De entre las sombras emergió la figura de una mujer de piel oscura y ojos verdes. Un chal con destellos azules cubría su pelo y de la mano traía a un niño cara sucia que no debía tener más de 10 años.
“Me gustaría inscribir a mi hijo en la escuela”, dijo la mujer.
Saqué los formularios pertinentes y comencé con la batería de preguntas. Me dijo que tenía cuatro hijos más en México y que Julio, el niño al que quería inscribir, había asistido en los últimos meses a una escuela en Carolina del Sur. La mujer se había mudado a Kentucky sin trabajo, sin marido, sin coche, sin familiares. Lo único que portaba consigo era la palabra “sin”.
Le expliqué el funcionamiento del sistema escolar y mecánicamente le dejé abierta la puerta de las preguntas. La mujer, podía haber preguntado por planes educativos, por la calidad de las instalaciones e incluso por los menús que se servían en la cafetería pero no, su pregunta fue:
“¿Qué tal son los conserjes?”
Arqueé la ceja y titubeante le respondí que llevaban mucho tiempo trabajando con nosotros y que eran todo lo profesional que un conserje puede ser.
“Es que he visto por televisión que muchos conserjes abusan de niños…” me dijo. Silencio.
Después de seguir contándole los pormenores de la escuela me interrumpió abruptamente para preguntarme:
“¿Cuántos morenos hay en esta escuela?”
“Pues es un dato que no tengo. El dato objetivo que sí tengo es que nuestra escuela es un ejemplo de integración y convivencia. Aquí puede encontrar niños asiáticos, negros, blancos, hispanos….” respondí algo irritado.
“Se lo digo –replicó la Señora- porque a mi hijo los morenos le daban palizas y le metían en problemas en Carolina”.
“¿Qué clase de problemas?” pregunté con curiosidad
Se rascó la mejilla y el cuello y sin querer dar más detalles respondió:
“Problemas”
“Pero, ¿qué clase de problemas?” insistí.
“La policía tuvo que ir tres veces a la escuela a por mi hijo porque los morenos le decían que se desnudara delante de las maestras y él, lo hacía”, respondió ella algo ofuscada. Silencio.