El Ángel de San Juan aterrizó en Kentucky. Puerto Rico le daba un presente intenso pero le cercenaba la posibilidad de tener un futuro más allá de la cárcel o la muerte prematura. Tuvo 12 hermanos, aunque fuera del ataúd sólo quedaban 7. Dos de ellos en Chicago, otro en Nueva Jersey y una hermana en Kentucky.
Su padre cumplió bien. Nutrida descendencia y muerte a los 40, fortuna para la madre que aún podría disfrutar de algunos años de juventud tardía más allá de los partos y los golpes.
Cada día alrededor del Yunque era como una pistola con una bala en el tambor y un objetivo aleatorio en la mira: drogas, reyertas, vendetta, poder, traición, supervivencia… la espada de Damocles ejecutaba sin contemplaciones. Ángel tenía once años y ya era un consumado funámbulo. Su as en la manga, una navaja escondida en la cavidad bucal. Sus ángeles de la guarda, una banda protectora.
Todo estaba escrito. Era uno de tantos, mirada de pozo sin fondo y sonrisa opiácea.
Nadie sabe por qué, quizá ni siquiera ella; pero la madre sacó un billete de ida para que el pequeño de la casa se fuera con su hermana y su tío a Kentucky y de este modo rompió abruptamente con lo establecido y aplazó la visita que la Parca tenía prevista hacer a Ángel cualquier insípida tarde.
Ángel llegó a Kentucky empujando y amenazando. No entraba dentro de sus planes la posibilidad de perder alegremente esos galones que consiguió en San Juan a base de cicatrices. Problemas de disciplina e inadaptación, lo mínimo que se podía esperar.
El tiempo, con su implacable mala hostia, fue el único que avasalló la rebeldía y la furia del boricua. Después de cuatro años en la escuela, Ángel consiguió finalizar el bachillerato con calificaciones altas, hablar inglés perfectamente y salir preparado para sobrevivir a una trifulca en las calles de San Juan donde los índices aprietan gatillos y estar preparado también para sobrevivir a una reunión con gente bien donde los meñiques se levantan cuando se sorbe té.