Pancho se puso en la fila de la cafetería aguardando su turno para colorear la bandeja. El verde de las judías, el naranja de las zanahorias, el amarillo del puré de patatas y el tostado de la hamburguesa contrastaban con el azulón del recipiente de plástico donde las cocineras de patas de gallo depositaron a plomo los alimentos que el niño iba a ingerir. Un cartoncito de leche “Dairy Milk” situado en la parte superior derecha de la bandeja y una roja y transgénicamente jugosa manzana depositada sobre la parte inferior izquierda daban equilibrio al conjunto.
La criatura se acercó a la cajera y abandonó suavemente la bandeja sobre una mesa contigua. Con el dedo índice y con decisión marcó en el teclado su código numérico, una clave asignada a los niños que por dificultades económicas optan a recibir la comida de forma gratuita. Tomó cubiertos y con celeridad se sentó en la mesa que correspondía a su clase, dispuesto a saborear tan merecidos manjares. Ese día, los de segundo habían tenido una mañana dura: ciencias a primera hora estudiando el ciclo de la lluvia, saltos y cuerda en la clase de gimnasia, simulacro de incendio para toda la escuela y habían aprendido a restar números de tres cifras en clase de matemáticas.
Pancho hinchó sus carrillos mezclando varios alimentos: Trocitos de carne y verdura centrifugaban en su boca. El niño, engullía voraz cada bocado y apenas si prestaba atención a las caras que Mike, su mejor amigo, le estaba poniendo para hacerle reír. Cuando hubo dado cuenta de los alimentos formales, apuró de un sorbo la leche y abriendo la boca en toda su extensión propició una preciosa dentada a la pieza de fruta grabando sobre su piel las dos mellas superiores de su todavía imberbe dentadura. Una vez satisfizo su apetito, comenzó a jugar al “espejo de caras” con su amigo Mike.
La voz de su profesora se alzó sobre el bullicio de la cafetería. Era la hora de volver a la clase y dejar paso al siguiente turno de comida. Pancho se puso en la fila y en silencio comenzó a seguir su serpenteado caminar por el laberinto escolar de pasillos y escaleras.
Justo a la altura de la biblioteca Pancho frenó su paso en seco haciendo que Sierra, la niña situada inmediatamente detrás en la fila, chocara abruptamente contra él y emitiera un aullido para proclamar su queja. Pancho aspiró una gran bocanada de aire y abrió los ojos despavorido. Tras unos segundos de confusión y desconcierto las cejas de Pancho se comprimieron formando varios pliegues que chocaban entre sí y una vergonzosa y enorme mancha se alojó en el frontal de sus pantalones. Pancho comenzó a llorar con el amargor de quien pierde a un ser querido y a emitir un sonido gutural de dolor profundo. La Srta. Mullin, su maestra, se acercó alarmada, se agachó a su altura y comenzó a preguntarle que qué le pasaba. Después de unos minutos en los que el niño fue incapaz de emitir sonido alguno más allá de quejas ininteligibles e hipos nerviosos envueltos en llantos, consiguió articular palabra:
“¡Me he olvidado de rezar antes de comer y mi padre me va a pegar recio con la correa!”.
Los ojos azules de la Srta. Mullin emitieron un brillo especial. Súbitamente recordó los cardenales que el niño lucía esporádicamente en la cara, brazos y piernas y los numerosos días de clase que el niño se había perdido.
En la sala 142, sección C, de los juzgados del pueblo dedicada a maltrato infantil sonó el teléfono. La cincuentona y malhumorada Sra. Adam, encargada de realizar las investigaciones pertinentes sobre casos de abuso, lo descolgó con premura. Al otro lado de la línea una voz firme y enervada se presentaba:
“Buenas tardes. Soy la Srta. Mullin y llamo porque me gustaría denunciar un caso de maltrato…”
2 comentarios
Febrero 13, 2009 a las 11:16 pm
*** Me gusta tu forma de escribir.
(Y esto no es una proposicion indecente, que conoci a Silvia en la comida, soy una de las espanolitas en Lexington)
Febrero 14, 2009 a las 8:31 am
Muchas gracias Patrizia! Silvia y yo lamentamos profundamente que tu mensaje no sea una proposicion indecente!!!!!!