Una cerca metálica y oxidada abraza a Urumex. Decenas de coches duermen o mueren sobre el terruno encharcado y empedrado sin apenas orden ni control. Tanta chatarra amontonada invita a pensar que Urumex es un cementerio de coches o un desguace, pero un rudimentario y humilde cartel pintado en negro a brochazos sobre una madera contrachapada en blanco, guía al visitante sobre la esencia del negocio: “Urumex. Taller mecanico”
Un can de dientes desgastados, famélico, harapiento y engrasado corre como caballo entre los coches cada vez que una piedra vuela y la mano amiga grita: “¡Vamos Piruláis, atrápala!”. Dos perros amorfos y enanos, escoltan en la carrera a Piruláis y con sus ladridos dan la impresión de que le alientan y vitorean.
Uru por Nelson, el uruguayo. Una tarde estival y anodina Nelson soldaba una pieza metálica de un auto. El tanque de gasolina reventó y el soplete que Nelson tenía en la mano, convirtió a la nafta en una manta de fuego que le arropó por unos segundos. Tuvo quemaduras en un 60% del cuerpo y estuvo varios meses postrado en una cama. La recuperación fue lenta, pero sin más opciones volvió al taller hasta que hace unos meses definitivamente regresó, cual gaucho, a las estepas uruguayas.
Mex por Jorge, el mexicano. Manos de madera de ébano, ennegrecidas hasta las uñas. Cabello moreno de rizos anarquistas. Dientes sanos esculpidos en mármol que al sonreír contrastan con la cara untada en grasa, como cuando un conejo de pelaje color cuarzo asoma el hocico afuera de la madriguera. Talla XS de un mono de trabajo que se intuye azul y porte aristocrático. Inquieto, sencillo, vivaz, humilde.
Jorge y su taller son uno. Recibe llamadas a cualquier hora y a cualquier hora deja lo que esté haciendo para acudir al negocio y asistir a quien le reclame. Da la impresión de que tiene muchos coches esperando a que les revise las tripas pero cuando recibe una llamada avisando de la urgencia en la reparación de un auto, retoca el orden natural de prioridades y, normalmente, en una tarde el coche está listo. Algunos creen que dentro del misterioso taller no hay llaves inglesas sino varitas mágicas.
Pálidos, los clientes van a recoger el coche con la cartera en la mano, y se sorprenden de que la cantidad a pagar siempre sea menor de lo que su pesimista imaginación especulaba e, ilusos, se quedan de pie enfrascados en una sonrisa bobalicona esperando en vano a que Jorge les de una factura que refleje el monto.
2 comentarios
Febrero 9, 2009 a las 11:46 am
Joé, cómo se van haciendo los hispanos con el mundillo. Hasta hace bien poco, esto que nos cuentas era patrimonio de hillbillies pelirrojillos capaces, eso sí, de arreglar el motor de una camioneta Chevy con el palo de un desatascador.
Febrero 9, 2009 a las 6:59 pm
Hemos cambiado los Mc Gyver por los Mar Tinez a la hora de reparar los coches. Leí hace unas semanas que la población hispana (legal) en Fayette era del 5%.