Cynthia fue una chica preciosa. Pasó desapercibida por el Middle School pero a partir de segundo curso en el instituto fue animadora, popular, rubia. Sus pechos tensa-camisetas y sus largas piernas no pasaban desapercibidos para los adolescentes bañados en acné del Lincoln Park High School. Sonrisa esmaltada, melena cuidada, porte esbelto. Muchos de sus compañeros la eligieron a ella como actriz principal de las películas que imaginaban para rendir pleitesía al onanismo.
A los 14 años se quedó embarazada de Kevin Moole, uno más con moto. A los 15 tuvo un hijo. A los 16 dejó a Kevin. A los 17 dejó el instituto. A los 18 comenzó a trabajar en Big K-Mart.
Cynthia estaba harta del trabajo, de la vida. Llevaba 5 meses en el maldito supermercado aguantando un sueldo en migajas, a un jefe viejo y triste que no dejaba de sonreírla y que apenas si disimulaba el sospechoso crecimiento del bulto de su pantalón cada vez que hablaba con ella. Turnos desequilibrados, clientes irrespetuosos y además al llegar a casa, le estaban esperando una madre histérica y una criatura a la que mantener. Su sueño americano era en blanco y negro.
La noche del 24 de diciembre a Cynthia le tocó trabajar. Después del suave break de diez insuficientes minutos volvió a su puesto a la caja central para relevar a Leslie, la compañera que la había sustituido. Respiró hondo antes de sumergirse de nuevo en uno de los carritos con devoluciones y con resignación tomó una camisa Tommy Hilfiger manchada de mantequilla de cacahuete para apuntar su código de barras. Levantó la vista en busca de esperanza y vio acercarse a un hombre hacia la caja central con un bulto bajo el brazo.