como si tuviera un ventilador atado a los cuartos traseros.
Ante la pregunta general sobre el nombre al que respondería el perro, el padre se adelantó al resto de la familia y con sonrisa socarrona y echando una mirada cómplice a la madre, bautizó con solemnidad al bicho:
“Se llamará Kilo”.
Y Kilo ladró de alegría, mientras que los tres hijos del matrimonio González se rifaban la atención del can a fuerza de caricias y cariños.
Las semanas se deshojaban y Kilo crecía rápido. Los niños contaban el paso de los minutos en la escuela para que la hora de salir les indicara el camino de vuelta a Kilo. Las tardes de primavera se pasaban de volada con los tres críos jugando en el patio de la calle lanzando a lo lejos palos y gritando felices:
“¡Vamos Kilo, atrápalo!”
“¡Kilo!, ¡Kilo!, ¡Kilo!”
Kilo corría y ladraba hasta atrapar el objeto que los niños le habían tirado y lo devolvía fiel, ensalivado. Por la noche, las criaturas entraban en la casa exhaustos a tomar su cena y su ducha. Kilo daba cuenta de su plato de carne y en su capacho peludo dormía plácidamente. Era uno más en la familia.
Una mañana de sábado y sin indicativo previo, la policía detuvo al padre. Lo niños lloraron, la madre gritó y Kilo ladró, pero las esposas y el asiento trasero del Ford Crown Victoria eran irreversibles. Otro traficante más de origen hispano entre rejas.
Meses después, en un evento social de la escuela, coincidí con un cargo de la policía local. Me quise haber mordido la lengua, pero no me resigné a mantenerme en la ignorancia y le pregunté por el padre de los niños, el dueño de Kilo.
El policía puso cara de estar preguntándose “¿Pero qué te crees, que la policía es tonta? Y me respondió:
“Lo veníamos siguiendo durante un tiempo porque teníamos varios indicios de que podía ser traficante de drogas. Uno de esos indicios fue que poseía un perro de nombre Kilo. Aquí el peso se mide en libras aunque la droga, no sé bien por qué, es de las pocas cosas que se mide en kilos”.
1 comentario
Diciembre 17, 2008 a las 11:21 am
¡Pero qué historia más buena! Puro Hitchcock.
OLI I7O