“Alberto –dijo- me llamo”
respondió el mismo sonío,
que para llamarse Alberto
hay que ser bien albertío.
Violeta Parra –El Albertío-
Decirse mexicano no es asunto baladí. Se puede nacer en México y ser pollero, narco, mal nacido, político, policía corrupto o hijo de puta en general, pero para poder decir con orgullo que uno es descendiente de Cuauhtémoc y que este a su vez se sintiera orgulloso de ser compatriota de uno, hay que ser algo más.
No todos los que nacen en México tienen la habilidad, el coraje, la valentía o el orgullo de poder reventar una serpiente a picotazos. El México de los mexicanos es el México que no sale en las noticias, es el que está debajo de las vísceras de los reventados por las granadas de los narcos, el que suda de sol a sol para que la economía gringa se sostenga, el que calla cuando un policía le pide la mordida, el que aguanta estoico la corrupción de los políticos, el que se priva de tortillas para enviar ese dinero al otro lado del Río Grande para que su mamá pueda tratarse en el hospital, el que quiere para sus hijos la educación que su país gobernado por miserables nunca le dio, el que, entre tequilas, habla de revoluciones, el México que Don Alejo Garza representa…
Don Alejo Garza tenía 77 años. Vivía cerca de Ciudad Victoria y poseía un humilde rancho conocido como Rancho San José. Allí tenía a varios empleados que nunca presentaron queja. Don Alejo, hombre justo y comprensivo, siempre trató a sus trabajadores con el respeto que merecían y nunca retrasó el pago de sus honorarios. Era un buen patrón.
Una mañana de noviembre se presentaron ante él varios sicarios del cartel de los zetas. Le dieron un ultimátum de 24 horas para abandonar su propiedad y cedérsela a los narcos. Así, sin más, ni menos, como ya es frecuente que suceda en Nuevo León, Matamoros, en Ciudad Victoria …
Don Alejo dejó marchar a los sicarios y se sentó en el porche de la casa a fumar su pipa y a contemplar la tierra, su tierra.
Ese mismo día reunió a sus empleados y les pagó el resto del jornal.
“Esta semana no necesito que vengan a trabajar. Ya les avisaré cuando deben regresar”.
Y los empleados se marcharon confusos.
Don Alejo cubrió las ventanas de la planta de abajo de la casa con colchones y muebles. Sacó todas las armas y municiones de las que disponía y con su pipa echando humo se sentó en su sofá favorito a disfrutar de sí mismo.
De madrugada, una banda de sicarios armados como se arman los cobardes llegaron en varias furgonetas todoterreno. Esperaban un rancho vacío y se encontraron una furiosa balacera. Don Alejo presentó mediante disparos sus armas de caza a los sicarios y estos, desde la sorpresa, empezaron a defenderse respondiendo con las ráfagas entrecortadas de los cuernos de chivo. Don Alejo mató a cuatro sicarios y malhirió a otros dos. Los sicarios, acojonados, comenzaron a lanzar granadas de mano y la explosión de una de ellas acabó con la vida de Don Alejo. Los sicarios huyeron sin rancho y sin patria y allí dejaron el cadáver tendido de un hombre valiente, de un mexicano.
Buf… ahora que estoy a este lado del río, entiendo muchas cosas de ese otro lado del río. Por si te apetece seguirme, aquí estoy:
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¡Un abrazo y hasta pronto!
OLI I7O