Julio 22, 2009...3:58 pm

Parque Nacional de Zion, Utah 1/3

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Dani, Rogrigo, David y yo llegamos a Salt Lake con la ilusión de viajar al sur y encontrar en Zion al parque nacional soñado: ese entorno natural de rocas y bosque que National Gegraphic puso en el recuerdo en forma de foto. Tomamos la carretera 15, luego la 17 hasta Toquerville y allí cogimos la 9, la ruta que llevaba a lo onírico.
En la entrada del parque sonreímos desde el coche cuando el ranger de orejas grandes nos pidió 25 dólares por entrar y le enseñamos el Annual Pass que otorga entrada gratuita a todos los parques nacionales durante un año para cuatro personas y su vehículo.
Montañas besando nubes, árboles centenarios, arcos milenarios esculpidos por la erosión en la roca… y un ejército de turistas disparando sus cámaras, en guerra contra el buen gusto. Resoplas. Seguimos la caravana de coches hasta llegar al Visitor center y al abarrotado aparcamiento. Merodeamos con el coche durante unos quince minutos hasta que vimos un hueco libre donde aparcar el maldito trasto. Un nudo apretado tensa la garganta y soslaya la temida sospecha de que el viaje soñado no está en Zion.
En el Visitor center esperamos más colas hasta que una señorita uniformada nos atendió cortés y recitó las rutas a hacer: ¨Como sólo venís un día os gustará hacer el Canyon Overlook Trail, el Emeral Pool Trail y el Temple de Sinawava también merece la pena verlo”.
Nos montamos en el concurrido autobús que recorre el parque y tuve la sensación de estar montado en el 27 que va de Plaza de Castilla a Embajadores. Rutina, una de las peores cosas que puedes sentir en un viaje.
Hicimos las sencillas rutas, tomamos fotos, dejamos de saludar a los muchos caminantes con los que nos cruzamos. La masa nos engulló, éramos parte de la contaminación turística. Zion era un parque excepcional al que la saturación de gente había rebajado hasta lo ordinario.

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