Miguel Servera se arregló con devoción, entusiasmo y miedo aquella mañana; Con cierta dificultad consiguió ajustarse de nuevo el traje azul marino que usó para su boda 12 años antes y que su madre tan impolutamente había guardado, alejándolo con naftalina y aislándolo con plástico de las polillas. Su hermano Simón le prestó unos zapatos negros y casi nuevos y a pesar de ser un número más grande la holgura en la puntera era imperceptible. Miguel se duchó con esmero y su esposa le peinó con delicadeza, trazando una raya perfecta en la parte derecha de la cabellera y con unas tijeras por escalpelo, le arregló el bigote negro y poblado. Todo listo, todo estudiado, todo milimétrico. Debía ser obvio que quería causar buena impresión y que iba con sus mejores ropas, pero al mismo tiempo no debía ocultar su procedencia o aparentar tener tanta clase como la funcionaria de inmigración que le iba a entrevistar, por ello y casi sin percatarse, quizá mantuvo la suciedad en las uñas para presentar sus credenciales como mozo de cuadra.
“Tenemos que intentar conseguir la legalidad” apuntó Sonia un año y medio antes en una conversación nocturna, de cama, cuando sus hijos soñaban el sueño americano desde la modesta casa en el sur de Kentucky. Miguel miró a su esposa en la penumbra y con resignación desveló sus pensamientos: “Hace tiempo que sé que debemos hacerlo. Por los niños. Por nosotros. Por el futuro”.
De inmediato, hablaron con unos amigos de unos amigos que les recomendaron un abogado, que fue el encargado de dar el pistoletazo de salida a sus sufrimientos:
“Puesto que usted cruzó ilegalmente la frontera, debe usted presentar una carta de perdón. Para obtenerla, debe usted hacerse pruebas médicas que acrediten que usted no consume drogas. Debe usted conseguir varias cartas de buena conducta escritas por parte de personas que hayan tenido alguna relación con usted y que no sean familiares. Debe usted presentar cartas de sus patrones con los que haya trabajado en las que hablen de su honestidad y el tiempo que usted pasó con ellos. Debe usted mostrar un certificado de antecedentes penales limpio de delitos. Ayuda el que demuestre que nunca le pusieron una multa de tráfico. Ayuda que envíe fotos de su cuerpo para evidenciar que usted no pertenece a ninguna pandilla. Ayuda que usted no sea consumidor de tabaco o alcohol, por lo tanto hágase un análisis médico que lo pruebe. Ayuda que esté sano.
Una vez que obtenga la carta de perdón deberá demostrar que usted no está casado con su esposa por conveniencia, al ser ella legal en Estados Unidos, será lo primero que sospechen. Deberá conseguir fotos o pruebas de su noviazgo, testimonios escritos de personas que aseguren que ustedes se casaron hace 12 años. Entregue copias de las partidas de nacimiento de sus hijos. Para solicitar la legalidad lo harán en base a la necesidad de su familia de que usted contribuya a la economía familiar, así que consigan anteriores y guarden a partir de ahora facturas de electricidad, agua, teléfono, comida, vivienda, gastos médicos, gastos escolares, ropa… consigan nóminas de su esposa y suyas y de cualquier otro ingreso que hayan tenido. No obstante, esto es sólo el comienzo… y ahora hablaremos de mis honorarios…”
Más de un año después y ocho mil dólares menos entre abogado y solicitudes ya tenían la petición en curso.
Un lunes de enero sonó el teléfono: “Les llamamos del Consulado General de Estados Unidos en Ciudad Juárez. El próximo lunes a las 9:00 de la mañana el interesado debe personarse en nuestras oficinas….”
A toda prisa empacaron y malvendieron sus posesiones en Kentucky y fueron por última vez a ver al abogado:
“Si todo sale bien y supera la entrevista, tramitarán su caso y en dos meses pueden estar de vuelta legalmente a Estados Unidos.
Recuerde, cuando se entreviste con la persona de inmigración ha de saber que usted ha seguido el proceso necesario y legal para obtener el visado, pero amigo, su suerte depende del funcionario que le corresponda en la entrevista, por eso:
No mienta. Cuando le pregunten si entró ilegalmente en Estados Unidos, diga la verdad, que entró en el 98. Legalmente, a los cinco años prescribe el delito, pero por causas que desconozco aunque sospecho, en las oficinas de inmigración de México, los ordenadores no actualizan esa información.
No sea altivo. No miré con superioridad. No sea arrogante. No sonría en exceso. Sea frío sin ser cortante. Responda a lo que se le pregunta. Nunca, nunca haga preguntas. No desvíe la mirada, pero no mire fijamente durante mucho rato. No se muestre nervioso.”
Y Miguel le extendió el último cheque con cara de circunstancias. Antes de marcharse, el abogado le obsequió un último consejo: “Miguel, en esa entrevista que no exista dios, si el funcionario así no lo quiere…”
Y Miguel se sentó en la cromáticamente gélida sala de espera de la oficina de inmigración del Consulado en Ciudad Juárez. En sus manos una carpeta desmesurada con toda la documentación que había ido captando durante el último año y medio, plagada de recuerdos, de sueños, de lágrimas, de ilusiones. Una secretaria pronunció su nombre e hizo eco en los cristales de la sala y mella en los tímpanos de Miguel. Su corazón quería reventar el pecho. “¡Sí, sí!” exclamó acongojado. “Pase a la oficina número 72” afirmó la secretaria.
Miguel abrió la puerta de la oficina número 72 y olió a limpio, a nuevo, a moderno, al México del que sólo disfrutan unos pocos. Al fondo un ordenador sobre una mesa y tras ella una señorita veinteañera, sonriente, segura, bienpeinada.
“Miguel Servera Ramírez, ¿verdad? Siéntese, por favor” dijo cortésmente la señorita.
Miguel se sentó y respiró hondo. Fue consciente de que la carpeta que traía en las manos estaba húmeda del sudor y se aferró con más fuerza a ella, sabiendo que en ella estaba su arma más poderosa, más convincente.
La señorita sacó un documento que tenía sobre el escritorio y comenzó a copiar datos del ordenador. Súbitamente, preguntó: “¿Ha estado ilegalmente en Estados Unidos alguna vez? De ser así, ¿cuándo entró?”
“Sí, -respondió temeroso Miguel- en el año 1998” prosiguió.
La señorita se levantó de su cómoda silla acolchada y giratoria y con una sonrisa leve le pidió que esperara un momento. La señorita salió por una puerta contigua y no pasó un minuto cuando volvió con un documento de color verde. Se sentó de nuevo en su silla y con firmeza marcó cuatro casillas en el papel, para finalmente dirigirse a Miguel y en un tono enérgico decir:
“Su solicitud ha sido denegada, caballero.”
Acabo de ver esto y me he acordado: http://mx.news.yahoo.com/s/14032011/89/nacional-tres-causas-comunes-niegan-visa.html
OLI I7O