Mi amigo Rafa, mexicano de origen español, es un cabrón. Tuvo una temporada en la que, cuando sentía hacia él alguna clase de desprecio o racismo por parte de los dependientes de supermercados o gasolineras, se quedaba mirando fijamente al individuo con los ojos muy abiertos, les señalaba con el dedo índice e imitando una especie de acento hindú-mexicano se despedía de ellos con un: “Shala galora gando”. Las caras de los trabajadores eran de desconcierto absoluto, los pobres no sabían si les estaban amenazando, si se estaban despidiendo de ellos en otro idioma, si les estaban vacilando o si eran las tres cosas juntas.
Cada vez que lo hacía tenía que apretar los dientes con fuerza para contener la risa. Cuando salíamos del establecimiento nos reíamos hasta casi desencajar la mandíbula y así una y otra vez hasta que la frase de marras se instaló en mi vocabulario y comencé a imitar a Rafa cada vez que algún dependiente no me gustaba “Shala galora gando”, les decía con soltura. Siempre di por sentado que la frase no tenía sentido alguno y jamás me preocupé por su significado. “Craso error, Señor Craso…”.
El curso finalizó y el avión nos esperaba a Silvia y a mí en Cincinnati para llevarnos a Nueva York desde donde tomaríamos otro vuelo a Madrid. En el primer vuelo, un Continetal con capacidad para 70 pasajeros, coincidimos con una familia hindú que les tocó sentarse separados en el avión. La madre llevaba en brazos a una criatura de apenas un año y cortésmente le ofrecí mi asiento para que pudiera sentarse junto al marido. La mujer se sentó junto al esposo y ninguno de los dos me dio siquiera las gracias. Tomé posición en mi nuevo asiento y dejé que los Pixies berrearan a todo volumen desde el MP3 para olvidarme cuanto antes de la ridícula situación.
El avión aterrizó y los pasajeros hicimos fila en el pasillo aguardando a que las puertas se abrieran. En la zozobra de la espera comprobé para mi regocijo que la pareja hindú estaba justo delante de mí y la madre sostenía a la criatura que asomaba su cabecita por encima del hombro. Sonreí y con dulzura le dije al niño: “Hello little one, ¡shala galora gando!” e ipso facto, el padre giró la cabeza como si no tuviera cuello y sí un resorte y me lanzó una mirada que todavía me está doliendo. Tragué saliva y empecé a improvisar las gilipolleces varias que se dicen a los críos y a pedirle en silencio a Shivá, Agní, Vishnú, Brahma y a su puta madre que se abrieran ya, ya, ya las puertas del avión.
Una semana después y desde el calor sofocante de Córdoba llamé a Rafa: “Oye, ¿tú sabes qué significa shala galora gando?” le pregunté inquieto.
“Shala galora es inventado. Teníamos un conocido indio en una gasolinera que nos dijo que gando en hindú significa joto, maricón” respondió Rafa riéndose.
The Beatles indios, el no va más en el mundo de la subcultura pop:
9 comentarios
Febrero 26, 2009 a las 8:33 pm
“Golimar”, te metes en cada jaleo…
http://www.youtube.com/watch?v=LbvP7dT3Dx0
Escribe un día sobre restaurante indio al que solemos ir
Febrero 27, 2009 a las 3:38 am
Joé, Luis, no he podido parar de reírme. Espero que el papi del niño no fuese el ejecutivo de Continental Airlines encargado de las listas negras de pasajeros non gratos.
Una cosa que pasa mucho cuando se está en un país que no es el de uno, es el de no cortarse al describir a alguien o meterse con él, a sabiendas de que solo la persona que está contigo te entiende.
En USA, en la que parece fácil detectar “a primera vista étnica” si la persona que tienes delante habla español, a Susana y a mí nos ha pasado como a muchos americanos, que nos “sorprenda” que un “blanco” hable español.
Así, solíamos ir por el Walmart o el Kroger hablando entre nosotros, pero sin bajar la voz, y soltando comentarios del tipo: “Mira esa gorda, como se le ocurre ponerse esas mallas”. “Mira la tía esa de los dos niños, cómo va a alimentarlos bien si lleva el carro lleno de patatas fritas, Mountain Dew y chocolatinas Almond Joy” y otros por el estilo. Hasta que una vez, la gorda que parecía de Wisconsin era de Pamplona. (¿qué coño se le habría perdido en Cincinnati?).
Fue un caso de auténtica mala suerte. Pero lo que de verdad es difícil es quitarse esa costumbre una vez que regresas a España…
Otro día os cuento lo del síndrome de los “conocidos infinitos”, que sufrimos los repatriados.
Por cierto que las chocolatinas Almond Joy salieron en la revista TIME como el producto cardiovascularmente más peligroso de todos los que se vendían (legalmente, entiendo), en los USA, por encima incluso del tabaco sin filtro.
Febrero 27, 2009 a las 6:41 am
¿Saben aquel que díu… qué hace una de Pamplona en Cincinnati? ¿No? ¿No lo saben? Pues lo mismo que uno de Madrid en Buttermilk Pike (risas y aplausos…).
La famosa historia de Alfonso también tiene su aquel.
Alfonso fue otro profesor visitante que junto a Estela, su novia, vivieron 4 años en Estados Unidos. Una vez y cómo no, comprando en Wal-mart, una mujer con su carrito se cruzó en el camino de Alfonso y éste, sin poder evitarlo espetó: “¡Joder, con la gorda esta!” La señora, se dio la vuelta, miró a Alfonso de arriba abajo y con perfecto acento de Chihuahua le respondió: “¡Tu madre!”. (Corregida a posteriori falta ortográfica en forma de acento en el “Tu” (de ahí los siguientes comentarios de Político Ex-Kentuckiano)
Febrero 27, 2009 a las 7:12 am
Y tanto que le respondió con acento: ese “Tú” de “Tu madre” está acentuado por demás.
Pues a ver si al final la historia de la gorda chihuahuo-navarra era de Alfonso y no de mis propias experiencias… es lo que tiene esa curiosa unión en el destino universal que tenemos los profes visitantes… el caso es que como todos hacemos esos comentarios, porque sabemos que no nos entienden, pues le puede pasar a cualquiera.
Lo que hemos comentado con otros ilustres regresados como Alfonso y Estela es lo del síndrome de los “conocidos infinitos”, y es verdad que pasa.
Cuando llegas a USA, todo el mundo que te habla tiene cara de guiri. Todos. Te parece que estás de vacaciones en Torremolinos, rodeado de guiris, y claro, lo que pasa es que allí el guiri de la cara rara eres tú.
Si alguien en tu estancia en USA no tiene cara rara, es que es español, y ello implica que esa persona suele ser tu amigo/a o al menos conocido. “Cara rara”=guiri. “Cara normal”=conocido/amigo.
Cuando vuelves a España, en tu cabecita se pone en marcha el chip de tipo subétnico español medio, y vas por la calle y piensas: “esa cara me suena”, “a esa tía la conozco”, “ese chico es de mi barrio”etc.etc- Y no es verdad, pasa solamente que tienen “cara normal”, entiéndase, “cara de españoles de toda la vida”, y te da la impresión de que los conoces, cuando no es así.
Febrero 27, 2009 a las 7:16 am
Por cierto, uniendo lo de las caras y los supermercados, nosotros solíamos ir a Meijer y comprábamos cosas como carne, pimientos, aceite, patatas, puerros, cebollas, manzanas, lechuga, pan de baguette…
No comprábamos nada de esos miles de cosas que vienen en cajita y que en USA son legión en los supermercados, como puré de patatas, gravy, preparados para tartas, jell-o…, peanut butter
Y la de la caja entonces, ponía verdadera cara rara.
Febrero 27, 2009 a las 7:20 am
Oye Luis, no te tomes en absoluto como una crítica o corrección lo del acento, leyéndolo ahora creo que me he pasado, no es lo que quería expresar. Simplemente, me ha hecho gracia ver un acentillo de más en una frase en la que se incluía la palabra “acento”.
Sorry.
Febrero 27, 2009 a las 11:50 am
Al contrario Cecilio, si acepto de buen grado la alabanza tengo la obligación de aceptar de mejor grado las correcciones. Gracias
Marzo 2, 2009 a las 5:27 am
Yo tengo el “síndrome del conocido infinito” aquí en Madrid, cuando me cruzo un famoso y pienso que lo conozco de algo (no por ser famoso, sino por ser amigo o algo así). El otro día me crucé con Santiago Segura y pensé: “A este tío lo conozco de algo”, y le saludé en plan “Hasta luegooo…”. Ni me respondió, claro.
OLI I7O
Marzo 2, 2009 a las 6:50 am
Oli, eso mismo que cuentas me pasó con Romay en una gasolinera. Eso sí, a mi Romay me saludó aunque con cara extrañada.