El Hospital del Condado de Bourbon busca trabajadores para todos sus puestos. Se valorará experiencia en el mundo del desprecio. Es requisito indispensable no tener corazón y carecer de antecedentes sentimentales. Preferible individuos racistas y de odio visceral hacia lo hispano, lo negro y lo diferente. Abstenerse buenas personas.
El niño lloraba desconsolado. Se agarraba el estómago y pataleaba en el suelo. Su madre estaba asustada, le había dado un par de cápsulas de Tylenol pero el niño no mejoraba. Desesperada, optó por creerse un ser humano a pesar del moreno de su piel, de su origen mexicano, de su desconocimiento del inglés y de su situación legal. Se presentó en el Hospital de Bourbon con la esperanza de que el código hipocrático estuviera colgado en alguna pared.
Una enfermera barbuda al que le faltaba un cigarro en la boca trató despectivamente a la madre y con señas, como dando órdenes a un perro para que traiga las zapatillas, le indicó el camino de la sala de espera. Se sentaron. Esperaron y esperaron y los lamentos del niño acabaron diluyéndose con el hilo musical que salía de los altavoces y la madre y el niño pasaron a formar parte del mobiliario de la blanquecina sala de espera.
Tarde, otra enfermera abrió una puerta y les invitó a que pasaran a una sala donde una camilla negra hacía de anfitriona. La enfermera pesó al niño, le examinó las amígdalas con un palo de madera y le tumbó en la camilla. Sin apenas mirar a los ojos de la madre le soltó una parrafada en inglés y comenzó a elevar el tono de voz, enfadada, cuando comprobó que la madre no había comprendido nada de lo que había dicho.
Definitivamente, sin necesidad de llamar a un Doctor, se arriesgó a diagnosticar que el niño no tenía nada grave sabiendo que si se equivocaba las posibilidades de demanda por parte de aquella mujer con apariencia hispana eran nulas. La enfermera escribió dos palabras en un papel y se lo entregó a la madre: Gatorade. Tylenol.
La madre fue al supermercado e, ingenua, angustiada, compró varias botellas de Gatorade pensando que ahí estaba la solución. La noche fue eterna. El niño no durmió y apenas si tuvo fuerzas para llorar después de haber vomitado varias veces.
A la mañana siguiente la madre llevó al niño a una clínica en Lexington donde miran a la cara y no a la cartera y en quince simples minutos detectaron que el niño tenía una bacteria alojada en sus amígdalas. Le recetaron una ración de amoxicilina y a los dos días el niño ya estaba jugando.
3 comentarios
Abril 14, 2009 a las 8:52 am
Dear Luis:
Pues hablando de ofertas de empleo, uno que lo cotillea todo (yo), he visto que un ilustre, excelso e invisible exkentuckiano (aunque nunca sabemos cómo salió de KY) ha pedido nuevamente ser empleado como profe visitante en aquel lugar, y se entrevistará para ello en Madrid la semana que viene.
Se trata de Pablo Martínez Fernández.
Por cierto, que viendo el post este, a ver si San Obama arregla lo de la sanidad.
Abril 15, 2009 a las 5:53 am
¡Vaya notición! Yo, después del curso de Cincinnati, sólo le vi una vez; cuando bajó de las montañas a la conferencia de Louisville y el hombre disfrutó de una cerveza después de varios meses en el ostracismo alcohólico. A ver a que recóndit0 punto de la orografía kentuckiana le envían esta vez.
Abril 15, 2009 a las 9:07 am
Yo lo mismo, con decirte que cenamos en un Waffle House y me dijo que era el único restaurante estadounidense que había pisado hasta ese momento.