Reynaldo agarró con las dos manos la manta y dando un golpe la depositó sobre el mostrador de la caja central. Cynthia se sobresaltó y titubeante le preguntó si necesitaba ayuda. Reynaldo emitió un quejido malhumorado y respondió en un inglés elemental:
“¡My wife…..! ¡She don’t like the color!”
Cynthia apenas entendió lo que el hombre pretendía comunicar. Así que, sin querer ser descortés y procurando no complicarse su propia existencia, le pidió educadamente que le repitiera lo que le había dicho.
“¡My wife…! ¡She don’t like the color! ¡She don’t like green!” volvió a insistir Reynaldo, y enfatizando su mal humor aclaró: “¡Today snow…! and she say “¡Go K-Mart and get other color!””.
Cynthia comprendió al fin que aquel mexicano había venido a descambiar la manta porque a su mujer no le gustaba el color y que estaba así de enfadado porque ella le había hecho que saliera a descambiarla en una noche tan fría como aquella.
Le invitó a que fuera a la sección de hogar y que eligiera otra manta del mismo modelo en otro color. Reynaldo apresuró su paso y volvió a la sección, donde eligió, indistintamente, una manta de color rojo. Volvió de nuevo a la caja central y volvió a apoyar la manta sobre el mostrador con un golpe.
Cynthia le pidió el recibo de compra para hacer efectivo el cambio y Reynaldo dio un respingo, agitó la cabeza desesperado y gritando respondió:
“¡No ticket!, ¡No ticket! ¡I forget! ¡No ticket!”.
Cynthia suspiró resignada y apaciguando los ánimos del mexicano le dijo que no se preocupara, que entendía que se le había olvidado el recibo y que se podía llevar la manta. Bastantes dificultades tenía ella ya como para complicar aún más su existencia con un mexicano al que se le había olvidado un recibo de compra.
Aquella noche, la ciudad de Chicago vio a un hombre recorrer apresuradamente sus calles bajo la nieve con una manta de calidad suprema bajo el brazo y una sonrisa pura, infantil en el rostro.