Uriel Ríos nació y creció en la calle Álvaro Obregón en Santander Jiménez, Tamaulipas. Su infancia transcurrió sobre una cancha polvorienta de fútbol y la vivió en pantalones cortos calzando zapatillas de suela de goma desgastadas y dando patadas a un balón de plástico. Su padre creyó cumplir su cometido cuando le llevó a la puerta de la escuela del pueblo y firmó la matriculación, pero jamás reforzó la asistencia ni enfatizó el castigo cuando la maestra le enviaba cartas alertando de las ausencias continuas de Uriel. Uriel y su padre eran parecidos, a ambos les incomodaba hablar más allá de lo necesario y menos aún les gustaba hablar de sí mismos. El padre trabajaba hasta el atardecer, pasaba por la taberna y volvía a casa tambaleándose hasta desplomarse en la cama. El padre nunca pegó a la esposa o a Uriel, algo de lo que la Sra. Carmen siempre estuvo agradecida.
La cena de navidad era el gran evento del año para la familia de Uriel. Su familia al completo tomaba el autobús y se desplazaba a Ciudad Victoria para cenar primos y tíos juntos en casa de los abuelos paternos. Había tamales, regalos, risas, tequilas y compadreo. Era la cumbre anual para una familia humilde.
Uriel cumplió 17 años y su desarrollo estaba alcanzando el punto de inflexión de la que sería su personalidad. Voz grave, semblante serio, mentón saliente y había crecido varios centímetros hasta situarse en un respetable 1,80. Con su cambio físico vino el cambio mental. El fútbol dejó de ser el centro del universo y fue suplantado irremediablemente por el sexo, las Navigators y el deseo de comerse el mundo, aunque sin saber aún utilizar el cubierto más apropiado.
Todos le conocían por el apodo de Tigrillo, y apenas si había gente en el pueblo que recordara su nombre real. Desde siempre fue el tigrillo. Lo que todo el mundo sí sabía era para qué cartel de la droga trabajaba y que era alguien a quien no había que tocar los huevos, alguien al que no había que ponérsele en medio. De vez en cuando, se dejaba caer por Santander Jiménez, luciendo relojes y collares de oro, y bajando de furgonetas caras de vidrios tintados y tapacubos brillantes en busca de “amigos” y traía consigo ofertas suculentas “800 pesos. La troca que uno elija. Dos armas cortas”. Para obtenerlo, bastaba con decir “Sí.” y se entraba por poderes en la antesala de los narcos, en la reserva de los sicarios. Después, una prueba de nivel y una vez superaba, ya se estaba dentro, ya se era uno de ellos.
Uriel se presentó en la habitación de sus padres de madrugada y encendió la luz. Su padre abrió los ojos confuso, asustado, soñoliento. Miró a su hijo y su hijo le miró a él y entre ambos Uriel interpuso una 38 de la que salieron dos balas que atravesaron el cráneo del padre y destruyeron para siempre el alma y la compasión de Uriel.
Uriel se convirtió en un temible y posiblemente efímero sicario que lo mismo invitaba cortésmente a un trago de Buchanan a una prostituta flotando en coca que ejecutaba inmisericorde a un grupo de inmigrantes hondureños que se dirigían al norte.
Como siempre un relato duro que despues de haver pasado por allí puedo comprender un poquito mejor…
Me alegra que estes de vuelta en el blog, se te echaba de menos.
Salu2