Marzo 10, 2009

La Llorona 2/2

“Recuerde señora que cuando el autobús vaya a dejar a su hijo, usted tiene que estar allí para esperarlo. Si incumple esta norma en repetidas ocasiones tendremos la obligación de contactar con servicios sociales” avisé a la madre siguiendo con el protocolo rutinario de las inscripciones.
“¡No, no, no! ¡No quiero que me quiten la custodia de mi hijo!” exclamó compungida.
“Bueno, esta es la ley oficial. Pero a este ley somos nosotros los que le añadimos matices, así que lo de contactar con servicios sociales, se da sólo en circunstancias muy, muy concretas…” le dije sin creer necesario que debiera guiñar un ojo mientras pronunciaba estas palabras. Eran suficientemente evidentes.
Al día siguiente me llamó y tomó la decisión de no inscribir a su hijo en la escuela para evitar que servicios sociales se lo quitara. Silencio.
A los dos días me llamó de nuevo y me dijo que lo pensó mejor y que sí quería inscribir al niño.

Desde administración, la Señora Cassity llamó a la antigua escuela de Julio en Carolina del Sur y allí le dijeron que esta mujer metía a su hijo en la escuela dos semanas y luego lo retiraba de la escuela durante algún tiempo, así hasta cuatro veces en un año.

Julio asistió a nuestra escuela durante una semana. Un lunes dejó de venir. Llamé al móvil de su madre y el teléfono había sido desconectado. Así que, caí en la cuenta de que Isabel, la madre de otro estudiante, vivía en el mismo edificio que el niño desaparecido. Hablé con ella y le pregunté por Julio y su madre y ella cortés me respondió:
“El sábado pasado el niño estuvo todo el día desaparecido. La madre lo desatendió y lo encontraron ya tarde, a las diez de la noche. La pareja con la que viven Julio y su madre discutió con ella porque no querían que la policía pudiera venir a casa a preguntar que qué pasaba. Así que la mamá cogió al niño, una maleta y se marchó. Nadie ha vuelto a saber de ella desde que salió del pueblo de la mano del niño y se perdió entre las sombras…”.

Marzo 6, 2009

La Llorona 1/2

De entre las sombras emergió la figura de una mujer de piel oscura y ojos verdes. Un chal con destellos azules cubría su pelo y de la mano traía a un niño cara sucia que no debía tener más de 10 años.

“Me gustaría inscribir a mi hijo en la escuela”, dijo la mujer.
Saqué los formularios pertinentes y comencé con la batería de preguntas. Me dijo que tenía cuatro hijos más en México y que Julio, el niño al que quería inscribir, había asistido en los últimos meses a una escuela en Carolina del Sur. La mujer se había mudado a Kentucky sin trabajo, sin marido, sin coche, sin familiares. Lo único que portaba consigo era la palabra “sin”.

Le expliqué el funcionamiento del sistema escolar y mecánicamente le dejé abierta la puerta de las preguntas. La mujer, podía haber preguntado por planes educativos, por la calidad de las instalaciones e incluso por los menús que se servían en la cafetería pero no, su pregunta fue:
“¿Qué tal son los conserjes?”
Arqueé la ceja y titubeante le respondí que llevaban mucho tiempo trabajando con nosotros y que eran todo lo profesional que un conserje puede ser.
“Es que he visto por televisión que muchos conserjes abusan de niños…” me dijo. Silencio.

Después de seguir contándole los pormenores de la escuela me interrumpió abruptamente para preguntarme:
“¿Cuántos morenos hay en esta escuela?”
“Pues es un dato que no tengo. El dato objetivo que sí tengo es que nuestra escuela es un ejemplo de integración y convivencia. Aquí puede encontrar niños asiáticos, negros, blancos, hispanos….” respondí algo irritado.
“Se lo digo –replicó la Señora- porque a mi hijo los morenos le daban palizas y le metían en problemas en Carolina”.
“¿Qué clase de problemas?” pregunté con curiosidad
Se rascó la mejilla y el cuello y sin querer dar más detalles respondió:
“Problemas”
“Pero, ¿qué clase de problemas?” insistí.
“La policía tuvo que ir tres veces a la escuela a por mi hijo porque los morenos le decían que se desnudara delante de las maestras y él, lo hacía”, respondió ella algo ofuscada. Silencio.

Marzo 5, 2009

El cura Vincent

La Habana, Cuba. Ciudad Mendoza, México. Guanacaste, Costa Rica. Zacapa, Guatemala. Muchas son las ciudades a las que se ha atribuido el origen del cura Vincent, pero lo cierto es que nadie sabe con seguridad de dónde es. Su acento se ha diluido con el paso de los años y utiliza palabras, expresiones y entonaciones que bien pudieran pertenecer a cualquier país centroamericano.
El cura Vincent es un manojo de canas distribuidas alegremente por su alborotado pelo que le dan un aire de respetabilidad y credibilidad, tan fundamentales para cualquier charlatán. De sus orejas cuelgan unas gafas de montura cuadrada metálica, muy a la moda si corriera el año 73. Su cara se pliega sobre varias arrugas ganadas con los años a base de forzar las expresiones faciales que complementaban a las arengas enfervorizadas defendiendo la ley de dios. Jersey de cuello vuelto y vaqueros azules, a la moda con los tiempos.

El cura Vincent acude a todos los eventos comunitarios que involucren a hispanos. Si hay un funeral, allí estará él soltando esa plática de mierda, aprovechando la debilidad de la viuda para taladrar su cerebro. Si se organiza una feria de salud para hablar sobre las virtudes del condón, allí estará el cura Vincent gritando: “¡Porque Dios quiere que las parejas tengan cuantos más hijos, mejor!”. Si se celebra el evento anual de la Hispanidad en el downtown de Lexington, allí estará él, animando a las familias a que no malgasten su dinero y que lo pongan en las buenas manos de la iglesia a la que él representa para invertirlo en “menesteres menos livianos”. Si los hispanos se unen para organizar las marchas en pro de la legalización de los indocumentados, allí podremos ver al cura Vincent gritando desde el púlpito que “¡si somos capaces de unirnos todos para pedir la legalización, también somos capaces de unirnos para llenar las iglesias. Porque un alma que no va a la iglesia, a dios ofende!”

“Yo no creo en dios” le dije desafiante.
“Si hubieras visto lo que yo he visto, creerías. Yo he visto curar el SIDA con sólo tocar la cabeza del paciente. Yo he visto curar el cáncer y expulsarlo por la boca. Yo he visto nacer un carnero del vientre de un hombre.” me respondió altivo.

Marzo 4, 2009

1,287

…así que tuve que ir al médico. Me examinó la Dra. Moscoe y dedujo que el maldito dolor de cabeza en el frontal derecho era producto de una sinusitis.
“Te vamos a hacer una radiografía para confirmarlo” me dijo confiada.
Apoyé el gepeto contra una placa blanca, una becaria pulsó un botoncito y de inmediato un centelleante halo de luz iluminó la sala. Volví a la consulta donde me había tratado Moscoe y esperé paciente hasta que la doctora entró con cara de malas noticias.
“En la radiografía no hemos detectado nada. Así que te tendremos que hacer un Computed Tomography Scan, es decir, un CT Scan test”.
“¿Tiene un diccionario de terminología médica?” pregunté.
Una vez hube comprendido que se trataba de un scanner cerebral, se me quitaron las ganas de broma.
“Doctora, ¿puede ser algo grave?” pregunté pálido.
“Eres muy joven para que sea una trombosis….” respondió intentando ser complaciente.
“¡Y usted muy vieja para ser tan hija de puta!” me dieron ganas de responder.
Con Silvia de la mano y el papel para la cita en el bolsillo, caminamos al hospital donde iba tener efecto la fotocopia de mi cerebro.
Llegué, saludé, entregué el papel y casi de inmediato me hicieron pasar a una sala radioactiva.
“¿No me vais a dar un camisón con apertura trasera, de esos con los que se te ve el culo?” le pregunté a una enfermera.
“Quítate las gafas y los zapatos y túmbate” me dijo ella dulcemente.
Me tumbé en el sarcófago y muy lentamente comenzó a avanzar hasta que mi cabeza entró por completo en un túnel de luz. Repitieron la operación y me despidieron diciendo que en un par de días estarían los resultados.

Al día siguiente me llamó Moscoe y me dijo que todo estaba bien, que era sinusitis y que fuera a mi médico de cabecera para complementar los análisis.
Con la alegría desbordada cabalgando sobre la tendencia a la exageración llamé al David y le confirmé la buena nueva:
“¡David, he vuelto a nacer macho, he vuelto a nacer!”
Llamé al Dr. Dassow y pedí cita. Me hicieron análisis de sangre, me pesaron, me miraron la tensión, comprobaron mis reflejos, me oscultaron…. todo bien, nada de que preocuparse.

La semana pasada recibí una factura médica. Mi seguro paga un 25 por cierto del monto total, lo que supone que me toca pagar 1,287 dólares.
Sudores fríos, convulsiones, hiperventilación, taquicardias, espasmos…. fuerte dolor en el frontal derecho de la cabeza…

Febrero 26, 2009

Shala galora gando

Mi amigo Rafa, mexicano de origen español, es un cabrón. Tuvo una temporada en la que, cuando sentía hacia él alguna clase de desprecio o racismo por parte de los dependientes de supermercados o gasolineras, se quedaba mirando fijamente al individuo con los ojos muy abiertos, les señalaba con el dedo índice e imitando una especie de acento hindú-mexicano se despedía de ellos con un: “Shala galora gando”. Las caras de los trabajadores eran de desconcierto absoluto, los pobres no sabían si les estaban amenazando, si se estaban despidiendo de ellos en otro idioma, si les estaban vacilando o si eran las tres cosas juntas.
Cada vez que lo hacía tenía que apretar los dientes con fuerza para contener la risa. Cuando salíamos del establecimiento nos reíamos hasta casi desencajar la mandíbula y así una y otra vez hasta que la frase de marras se instaló en mi vocabulario y comencé a imitar a Rafa cada vez que algún dependiente no me gustaba “Shala galora gando”, les decía con soltura. Siempre di por sentado que la frase no tenía sentido alguno y jamás me preocupé por su significado. “Craso error, Señor Craso…”.

El curso finalizó y el avión nos esperaba a Silvia y a mí en Cincinnati para llevarnos a Nueva York desde donde tomaríamos otro vuelo a Madrid. En el primer vuelo, un Continetal con capacidad para 70 pasajeros, coincidimos con una familia hindú que les tocó sentarse separados en el avión. La madre llevaba en brazos a una criatura de apenas un año y cortésmente le ofrecí mi asiento para que pudiera sentarse junto al marido. La mujer se sentó junto al esposo y ninguno de los dos me dio siquiera las gracias. Tomé posición en mi nuevo asiento y dejé que los Pixies berrearan a todo volumen desde el MP3 para olvidarme cuanto antes de la ridícula situación.

El avión aterrizó y los pasajeros hicimos fila en el pasillo aguardando a que las puertas se abrieran. En la zozobra de la espera comprobé para mi regocijo que la pareja hindú estaba justo delante de mí y la madre sostenía a la criatura que asomaba su cabecita por encima del hombro. Sonreí y con dulzura le dije al niño: “Hello little one, ¡shala galora gando!” e ipso facto, el padre giró la cabeza como si no tuviera cuello y sí un resorte y me lanzó una mirada que todavía me está doliendo. Tragué saliva y empecé a improvisar las gilipolleces varias que se dicen a los críos y a pedirle en silencio a Shivá, Agní, Vishnú, Brahma y a su puta madre que se abrieran ya, ya, ya las puertas del avión.

Una semana después y desde el calor sofocante de Córdoba llamé a Rafa: “Oye, ¿tú sabes qué significa shala galora gando?” le pregunté inquieto.
Shala galora es inventado. Teníamos un conocido indio en una gasolinera que nos dijo que gando en hindú significa joto, maricón” respondió Rafa riéndose.

The Beatles indios, el no va más en el mundo de la subcultura pop:

Febrero 20, 2009

IMPRESCINDIBLE

Este comentario lo dejó Político Exkentuckiano en el post de Ricardito. Me parece imprescindible y se merece que tod@s los que sigáis el blog lo leáis y penséis sobre ello:

Está clarísimo. Ahora, lo que nos debe de preocupar, es por qué, en todo el mundo occidental y especialmente en Estados Unidos y España, se haya regresado a niveles de los años 40 en cuanto a la distribución de la riqueza. En 1928, justo antes del pepinazo de la crisis, el 10% más rico de los americanos tenía el 50% de la renta disponible.
La avaricia y la falta de regulación provocada por los que tienen la pasta condenan a muchos al hambre, pero así el sistema no funciona, no hay quien consuma, hay que dejar más migajas a las clases medias. El desarrollismo hizo que en los 70, ese 10% de la gente tuviera “solo” el 30-35% de la pasta, habían liberado recursos para que todo siguiera funcionando.
Por eso llamaron a Reagan y a la Thatcher, para empezar a desandar el camino y voilá, en 2006, el 10% de los americanos más ricos tienen el 50% de la pasta. Y no la quieren soltar, pero esta vez, la gente ya sabe lo que es no estar en la miseria, porque se vivió bien en los 70, se manuvo la cosa en los 80 y en los 90 la cosa ya no estaba en el sueldo sino en el sueldo+la tarjeta y en los 2000 en el sueldo+las tarjetas+el equity de la hipoteca de cada uno+tu valoración para obtener crédito.
Y por eso el sistema ha vuelto a petar. No es una crisis económica, es un crisis de hijoputismo en un contexto de desaparición del estado.
En España ha sido lo mismo. Echando manos de estadísticas se observa que el momento de mayor convergencia en renta per cápita de España con Europa fue en 1976. Desde entonces se ha vivido a crédito, y del crecimiento a base de fondos europeos que han ido a parar a pocas manos, estamos en la misma situación.
Siempre se nos da el dato del PIB, que ha crecido y mucho en España desde 1976 pero ese crecimiento ha ido a pocas manos, el 86% de la nueva generación de dinero ha ido al 10% que más pasta tenía ya.
Esa generación de papás de los años 70, las de los nuestros, que podían comprar un piso a 10 años de hipoteca trabajando una sola persona, recibieron una gran clase media para hacer avanzar España. Pero fueron muy muy avariciosos, mucho más de lo que sus padres y patronos fueron con ellos. Pagan salarios de hambre a gente que podrían ser sus hijos, a gente que no podrá tener hijos porque tener hijos con 700 euros de sueldo inestable es una locura, porque independizarse con ese dinero también lo es.
Además, ahora que esa generación ronda los 60-70, se comerán también la hucha de las pensiones, que el 2% que retienen a ochocientoseurista no permite que se rellene.
Ya saben que serán, por muchos años, la generación de españoles que mejor ha vivido, con diferencia, pese a su nivel académico más bajo que el de la que venía después, que ha pecado a su vez de inmovilismo e individualismo, y dejamos un país en depresión y sin valores a los siguientes, a la generación LOGSE, que ni siquiera será consciente de que sus abuelos vivieron mejor que ellos. A éstos, solo les queda convertirse en miles de Ricarditos. Nos hemos dejado robar.
Perdonad la chapa, pero es una realidad de la que somos poco conscientes y creo que es útil que se sepa.
Un abrazo.

Febrero 18, 2009

Ricardito

A lo 9 años ya lucía una cadena de oro en el pecho y a los 10, succionaba Marlboros aparentando estilo. Su madre, viuda y madre de otras tres criaturas, trabajaba en un rancho y sacaba un extra enharinando narices al estilo colombiano.
Ricardito se las pasaba en la calle todas las tardes. Su mejor amigo era P.J., un muchacho que había crecido sin besos maternales antes de dormir y sin mañanas estivales de pesca junto al padre, y que tuvo su primera experiencia con la policía cuando a los diez años golpeó a su madre con un bate de béisbol.

Montarse en trenes de mercancía y saltarse en marcha en Midlesborough, el siguiente pueblo a Paris; lanzar piedras contra la casa del Sr. Stewart, el profesor de música; amedrentar a otros niños de su edad y quitarles el dinero; substraer bicicletas estacionadas amablemente en los backyards vecinales; robar un portátil al inquilino de la casa de arriba de Ricardito entrando por la escalera de incendios…. sí, Ricardito era una joven promesa en el exigente mundo de la delincuencia.

Un viernes, en pleno veranillo de San Miguel, los rayos de sol tostaban los tejados de la escuela. La campana anunciando la hora de salir rebotó en paredes y ventanas y acto seguido su estridente sonido se diluyó bajo los gritos eufóricos de las criaturas y algún maestro. Ricardito corrió presto a su taquilla y con celeridad introdujo a granel en la mochila papeles escritos a lápiz con calificaciones en rojo, un cuaderno de tapa dura y desgastada, libros de los que asomaba su cartón, varios lápices sin punta, un par de bolígrafos azules con la tapa roída y una camiseta con el escudo de los Mavericks de Dallas. Cerró la taquilla de un golpe y tomó posición bajo el umbral de la puerta entre empujones y codazos para situarse en posición ventajosa antes de que se abriera, como Julen Madina zafándose de otros corredores delante de los toros en San Fermín.

El lunes siguiente en la escuela se sembró la duda para germinar dos semanas después en el hecho consumado de que aquel soleado viernes del veranillo de San Miguel, fue el último día en el que Ricardito pisó un centro escolar. Ricardito pensó que debajo del patio de la escuela estaba la arena de playa y en realidad, varios años después, lo que encontró fueron los adoquines de la cárcel del condado de Bell, tras ser detenido por tráfico de drogas.

Febrero 9, 2009

¡Reza mamón, reza!

Pancho se puso en la fila de la cafetería aguardando su turno para colorear la bandeja. El verde de las judías, el naranja de las zanahorias, el amarillo del puré de patatas y el tostado de la hamburguesa contrastaban con el azulón del recipiente de plástico donde las cocineras de patas de gallo depositaron a plomo los alimentos que el niño iba a ingerir. Un cartoncito de leche “Dairy Milk” situado en la parte superior derecha de la bandeja y una roja y transgénicamente jugosa manzana depositada sobre la parte inferior izquierda daban equilibrio al conjunto.

La criatura se acercó a la cajera y abandonó suavemente la bandeja sobre una mesa contigua. Con el dedo índice y con decisión marcó en el teclado su código numérico, una clave asignada a los niños que por dificultades económicas optan a recibir la comida de forma gratuita. Tomó cubiertos y con celeridad se sentó en la mesa que correspondía a su clase, dispuesto a saborear tan merecidos manjares. Ese día, los de segundo habían tenido una mañana dura: ciencias a primera hora estudiando el ciclo de la lluvia, saltos y cuerda en la clase de gimnasia, simulacro de incendio para toda la escuela y habían aprendido a restar números de tres cifras en clase de matemáticas.

Pancho hinchó sus carrillos mezclando varios alimentos: Trocitos de carne y verdura centrifugaban en su boca. El niño, engullía voraz cada bocado y apenas si prestaba atención a las caras que Mike, su mejor amigo, le estaba poniendo para hacerle reír. Cuando hubo dado cuenta de los alimentos formales, apuró de un sorbo la leche y abriendo la boca en toda su extensión propició una preciosa dentada a la pieza de fruta grabando sobre su piel las dos mellas superiores de su todavía imberbe dentadura. Una vez satisfizo su apetito, comenzó a jugar al “espejo de caras” con su amigo Mike.

La voz de su profesora se alzó sobre el bullicio de la cafetería. Era la hora de volver a la clase y dejar paso al siguiente turno de comida. Pancho se puso en la fila y en silencio comenzó a seguir su serpenteado caminar por el laberinto escolar de pasillos y escaleras.

Justo a la altura de la biblioteca Pancho frenó su paso en seco haciendo que Sierra, la niña situada inmediatamente detrás en la fila, chocara abruptamente contra él y emitiera un aullido para proclamar su queja. Pancho aspiró una gran bocanada de aire y abrió los ojos despavorido. Tras unos segundos de confusión y desconcierto las cejas de Pancho se comprimieron formando varios pliegues que chocaban entre sí y una vergonzosa y enorme mancha se alojó en el frontal de sus pantalones. Pancho comenzó a llorar con el amargor de quien pierde a un ser querido y a emitir un sonido gutural de dolor profundo. La Srta. Mullin, su maestra, se acercó alarmada, se agachó a su altura y comenzó a preguntarle que qué le pasaba. Después de unos minutos en los que el niño fue incapaz de emitir sonido alguno más allá de quejas ininteligibles e hipos nerviosos envueltos en llantos, consiguió articular palabra:

“¡Me he olvidado de rezar antes de comer y mi padre me va a pegar recio con la correa!”.

Los ojos azules de la Srta. Mullin emitieron un brillo especial. Súbitamente recordó los cardenales que el niño lucía esporádicamente en la cara, brazos y piernas y los numerosos días de clase que el niño se había perdido.

En la sala 142, sección C, de los juzgados del pueblo dedicada a maltrato infantil sonó el teléfono. La cincuentona y malhumorada Sra. Adam, encargada de realizar las investigaciones pertinentes sobre casos de abuso, lo descolgó con premura. Al otro lado de la línea una voz firme y enervada se presentaba:

“Buenas tardes. Soy la Srta. Mullin y llamo porque me gustaría denunciar un caso de maltrato…”

Febrero 9, 2009

El taller, el mecánico y Piruláis

     Una cerca metálica y oxidada abraza a Urumex. Decenas de coches duermen o mueren sobre el terruno encharcado y empedrado sin apenas orden ni control. Tanta chatarra amontonada invita a pensar que Urumex es un cementerio de coches o un desguace, pero un rudimentario y humilde cartel pintado en negro a brochazos sobre una madera contrachapada en blanco, guía al visitante sobre la esencia del negocio: “Urumex. Taller mecanico”

 

Un can de dientes desgastados, famélico, harapiento y engrasado corre como caballo entre los coches cada vez que una piedra vuela y la mano amiga grita: “¡Vamos Piruláis, atrápala!”. Dos perros amorfos y enanos, escoltan en la carrera a Piruláis y con sus ladridos dan la impresión de que le alientan y vitorean.

 

Uru por Nelson, el uruguayo. Una tarde estival y anodina Nelson soldaba una pieza metálica de un auto. El tanque de gasolina reventó y el soplete que Nelson tenía en la mano, convirtió a la nafta en una manta de fuego que le arropó por unos segundos. Tuvo quemaduras en un 60% del cuerpo y estuvo varios meses postrado en una cama. La recuperación fue lenta, pero sin más opciones volvió al taller hasta que hace unos meses definitivamente regresó, cual gaucho, a las estepas uruguayas.

 

Mex por Jorge, el mexicano. Manos de madera de ébano, ennegrecidas hasta las uñas. Cabello moreno de rizos anarquistas. Dientes sanos esculpidos en mármol que al sonreír contrastan con la cara untada en grasa, como cuando un conejo de pelaje color cuarzo asoma el hocico afuera de la madriguera. Talla XS de un mono de trabajo que se intuye azul y porte aristocrático. Inquieto, sencillo, vivaz, humilde.

 

Jorge y su taller son uno. Recibe llamadas a cualquier hora y a cualquier hora deja lo que esté haciendo para acudir al negocio y asistir a quien le reclame. Da la impresión de que tiene muchos coches esperando a que les revise las tripas pero cuando recibe una llamada avisando de la urgencia en la reparación de un auto, retoca el orden natural de prioridades y, normalmente, en una tarde el coche está listo. Algunos creen que dentro del misterioso taller no hay llaves inglesas sino varitas mágicas.

 

Pálidos, los clientes van a recoger el coche con la cartera en la mano, y se sorprenden de que la cantidad a pagar siempre sea menor de lo que su pesimista imaginación especulaba e, ilusos, se quedan de pie enfrascados en una sonrisa bobalicona esperando en vano a que Jorge les de una factura que refleje el monto.

Febrero 4, 2009

Kentucky de cristal 2/2

     El martes, guay. Nos levantamos a las 11. Croasanes del Kroger  tostados, untados en mantequilla y mermelada de fresa y un café humeante marca Meijer de Colombia abriéndoles camino. Internet, charla con la familia, releer La conjura de los necios, mirar por la ventana para ver nevar, charlar con Silvia sobre los planes decorativos para la casa que nos vamos a comprar, acariciar a los gatos, dar varios tientos al pacharán Unai, echar un mus en minijuegos, hablar con David, un Don de Valladolid, añorar el tabaco (en septiembre se cumplieron dos años desde que tome la estúpida decisión de dejar de fumar), preparar los impuestos y echar una oración a la Santísima Muerte para que no nos hagan una auditoria. El martes fue un día productivo.

 

El miércoles más croasanes con más mantequilla y con café Meijer que dice ser de Colombia. Internet. Echar un vistazo por la ventana y observar con asombro que el mundo está congelado. Salir a la puerta de casa y comprobar que el coche es un bloque de hielo al que resulta imposible abrirle siquiera una puerta. Charlar con Silvia sobre la casa, que si le ponemos parquet que si le ponemos tarima flotante. Perseguir a los gatos. Seguir leyendo La Conjura de los Necios. Echarme una siestecita en paz abruptamente cercenada por el estridente sonido del teléfono. “¿Qué tal te está yendo el día?” preguntó David.

 

El jueves croasanes que ya se había quedado duros con la misma mantequilla y la misma mermelada. El café Meijer era agua sucia de Colombia. No tuvimos Internet, las comunicaciones estaban jodidas. Salí de casa para comprobar que el coche era una piedra de hielo y que había tal capa de nieve que sacarlo del aparcamiento era una misión imposible. Charlar con Silvia sobre la casa. ¿Sabéis qué? Estaba hasta los mismísimos huevos de la maldita casa, me daba igual poner granito en la encimera o un trozo de yeso, no me importaba si tenía vistas al bosque o vistas a una chatarrería. Empecé a tomar verdadera manía a esos dos bichos horribles a los que alimentamos, damos cobijo y ellos lo único que nos dan se resume en una cajita de tierra. “En serio, La Conjura de los Necios, es un libro sobrevaloradísimo”, pensé. El teléfono sonó, “¿qué coños querrá el David ahora?”

 

El viernes. Odio con toda mi alma a los croasanes, sucedáneos de desayuno. Si Juan Valdés hubiera previsto que Meijer comercializaría su café, estoy convencido de que hubiera utilizado al burro para portar cocaína. Juro que jamás de los jamases me compraré una casa. Si supiera donde comprar estricnina, la mezclaría con la comida de estos dos bichos… Devolví La Conjura de los Necios a la estantería y me puse el DVD El Resplandor. “¡Si vuelves a llamar a esta casa decente, mi siguiente contacto contigo será a través de mis abogados!” le espeté a David antes de cortar abruptamente el teléfono.

 

El sábado salió el sol, la nieve comenzó a derretirse y con cautela conseguimos mover los coches y volver a ver el mundo más allá de la capa de nieve. Quedamos para comer con David, nos echamos unas risas y nos conjuramos a que hubiera clase el lunes para no volver a caer en la tentación de la desidia.