Andrea y Sophie son gemelas. Andrea vio la cara circunspecta del médico seis minutos antes de que la viera su hermana y desde entonces fue la primera en todo; la primera en engordar como ternera de McDonalds, la primera en pintar las paredes de la casa y la primera en gruñir.
Patricia, la madre de las criaturas, fue soltera e independiente. También fue una gran apasionada del sexo sin mamparas, sin anticonceptivos. Combinación que la dejó embarazada de un tipo con mostacho, sombrero y botas tejanas, que antes del parto puso pies en Reynosa y desapareció.
Patricia se plantó ante la vida a puerta gayola sin capote y le cayeron hostias por todos lados. Explotación laboral, explotación sexista, explotación racial. “¡Su puta madre…!” pensaba cada noche antes de quitarse la ropa que apestaba a mierda de caballo, darse una ducha y dar las buenas noches a sus hijas con un aséptico beso antes de acostarse.
Mientras Patricia trabajaba, Marta, su hermana, se quedaba al cuidado de las pequeñas. Marta tragaba penas, tristezas y valium. Cada vez que el herrero comenzaba a martillear su cerebro, la melancolía y la congoja se apoderaban de ella y sin remedio mandaba al mundo a tomar por culo. Antes de irse a la cama, daba al play en el vídeo y sentaba a Andrea y a Sophie frente a la tele, frente a los Teletubbies.
Las niñas crecieron en anarquía sin niños con los que avanzar socialmente y casi sin adultos, salvo los escasos momentos que pasaban con su madre y su tía. Sus tutores, educadores, padres y amigos estaban al otro lado de una pantalla Sony y se llamaban Tinky Winky, Dipsy, Laa-Laa y Po.
Los años avanzaban al trote para Patricia y galopaban para sus hijas. Sin apenas darse cuenta se plantaron en los cuatro años reglamentarios para inscribirse en la escuela. Cuando Andrea y Sophie comenzaron a asistir al centro de preescolar sólo podían componer cinco o seis palabras, el resto eran gruñidos y alaridos como los que emitían los Teletubbies.
Las niñas, usando esos estridentes sonidos, eran capaces de mantener conversaciones entre ellas y quizá, quién sabe, los diálogos estaban enfocadas a la peligrosidad que supone las tiras del velcro para los muñecos de trapo.
4 comentarios
Mayo 9, 2009 a las 3:40 pm
Ahora entiendo esos sonidos guturales de algunas personas que conozco, especialmente en mi trabajo.
Seguro que el problema tiene el mismo origen…
Mayo 9, 2009 a las 8:22 pm
Ya tío, los Teletubbies han hecho un mal irreparable a la sociedad. Hijos de puta.
Mayo 11, 2009 a las 9:15 am
Pues a Blanca le encantan los Teletubbies. Tu le dices “Tinky-Winky” y ella automáticamente, responde tarareando “Dipsy, La-la, Po” y luego puede estar repitiendo ecólalamente “la-la-pó” durante algunos minutos.
Voy a pedir hora a la psicóloga.
Mayo 11, 2009 a las 10:52 am
¡No, no, no! No cercenes su progresión. Esperanza Aguirre se licenció en el Chiripitiflaúticos’ College e hizo un master con Don Pimpón como ponente y mira dónde ha llegado…